21 de abril de 2020
21.04.2020
La Opinión de Murcia
Crónicas víricas

Diario de un policía: veintiocho segundos

Aperitivo en la plaza de las Flores, viejitos mañaneros tomando el sol en Santo Domingo, café con periódico en una terraza, tapa de pulpo a pie de barra, grupos de amigos, mediodía de un viernes, caña y marinera...

21.04.2020 | 04:00
Diario de un policía: veintiocho segundos

Quinta semana en estado de alarma. Hasta la marmota bosteza y pide tiempo muerto. Pedaleo hacia la comisaría por cauces secos de asfalto. Me detengo en ese semáforo que siempre está rojo. Veintiocho segundos por delante. Observo la calle.

Hay gente por todas partes. Un adorable caos de personas que se dirigen a mil sitios diferentes. Caminan rápido, se dan los buenos días sin detenerse. Hay niños que se dirigen al colegio. Los más mayores van solos; los pequeños agarrados a la mano de sus padres. Caras de sueño, olor a colonia, trenzas y coletas. Sonríen tímidamente al ver acercarse a sus amigos. A algunos les acompañan sus abuelos.

En la sala de espera de la comisaría, varias personas aguardan turno para renovarse el pasaporte. Entre ellas hay un par de adolescentes. Nerviosas, ilusionadas. Vuelan a Londres dentro de dos días.

Los policías se acercan a los ciudadanos en la calle. Dos de nuestros agentes estrechan la mano de un niño. Su madre les ha parado para decirles que se porta muy bien y que de mayor quiere ser policía. Le enseñan el coche por dentro. No hay peligro; ya no bañamos el interior en lejía.

Una señora viene a la comisaría. Tiene problemas. No sabe dónde ir. Nuestra gente la escucha, ofrecen algunas soluciones. Después de un rato, algunas nubes empiezan a disiparse. Nuestro trabajo vuelve a darnos satisfacciones sencillas. Vuelve a ser gratificante. Volvemos a dedicarnos a lo que nos gusta hacer.

Las cafeterías están llenas. Por la mañana la calle huele a pan tostado y a café. De vez en cuando el viento empuja un redoble de azahar procedente de la huerta. Por la tarde hay niños en los parques. Son ruidosos, inquietos, infatigables. No paran de gritar. No hay quien los meta en casa.

Vamos a las librerías. Las visitamos con frecuencia, mucho más que antes. Recorremos sin prisa los estantes llenos de libros. Compramos algunos. Jamás nos dejaremos atrapar sin provisiones. Nos sentamos a hojearlos en una cafetería donde se hayan acordado de olvidar poner pilas al reloj.

Han vuelto algunas frases. Tenemos que vernos más, mañana será otro día, quedamos por ahí y vamos viendo, cómo está esto de gente, vamos a otro sitio. Qué bien se está en la calle. En tu casa o en la mía.

Seguimos estando ahí. Nuestros coches patrulla siguen recorriendo las calles. Nadie aplaude; tampoco hay razón para hacerlo. Todavía hay gente que se acuerda de aquellos días y nos dedica alguna palabra amable.

Aperitivo en la plaza de las Flores, viejitos mañaneros tomando el sol en Santo Domingo, café con periódico en una terraza, tapa de pulpo a pie de barra, grupos de amigos, abrazos de bienvenida, conversaciones y risas en voz alta, mediodía de un viernes, caña y marinera.

Decimos que estamos deseando llegar a casa. Decimos que llevamos todo el santo día en la calle. Decimos que nos apuntamos antes de conocer el plan. Decimos que no sabemos qué vamos a hacer mañana. Hay gente mayor en la calle. Están por todas partes; ocupados en sus cosas y siempre muy atareados. Hablan entre ellos, hablan con nosotros. Nos gusta tenerlos aquí.

Paso junto a una pared llena de carteles de conciertos y espectáculos. Hago una foto y se la envío a los amigos. No tarda ni diez minutos en llegar el primer ok, acompañado del icono de unas jarras de cerveza. Alguien se ofrece a reservar sitio para cenar. Nos han hablado de un local que acaba de abrir.

Seguimos con el programa de visitas a colegios. Los chicos alucinan con los perros y los coches. Hablamos con los alumnos, les informamos de sus riesgos, ponemos nuestra experiencia a su disposición e intentamos facilitarles herramientas para que puedan protegerse solos.

Hace tiempo que el supermercado dejó de ser un campo de minas. Nadie corre en la azotea dibujando con las suelas el símbolo de infinito. A nadie se le pasa por la cabeza acumular papel higiénico.

Y no nos hemos olvidado de nada. Recordamos a los que no están. Celebramos que estuvieron. Aprendimos, nos hicimos más fuertes, comprendimos que de aquello saldríamos todos juntos. Las cosas no son perfectas. Queda mucho por hacer. Pero seguimos avanzando.

La señal acústica del semáforo me devuelve a la realidad. El hombrecillo verde camina. Los veintiocho segundos han pasado volando. La calle sigue vacía, pero no tardaremos en recuperarla.

Seguimos.

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