10 de noviembre de 2019
10.11.2019
Penitenciaría

Requisan 30 móviles en miniatura al año en las cárceles de la Región de Murcia

Funcionarios de Campos del Río han detectado que presos que salen de permiso regresan al penal con este tipo de artilugios, más pequeños que un mechero, en una cavidad de su cuerpo, generalmente en el recto

10.11.2019 | 04:00
Móvil pequeño encontrado recientemente en una cárcel de la Región.

Son teléfonos móviles más pequeños que un mechero y se han convertido en un objeto codiciado tras los muros de un penal. Los funcionarios de prisiones que trabajan en las cárceles de la Región (Campos del Río y Sangonera) encuentran al año aproximadamente una treintena de estos artilugios, explican fuentes cercanas.

Cuando se pilla a un recluso intentado introducir un móvil en prisión, se le sanciona. Concretamente, por posesión de objetos prohibidos. Pero estas sanciones no han frenado la proliferación de estos aparatos, la mitad de largos que un boli común, en las cárceles de la comunidad murciana, insisten las mismas fuentes.

En cuanto a cómo consiguen hacerse con ellos, principalmente hay dos maneras: o los meten cuando salen de permiso y vuelven a seguir cumpliendo condena o se los llevan los familiares que acuden a visitarlos. En este último caso, funcionarios de prisiones consultados explican que muchas veces pita, al pasar por el control de seguridad, y que la persona alega que lo que le ha 'reaccionad0' es el aro del sujetador. Hay quien va más allá y dice que lleva un piercing en el pezón. Un extremo que los funcionarios no pueden comprobar.

Pero les pillan: hay hasta radiografías de personas en las que se aprecia que llevan un objeto sospechoso dentro del cuerpo. No es droga: es un artilugio que se vende a veces por 20 euros.

Si la excusa cuela, y la persona logra ver al preso al que ha ido a visitar, le entrega el móvil durante el vis a vis que mantienen. Y el reo luego se las tiene que apañar para conseguir meterlo en la celda, porque, tras el encuentro con su allegado, los funcionarios someten al interno a otro control. En busca, principalmente, de sustancias estupefacientes, pero también, de un tiempo a esta parte, de este tipo de objetos.

Hace ya más de una década que el Ministerio del Interior, entonces bajo el gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero, optaba por implantar en las cárceles de España inhibidores de frecuencia, con el fin de que estos teléfonos pequeños no funcionasen, aunque los presos los tuvieran en sus celdas.

Lo que ha pasado es que, a día de hoy, los inhibidores están obsoletos, denunciaba recientemente Acaip-UGT. En su día se colocaron estos aparatos para inhibir la frecuencia de teléfonos 2G o 3G, y desde que hay 4G da igual que el inhibidor esté encendido: ya no vale para los nuevos terminales, explican.

El preso no tiene quien le escriba, pero porque ya hablan por teléfono a escondidas. Los móviles diminutos que mantienen a buen recaudo en sus celdas no son los más punteros en tecnología, pero son perfectos para una función básica: hablar. Y si se trata de hablar con los seres queridos sin que medie funcionario alguno, mejor que mejor.

Así las cosas, los funcionarios de prisiones apuntan que se ha notado desde hace un tiempo una bajada en el número de misivas manuscritas que se reciben en el penal. Y lo achacan precisamente a que estos internos tienen un teléfono a su disposición, escondido.

Aunque un aparato así puede costar unos 20 euros, si se compra por Internet, su precio se dispara en el mercado negro de la prisión. De este modo, los funcionarios no solo luchan por controlar si hay drogas o trapicheo de pastillas: también buscan teléfonos.

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