El estigma no desaparece. La falta de información sobre el VIH en la sociedad provoca que muchas personas con este virus tengan que esconder su estado de salud, una situación que se agrava con las mujeres. «Nos cuesta más porque tenemos hijos y nos da miedo al rechazo que puedan sufrir», explica Begoña Torres Gallego (55 años), una murciana superviviente de una pandemia que en junio cumplió cuarenta años, ha dejado cuarenta millones de muertos y para la que aún no hay vacuna.

«Me enteré con 19 años». Entonces, era una joven adicta a la heroína y, en aquella época, «en España no se sabía nada del VIH ni mucho menos de cómo se transmitía». Viajó con su pareja para desintoxicarse a Toulouse, donde había una asociación que se llamaba ‘Le Patriarche’ (El Patriarca) que trataba a personas en su situación. Fue entonces cuando le hicieron las pruebas que determinaron que tenía la infección. «Las perspectivas de vida eran nulas, no había medicación».

Begoña Torres: "No me podía creer que iba a morir de VIH tras conseguir desintoxicarme" Eva Moya

Que poco después se quedara embarazada tiene su explicación. «Pasé por una primera fase de negación, que suele ser lo habitual. No me podía creer que me iba a morir. Acababa de tomar la iniciativa de vivir tras pasar cinco años drogándome. Por eso decidí tener a mi primera hija, en contra de todos los consejos que me daban, y unos meses después, volví a España para dar a luz».

"Lo pasé muy mal cuando mis hijas iban al colegio por si se pudiera filtrar y sintieran el rechazo"

El panorama que se encontró en Murcia cuando volvió no era muy alentador. «Fue caer a plomo en el infierno. Veía mi muerte en la cara de mis familiares y sanitarios». Además, la mayoría de los amigos que tenía antes de irse a Francia, también heroinómanos, se infectaron como ella y acabaron falleciendo.

«En aquella época teníamos miedo de que se pudiera contagiar con los cubiertos o con los mosquitos. Recuerdo preguntarle a mi doctora si me podía bañar con mi hija». Pese a la incertidumbre de la sociedad ante el VIH, Begoña pudo contar con el apoyo de su familia. «Me acogieron y estuvieron conmigo»

Fue su época más oscura. Hasta los primeros tratamientos eran difíciles de llevar. «Comencé con AZT, el primero, que sentaba fatal, provocaba vómitos y te obligaba a ir corriendo al baño. Ni siquiera conseguía que el sistema inmunológico estuviera como debía. Pasé hasta la tuberculosis». Conforme fueron pasando los años, nueva medicación fue apareciendo y Begoña pudo ir «evolucionando con la ciencia» y mejorando su calidad de vida. «Empecé con revisiones cada mes y ahora tomo una pastilla y me ven cada seis meses». Desde hace más de una década hace vida completamente normal.

A sus 55 años, tiene dos hijas y una nieta. «Siempre han sabido la verdad», aunque reconoce que pasó «mucho miedo» cuando iban al colegio «por si se pudiera filtrar la información y las rechazaran».

"Antes tenía miedo de decirlo, pero ya me da igual lo que piensen de mí"

Mucho ha llovido desde entonces. Sin embargo, y a pesar de que la mayoría de las personas con VIH en tratamiento tienen la carga viral indetectable, este colectivo sigue discriminado socialmente. «Los comentarios que sigo escuchando en algunos grupos de conocidos, si se toca el tema, son de una ignorancia extrema». Begoña sigue soportando «preguntas indiscretas» relacionadas con la imagen que se supone que tienen las personas con VIH. «¿Con la pinta que tienes, cómo te has contagiado?», como si el virus solo pudiera transmitirse a hombres del colectivo LGTBI.

El estigma también se sufre en el entorno laboral. «Yo era conductora de autobús y no lo dije jamás. Cuando me ponía mala, no sabía qué decirle a mis compañeros». Begoña terminó agotando todas las bajas de la cantidad de veces que caía enferma. «Al final me dieron la pensión absoluta».

A pesar de que con los años y el avance en los tratamientos recuperó la salud, nunca pudo reengancharse al mercado laboral. «Ya no me daba tiempo a cotizar lo suficiente para jubilarme. Somos muchas las personas que nos encontramos con este problema», explica.

Tras más de media vida en silencio, tras el confinamiento, Begoña decidió convertirse en voluntaria de la asociación Vihsibles de la Región, que promueve la visibilización y el acompañamiento de las personas con VIH, y de Trabajar en positivo, que lucha por su inserción laboral. «Quiero contribuir para que las personas que vengan después sufran menos el estigma. Antes tenía mucho miedo, pero ahora somos indetectables. En mi caso, he alcanzado un punto de madurez en el que he superado muchos miedos y ya me da igual lo que piensen de mí».