«La Parrala dicen que era de Moguer / Otros aseguran que era de La Palma / Pero nadie supo de fijo saber / De dónde sería Trinidad Parrala…». La copla es una cosa muy nuestra. Nos guste o no, está íntimamente ligada a la historia y la idiosincrasia española. Como la picaresca, el botijo o la envidia. La Parrala fue una de las composiciones cumbres de Xandro Valerio, autor también, entre otras, de la mítica Tatuaje, y con ella alcanzó Concha Piquer uno de sus mayores éxitos musicales. Y esta semana, al calor de las noticias –oficiales y oficiosas– que han surgido alrededor del Mar Menor, es imposible no caer en el dramatismo de preguntarse si esta singular laguna de agua salada del sudeste español no tendrá también alma de copla. Porque, como La Parrala, todos hablan del mal que le está ahogando, pero nadie acierta a señalar sus causas.

Sus causas reales, queremos decir. Porque ya sabemos que siempre están ahí esos prepotentes señoritos de café que hacen mucho ruido y no dejan escuchar el espectáculo, que en este caso vendrían a ser esos colectivos que se resisten con pasmoso empecinamiento a atender a las denuncias de las escandalosas circunstancias que están asfixiando cada día más al Mar Menor pero que, como no están en su hoja de ruta –o en el concepto de la factura–, prefieren obviar, silenciar y olvidar.

En pleno verano, por ejemplo, a finales de julio, la rotura de una tubería que suministra agua potable a la Academia General del Aire provocó un nuevo vertido a través del emisario que desemboca a la altura de la playa de Barnuevo, en Santiago de la Ribera. El Ayuntamiento de San Javier corrió a tranquilizar a la población señalando que «se trata de agua potable, cuya turbidez se debe al arrastre de tierra del parque cercano al punto de rotura de la tubería», pero la aparición de esas aguas sospechosamente parduscas causó un notable revuelo entre los bañistas, que lamentaron que cada día fuese más difícil disfrutar de aquellas playas.

Como suele ocurrir en estos meses estivales, han ido circulando por las redes sociales diversos vídeos que recogen el vertido irregular de este o aquel emisario no identificado, vertidos procedentes de ayuntamientos y complejos turísticos que, mientras engrosan arcas con los miles de visitantes estivales, no reinvierten en la infraestructura necesaria para gestionar ese incremento exponencial de habitantes por unos meses. ¿Pero dónde, de quién, por qué? Se conoce –y muy bien– el pecado, pero no se ofrecen pruebas sobre el pecador.

La semana pasada era otro vídeo el que empezaba a circular, esta vez el de una balsa de riego que mostraba toda una costra de residuos como consecuencia de las aguas de las depuradoras, que antes iban al Mar Menor y que ahora entran en el canal del trasvase que alimenta estas balsas. La combinación de materia orgánica más toda la fibra que arrastra el agua ofrece como resultado una saturación putrefacta que ha sido desde el principio la gran plaga que tiene el Mar Menor. Hoy son esas balsas de riego las que parecen impregnarse del problema, con el consiguiente problema de saturación que conlleva para los sistemas de riego.

Pero nadie parece preocuparse por esas circunstancias. «¿Quién me compra este misterio?», como dice la copa. «Adivina, adivinanza». La falta de infraestructuras sanitarias que ocasiona el vertido al mar de aguas fecales y urbanas es solo una más de las muchas sogas que se cierran alrededor del cuello del Mar Menor y por las que nadie pregunta, como ocurre con la saturación urbanística de las costas, los puertos deportivos y playas artificiales, la contaminación por hidrocarburos y remoción de los fondos marinos por las embarcaciones a motor, el estrechamiento de las golas que impiden la oxigenación a través del mar Mediterráneo, la falta de infraestructuras para contrarrestar las DANA, los purines de la ganadería, los restos tóxicos de la sierra minera…

Todo es silencio alrededor de la agonía de la laguna. O casi. Solo parece sonar una voz encolerizada, repitiendo el mantra de la agricultura, sin plantear medidas para recuperar y prevenir, solo para condenar. Una peligrosa estrategia de tierra quemada –o mar muerto– que solo puede servir a determinados intereses económicos, tal vez evidentes, tal vez entre sombras.

«¿Por qué canta con tristeza? / ¿Por qué esos ojos cerrados?», se preguntaba Carlos Cano sobre la amargura de María la Portuguesa en otra copla legendaria. Habrá que calarse la peineta o el sombre de ala ancha y salir por las calles coreando: «¿Por qué muere el Mar Menor?», a ver si por fin, de una vez, a alguien le da por contar la verdad. Pero toda la verdad. Y ponerle solución.