Un tarde como cualquier otra, Javier salió de casa a correr, pero nunca volvió a casa. Ocurrió en 2007, en Santo Ángel. Falleció de forma súbita, con 26 años, deportista y sin problemas aparentes de salud. «Vivimos de espaldas a la muerte, pero somos vulnerables y la vida te puede cambiar en un segundo», explica Marisol Suanzes, la madre de Javier. Pero su actitud ante un suceso tan doloroso está llena de luces: «Siento gratitud por haber sido su madre y haber aprendido tanto de él».

Ella y su marido, Carlos Abadía, fundaron en Murcia en 2010 la Asociación Amanecer de mutua ayuda para prestar apoyo a todas aquellas personas que han sufrido la pérdida de un ser querido. Él lo llama «el efecto mágico de compartir», ya que entre dos personas que han pasado por el mismo dolor «se produce una conexión y empatía de forma automática».

En la escuela de yoga donde ella imparte clase se reúne cada quince días este grupo de «sanadores heridos», como se definen, que quedan para escucharse. «Cuando un hijo muere, toda la ayuda es poca. Nadie está preparado para asumirlo», comentan.

Hay dos maneras de enfrentarse a la pérdida: regodearse en el sufrimiento o luchar por seguir viviendo. «Nosotros elegimos darle sentido a la muerte de nuestro hijo». Todo empezó cuando, un tiempo después del fallecimiento, les dejaron el libro ‘La pérdida de un ser querido’, de Arnaldo Pangrazzi. Tras leerlo, le escribieron y consiguieron reunirse con el autor italiano en una de sus visitas a España (en concreto, a Murcia). Para su sorpresa, el que ahora es su mentor les animó a formar su propio grupo. «Le dije que mis conocimientos como arquitecto nada tienen que ver con la psicología, pero me hizo ver que la mutua ayuda es compartir, expresar sentimientos».

Marisol hizo entonces un máster de duelo en el Centro Humanización de la Salud de Madrid. Allí se formó para «acercarse a la gente» y aprendió a «escuchar», que es lo que necesitan las personas que sufren el duelo. «Casi todos se quejan de que sus seres queridos siempre les insisten en ir al cine o a tomar algo. Piensan que lo que necesitan es una distracción y no es así. Es tal el tabú que hay alrededor de la muerte que cuando sale el tema se desvía la conversación», manifiestan ambos.

En los doce años que llevan en la asociación, Carlos y Marisol han podido comprobar que hay muchas maneras de perder a un hijo. «La muerte es la muerte, pero la forma de hacerlo importa mucho». El caso de su hijo fue una muerte súbita y para ellos fue «un shock muy grande», pero muchos de sus compañeros en la asociación pudieron hacer un «duelo anticipado», que es cuando tienen tiempo de despedirse ante una enfermedad. Por otra parte, «los duelos sin cuerpos son más duros, la esperanza es lo último que se pierde», añaden. Asimismo, han escuchado relatos en los que los hijos han sido asesinados por un delincuente frente a su casa o a manos de un familiar con problemas mentales.

Sin embargo, hay un tipo de duelo que requiere un acercamiento especial. Es aquel que tienen que pasar los padres de hijos se quitan la vida. «En un suicidio hay un sentimiento de culpa muy grande. Los supervivientes siempre piensan que lo podían haber evitado», apunta Marisol.

La asociación no tiene ánimo de lucro y a los socios tan solo le piden una cuota de 30 euros al año que usan para traer a la Región a personas que ofrecen conferencias y charlas sobre el duelo. Entre ellas, Arnaldo Pangrazzi, que visita a Murcia todos los años (excepto en 2020, por la covid).

Más que lágrimas

Imaginar que estas sesiones de mutua ayuda son una sucesión de dolor y llanto puede ser entendible, pero no se corresponde a la realidad al cien por cien. Evidentemente, hablar sobre la pérdida de un ser querido puede conllevar lágrimas e, incluso, ansiedad, pero Carlos Abadía asegura que también hay «momentos de risa y de tomar cervezas».

Marisol recuerda cuando fueron más de veinte personas a hacer el Camino de Santiago. «En un barco mejillonero de La Toja nos pusimos todos a bailar, nos dijeron que nunca habían tenido un grupo tan animado. Claro que tampoco les dijimos qué clase de grupo tenía en el barco...».

A través de la muerte, Carlos y Marisol han reflexionado sobre la vida para «vivirla de manera diferente». Y si algo han aprendido del hecho más doloroso al que se han tenido que enfrentar es que «la vida es un regalo maravilloso que no nos podemos perder».

El peligro del duelo patológico: "Hay que llorar"

Desde la Asociación Amanecer advierten del peligro de caer en el «duelo patológico», aquel que requiere ayuda de un profesional porque la persona que lo sufre no acepta lo que le ha sucedido. Entonces «se enquista, se congela», explican. 

Esto ocurre también en algunos casos en los que hay niños pequeños de por medio, cuando los padres consideran que han de estar pendientes de ellos. «Pero al cabo de los años, si no lo pasan, termina por salir». Para Marisol Suanzes, el «duelo es llorar, vivir el proceso de pérdida». Cualquier cosa que lo interrumpa no hace más que alargarlo. En este sentido, y aunque la labor de profesionales de la medicina puede ser muy positiva, en ocasiones, la medicación recetada por los psiquiatras puede llegar a «tapar» el duelo y servir como «parche» para que una persona no sufra».

 Superar un hecho doloroso sin sufrimiento no es compatible. «Nadie te va a quitar ese dolor, pero lo tienes que vivir, no se puede hacer otra cosa». Marisol y Carlos llevan doce años ayudando a otros padres que pasaron por lo mismo que ellos y aún tienen momentos en los que están abajo. «Hay fechas y situaciones en los que se hace más presente la ausencia», reconoce Carlos. «Yo, cuando llega el aniversario, caigo enferma», asegura su mujer.

Todo un éxito: "El 98% de la gente que viene permanece"

Desde 2010 han pasado por la Asociación Amanecer alrededor de 250 personas. Lo normal, según cuenta Carlos Abadía, es que estén de forma temporal, entre dos y tres años. Sin embargo, algunas personas deciden quedarse para ayudar a los nuevos que les puedan ir necesitando. 

Casi todos han llegado a ellos a través del boca a boca, pero también recomendados por profesionales, como psicólogos, que saben de su existencia. 

El éxito de la asociación es tal que vienen a Murcia a participar parejas de fuera de la Región, como la de Comunidad Valenciana, de Madrid o, incluso, de Cantabria.

Durante la pandemia de coronavirus se paralizaron las sesiones presenciales, pero Marisol y Carlos siguieron haciéndolas de forma telemática.

Admiten que existe algún caso en el que la terapia no ha funcionado, pero «el 98% de la gente permanece». Marisol sospecha que estas situaciones de ‘fracaso’ se dieron porque estas personas llegaron demasiado pronto. «Al principio, se está bajo un shock y no se tienen ganas de compartir». Por otro lado, Carlos precisa que «es sorprendente cómo la gente que acaba de llegar se implica» a partir de la segunda reunión con los recién llegados. 

Los psicólogos siempre dicen que las mujeres tienen menos problemas que los hombres a la hora de pedir ayuda. El duelo no es una excepción. «Ellas vienen antes y terminan arrastrando a sus maridos», afirma Marisol, que también considera que ellas son «más expresivas», sobre todo al principio.