A veces, en los ratos de paseo por la terraza, que procuro que sean lo más extensos posible en el tiempo, traigo a mi mente, para evadirme un poco de la monotonía de ir de aquí para allá una y otra vez, algún viaje de los que he hecho a lo largo de mi vida, y trato de visualizarlos, de hacerlos pasar fotograma a fotograma como si de un documental se tratara. Supongo que transcurrirá bastante tiempo hasta que ustedes o yo nos aventuremos a ir de turismo más allá de nuestra región, cuando nos lo permitan, por no hablar de más allá del país.

Dios sabe cuándo alguien se animará a apuntarse a un crucero, y para qué hablar de un desplazamiento lejano, a otro continente, por ejemplo. Ya no será la excusa interpuesta para no ir el que el país de destino esté más o menos desarrollado. Supongo que, para mí, volver a Egipto - el gran viaje de mi vida - me plantearía cuestiones graves al considerar cómo estaría la sanidad allí si se diera un rebrote de la pandemia. Pero, ¿es que el peligro es menor en los sitios más desarrollados, más adelantados en todos los sentidos? En absoluto. Muchos de ellos están bastante peor que cualquier país africano en este momento. Francia, Estados Unidos, Italia…, ¿Cuándo nos vamos a plantear nosotros ir a Nueva York a partir de ahora? ¿Quién se anima a viajar a París, a Londres o a Roma?

Y, por hablar de estas tres últimas ciudades, que yo conozco bien porque las he visitado en varias ocasiones, pocas otras habrá en el mundo que puedan resultar más atractivas. París es la tradición, y, a la vez, la modernidad más absoluta. París es Louvre, pero también el Pompidou, es un lugar romántico, bello, cuidado y lleno de atractivos, con una cocina importante que probar si es que llevas el bolsillo bien lleno de euros. Londres es el inabarcable Museo Británico, en el que he estado media docena de veces y nunca he podido acabar de ver. Y la National Gallery, y la Tate, pero también es la posibilidad de pasear por sus calles o dar una vuelta en barco por el Támesis, viendo una ciudad de arquitectura apasionante que va transformándose desde el clasicismo, al neoclasicismo y a la vanguardia según te vas alejando del centro urbano.

De la comida inglesa prefiero no opinar, aunque es cierto que últimamente ha mejorado bastante. Y Roma es la repera, lo increíble, un lugar lleno de historia, de arte, de riquezas inconmensurables expuestas allí para tu disfrute. Nadie puede olvidar la capilla Sixtina o el Panteón después de verlo. Hay que saber qué se siente cuando llegas a la zona de la villa Adriana que su dueño mando construir para Antinoo. Una belleza, oiga.

Y está Berlín, Edimburgo y toda Escocia, en la República Checa, Praga, Bélgica con Bruselas, Brujas, Gante y Amberes; Sicilia, Marruecos con Tánger, Casablanca y la preciosa Marrakech donde está la inolvidable plaza de Djemaa el Fna; Sicilia, Portugal. Y, por acabar de alguna manera, está Cuba, con esa Habana decadente, misteriosa y llena de vida. Etcétera, etcétera.

Y, ¿por qué intentar hoy llamar su atención hacia estos lugares lejanos? En primer lugar, para tratar de distraerlos del horizonte pequeño en el que nos venimos moviendo, pero también por otra razón. Quiero imaginar que ahora mismo, en todas esas ciudades y países que he citado arriba, puede haber alguien pensando en una posible visita a España que tenía planeada, quizás a una pequeña región del sureste llamada Murcia, de la que le ha hablado un primo lejano, un inglés que se compró una casa aquí y vive feliz 10 meses al año, porque julio y agosto, le ha contado el pariente, se va Liverpool.

Cuenta que en Murcia se asa vivo, el hombre, y es que es pelirrojo y tiene la piel muy blanca. «Pero se vive de maravilla, la comida es buenísima y resulta barato. Y la gente es estupenda» le ha contado. Ahora: ¿se atreverá a venir alguno de ellos? Esperemos que sí, que nuestro atractivo venza su miedo, pero hay mucho trabajo por delante (me refiero al suyo, señora Consejera de Turismo de la Región de Murcia).