17 de diciembre de 2019
17.12.2019
La Opinión de Murcia
Política social

El relato de uno de los menores inmigrantes acogidos en Murcia: "Aquí estoy a salvo, ahora mi vida es segura"

La consejera expone en la Asamblea la historia de algunos jóvenes refugiados en el centro de Santa Cruz

17.12.2019 | 04:00
El relato de uno de los menores inmigrantes acogidos en Murcia: "Aquí estoy a salvo, ahora mi vida es segura"

Mamadou (nombre ficticio) llegó a Murcia tras una larga travesía. Procedente de Ghana, su vida cambió cuando a los 15 años se quedó huérfano de padre y madre y quedó al cuidado de la segunda esposa de su padre. Le hacía trabajar para ella y le maltrataba, según ha relatado. Incluso llegó a quemarle con una plancha un brazo. Logró escapar, llegar a Libia y, desde allí, cruzar hacia Europa. Su primer destino fue Italia, pero acabó en la Región hace apenas cuatro meses.

Un policía le pidió la documentación y al no tenerla se le trasladó al centro de primera acogida de menores extranjeros no acompañados de Alhama de Murcia, donde pasó un mes. Desde hace tres meses vive en el centro para menores no acompañado Rosa Peñas, de la pedanía murciana de Santa Cruz. Está muy agradecido al centro por salvarle la vida. «Me tratan bien, aquí estoy a salvo; ahora mi vida es segura», comenta el joven, que piensa en convertirse en carpintero o mecánico para ganarse la vida.

Este fue uno de los dos relatos que la consejera de Política Social, Isabel Franco, relató ante la Comisión de la Asamblea Regional, para demostrar que no se trata de menores delincuentes, sino de víctimas de la pobreza y los abusos.

Este fue el caso también del joven marroquí Mohamed (nombre ficticio), de 17 años, que lleva año y medio viviendo en España. Nació en el centro de Marruecos; su vida cambió cuando a los tres años murió su padre y su madre se prostituyó para alimentarle. A los 14 años, y después de tener otros tres hermanos, su madre le dijo que se fuera a buscarse la vida.

Llegó a Tánger y se subió a una patera: «El mar es lo más duro, yo quería venir a España, pero no sabía si iba a morir en el barco». Fueron 12 horas de travesía.

El joven, que aspira a regresar a su país para montar un negocio, manda un mensaje a quien no les quiere: «Somos nerviosos pero tenemos buen corazón. Por favor, no sean racistas. Todos somos personas».

También procede de Marruecos Abdel (nombre ficticio), de 17 años. Hijo de padres extremadamente pobres es el primer miembro de su familia en tres generaciones que ha aprendido a leer y escribir. Pero sólo sabe hacerlo en español. Le han enseñado en el centro Rosa Peñas, a donde llegó después de subir a una patera en Tánger y desembarcar en Cartagena.

Ha venido a España a tener una educación y es muy buen estudiante en la escuela.

Anás, otro de los menores marroquíes de 17 años acogidos en el centro de Santa Cruz, llegó a España huyendo de la violencia machista. Su padre apaleaba a su madre.

A día de hoy, el padre se niega en Marruecos a firmar el papel que su hijo necesita en España para empadronarse. Es su castigo por escapar de los golpes.

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