12 de enero de 2020
12.01.2020
Crisis migratoria

Refugiados, el drama silenciado

Veinte mil refugiados conviven en pequeñas tiendas de campaña, algunos sin luz ni agua, y con el miedo de acabar padeciendo enfermedades mentales o caer en el suicidio

12.01.2020 | 04:00
El juego entre los niños de los campos de refugiados es una de las pocas distracciones para ellos, pues no están escolarizados.

El cura murciano Joaquín Sánchez regresa a los campos de refugiados de Moria y Monte de los Olivos en la Isla de Lesbos (Grecia) para comprobar el estado de decenas de miles de personas que pasan el invierno en condiciones inhumanas e indignas, con seis horas de cola para conseguir comida, escasa atención médica y amenazados por el frío

Tengo que empezar reconociendo que nos costó volver de nuevo a los campos de refugiados en Grecia, porque habíamos estado hace poco tiempo, en verano. Vimos tanto sufrimiento y la poca repercusión que está teniendo en el momento actual, constatando que aquella reacción ciudadana hecha desde la sensibilización y la indignación se ha diluido en la indiferencia y en el casi olvido, lo cual nos provoca nuestra complicidad, nos guste o no, con la inhumanidad de la clase política y económica, algo que pesa en nuestras vidas. ¿Volver tan pronto? Sí, porque tenemos muchos amigos y amigas allí que nos esperan, que dicen que somos esperanza para ellos y ellas, porque saben que vamos a volver y a romper el silencio que les rodea y que no los olvidamos. Nos dijeron algunas familias en el campo de refugiados de Ritsona que no les olvidásemos. ¿Cómo olvidar a gente que nos abre sus vidas y su corazón? ¿Cómo olvidar a gente que te da abiertamente su cariño y su confianza y comparte lo poco que tiene con nosotros? Ese compromiso de no olvido, no solo lo hicimos con esas familias, sino que lo hicimos extensible al resto de refugiados y refugiadas.

Sabíamos que la situación de los campos de refugiados de Moria y Monte de los Olivos en la Isla de Lesbos había empeorado considerablemente desde el verano que estuvimos, aunque pensábamos que eso sería imposible, pero a pesar de la información, cuando llegamos el choque visual fue brutal porque ya no hay unos diez mil refugiados, ahora hay unos veinte mil, hacinados en pequeñísimas tiendas de campaña, sin consistencia y algunas encima de un palé para no estar en contacto directo con la tierra húmeda, donde tienen que estar una media de entre cuatro y seis personas. Los que están llegando no tienen agua ni luz, y han de soportar un frío tremendo, la lluvia, el barro y la humedad, que recala todo, hasta los huesos. Cuando escribo esta crónica nos llegan imágenes de que está nevando. Van a morir muchas personas de frío aquí en Grecia, en Europa, como murieron el invierno pasado. Nos enseñaba un refugiado un aparato de aire, porque su hijo pequeño tenía asma y no podía utilizarlo ya no tenía luz, y nos lo decía con toda la desesperación de un padre que sabía que en un ataque asmático su hijo podía fallecer.

Suicidios en niños

En los diferentes viajes que hemos hecho a estos campos de refugiados hemos ido constatando las condiciones inhumanas e indignas, que nada cambiaba, pero estas condiciones inhumanas, indignas, son aún mayores, terriblemente mayores. Tienen que hacer unas seis horas de cola para la comida, una comida que sigue siendo vomitiva y más escasa, porque el envase donde va la comida es más pequeño, con poca agua; la atención médica es escasa, solo hay un médico oficialmente y dos médicos de ONG, sin recursos sanitarios, entre ellos los medicamentos. Siguen tratándolos como animales enjaulados, lo cual provoca con el paso del tiempo comportamientos desequilibrados, enfermedades mentales y violencia. No hay actividades de ningún tipo, ni para adultos ni para niños y niñas y cada día que pasa solo les queda deambular y esperar un milagro que no llega. Todo se ha traducido en suicidios, porque sus vidas se han convertido en algo insoportable, y los suicidios o intento de suicidio también se producen entre los niños y niñas. Vidas rotas, vidas destruidas, vidas abandonadas y rechazadas. El paso del tiempo lo está deshumanizando y todo esto en Europa, en esa Europa de la que presumen sus gobiernos de valores, derechos y principios.

Volvimos a experimentar lo mismo de siempre y es la acogida de estos refugiados, que nos brindan su confianza, la cercanía, el cariño y la ternura de los niños y niñas que quieren que juguemos con ellos. Vamos recorriendo estos campos de refugiados, horrorizados por las condiciones terribles en las que están, y nos encontramos con sus sonrisas y su saludo «hello». Somos extraños, pero nos hacen que nos sintamos arropados y nos invitan a acercarnos a los fuegos para calentarnos y poder conversar. Vemos mucha ropa tendida, porque no da tiempo a secarse, algo imposible con tanto frío y humedad, la lluvia y el barro, lo cual hace que mucha gente vaya sin calcetines y sin abrigo.
Ver niños a niños y niñas con poca ropa, verlos sin calcetines y sin calzado adecuado, muchos llevan zuecos o chanclas, te rompe el corazón y te llena de una gran impotencia. En una ocasión estábamos hablando con un hombre que llevaba unas botas y llegó un compañero suyo en zuecos, le dijo algo que no entendimos en ese momento, y se produjo el intercambio de calzado, después entendimos que el refugiado que llevaba los zuecos le pidió que le dejará las botas porque tenía que ir a algún sitio.

Un pasado de horror

En esas conversaciones, ellos nos volvían a relatar su pasado, ese pasado de horror y terror; nos explicaban el porqué habían decidido salir si querían tener un mínimo de esperanza para sobrevivir. Nos comentaba un refugiado afgano, de una manera muy gráfica, lo que hacían los talibanes. Nos indicó la llamada a la puerta con el 'toc, toc, toc', que abrían y que eran detenidos por los talibanes. Lo indicaba juntando las muñecas, para después ser degollados, y lo indicada con las manos en forma de cuchillo pasando por la garganta. Lo describía con ojos de un horror terrible. Hablando del compartir, había pequeños hornos donde hacían el pan, que vendían a un euro. Compramos un pan y le dijimos que no nos devolviera, pero lo hicieron, porque siguen manteniendo su dignidad. En otra ocasión, pasamos por otro horno, donde estaba madre e hija haciendo pan y la hija nos ofreció uno. Pensábamos que nos lo quería vender, lo cogimos y cuando fuimos a pagarles nos dijo que no, que era un regalo. Nuestra compañera que recogió el pan, le cogió la mano y se la besó como agradecimiento y la madre y la hija ofrecieron una gran sonrisa de ternura y agradecimiento a la vez.

Algo que conmociona es la información de la presencia de cientos de niños y niñas no acompañados, que están hacinados en un espacio pequeñísimo, sin ninguna protección, de tal manera que algunos han desaparecido y su destino son las mafias para el abuso de menores y el tráfico de órganos. Nos decían que como a nadie les importa estas vidas, no pasaba nada, ni se investigaba ni se ponía ningún medio.

No quisiera terminar esta crónica (me dejo muchas cosas en el tintero) sin agradecer a los propios refugiados y refugiadas que nos abrieran de nuevo sus corazones, que sintiéramos el calor de gente que solo quiere recuperar una vida y tener de nuevo un hogar, un hogar que les arrebataron las grandes potencias y sus multinacionales por los recursos naturales. Agradecer a las pequeñas organizaciones que están sobre el terreno ese compromiso permanente, a pesar de los pocos recursos que tienen y ante el hostigamiento del gobierno griego para que se vayan.
Y, sobre todo, desear que la inhumanidad y la indiferencia no tengan la última palabra.

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