A menudo damos por ciertas determinadas creencias populares que no gozan de un verdadero sustento técnico ni científico. Se trata de generalizaciones amplificadas y difundidas por determinados grupos de interés, que imponen su dedo acusador sobre sectores a quienes interesa criminalizar.

No es nada nuevo. A través de estrategias de comunicación sutiles, como la simplificación, la exageración, la utilización de estereotipos, el énfasis de afirmaciones rotundas o la desvirtuación de la información, terminan creando algunas ideas populares que, en muchos casos, están distorsionadas, pero que tristemente calan sin que seamos conscientes de ello.

Entonces, ¿qué hay de cierto acerca de las creencias sobre el sector agrícola? ¿Son generalizables las malas prácticas, o responden a creencias sesgadas, conductas aisladas, a veces incluso pretextos para acometer determinados cambios y dictados ideológicos?

Analizando los datos de forma sosegada, podemos extraer algunas conclusiones al respecto. La mayoría de las cooperativas agrícolas que llevan a cabo su actividad en el Campo de Cartagena han avanzado de forma notable en la incorporación de nuevas tecnologías y en el uso de técnicas sostenibles que reducen el impacto de la actividad agrícola sobre, por ejemplo, la huella de carbono. A través del manejo de competencias transversales como la inteligencia artificial, el Big Data, la sensorización o la robotización, el Campo de Cartagena está a la vanguardia en el empleo de técnicas de producción sostenibles y respetuosas con el medioambiente.

Claro ejemplo de ello lo tenemos en un reciente ensayo desarrollado por la UPCT con el cultivo del melón, y que ha logrado ahorrar 1.200m3 de agua, utilizando un tercio menos de lo que recomienda la propia FAO. Con un 35% menos de agua, con un 40% menos de nitrógeno, un 43% menos de fósforo y 23% menos de potasio, estamos aplicando mucha menos agua de lo que se recomienda y, obviamente, eso hace que nuestra agricultura no solo sea más eficiente, sino también respetuosa con el entorno.

Unas prácticas que, sin el trabajo comprometido de las más de 47.000 personas a las que da empleo directo el Campo de Cartagena, no tendrían sentido. Por este motivo, las cooperativas y empresas agrarias que forman parte de Fundación Ingenio muestran su firme compromiso con un modelo ético de gestión social y ambiental, que se traduce en una serie de medidas y actuaciones entre las que se incluyen un Plan de Igualdad que garantiza un trato igualitario en las condiciones laborales y luchar contra la discriminación por sexo.

Pero no acaba ahí. También han implementado un sistema de certificaciones de calidad para los proveedores de recursos humanos, y han puesto en marcha numerosas campañas de concienciación contra el abuso y acoso laboral en cualquier ámbito dirigidas a los trabajadores con personas a su cargo.

Por último, la Fundación Ingenio ha aprobado recientemente un Código Ético que establecerá unas condiciones laborales dignas y respetuosas con los derechos de los trabajadores, así como unas estrictas normas de sostenibilidad social y ambiental. El cumplimiento del mismo será auditado por la certificadora internacional Bureau Veritas, la cual avalará dicho cumplimiento.

En este punto debo recordar que las empresas del Campo de Cartagena están por encima de la media en la Región de Murcia en cuanto a retribución de sus trabajadores. Otra de las facetas en las que trabajamos desde la Fundación Ingenio es en garantizar que las empresas de trabajo temporal, que proporcionan buena parte de la mano de obra, retribuyan en igualdad de condiciones que las empresas usuarias y que se aplique a los trabajadores contratados por las ETT las mismas condiciones que a los trabajadores contratados directamente con las empresas agrícolas.

A este respecto hay que destacar que la ‘subcontratación’ de mano de obra a través de empresas de trabajo temporal es un recurso valioso, ya que permite a las cooperativas agrarias afrontar picos de demanda con gran rapidez, evitando que se deje producto sin recoger. Es, además, una puerta de entrada al empleo de especial importancia para colectivos tan vulnerables al desempleo como la población inmigrante, las mujeres y los jóvenes, que pueden encontrar en la actividad agroalimentaria una carrera profesional estable y de futuro, y en paralelo fijar población en zonas rurales vulnerables al reto demográfico.

Pensemos, por ejemplo, en el caso de Fabián García, un inmigrante ecuatoriano que llegó hace 21 años a España sin trabajo ni empleo y que empezó cortando limones, naranjas y mandarinas. Poco a poco fue ascendiendo y hoy es responsable de una cuadrilla de treinta y tres trabajadores a su cargo para los que la agricultura lo es todo. El propio Fabián me contaba hace poco que su trabajo en el Campo de Cartagena no solo le permite sacar adelante a su familia instalada en España, además le facilita poder mantener a los familiares que se quedaron en Ecuador.

En resumen, y siendo conscientes de que siempre hay margen para la mejora, el compromiso del sector agrario del Campo de Cartagena con el empleo de calidad y en condiciones dignas y equitativas es muestra de una agricultura moderna, sensible a los tiempos que vivimos y muy alejada de los clichés que se empeñan en denostar una actividad cuya responsabilidad no es otra que la de garantizarnos la alimentación a todos, incluida la de aquellos que irresponsablemente pretenden acabar con ella.