24 de octubre de 2019
24.10.2019
La Opinión de Murcia
Entrevista
Experta

Alexandra Gil: "Las madres de yihadistas son estigmatizadas por la sociedad"

"Muchas mujeres han contribuido en la búsqueda de sus hijos y no han recibido ayuda por parte del Estado", sostiene la periodista, que hoy interviene en unas jornadas en Murcia

24.10.2019 | 04:00

Radicalización, prisiones y retornados europeos: una mirada al caso francés es el título de la ponencia que hoy (11.30 horas) dará en Murcia la periodista Alexandra Gil, en el marco de las Jornadas Nacionales de Comunicación y Defensa que tienen lugar en la Región. Gil, que será presentada por la redactora jefa de LA OPINIÓN Lola García, está especializada en terrorismo global y no solo mira a los yihadistas en sí: mira a sus madres. Y, con sus testimonios, hizo un libro, En el vientre de la Yihad.

Usted recoge en un libro el testimonio de madres de yihadistas. ¿Cuál es el punto en común que tienen todas estas mujeres?
Lo que más me sorprende cuando hablo con las madres de los terroristas es la infinidad de puntos en común que tienen entre ellas a pesar de no compartir costumbres, país, religión, nivel de vida... Por ejemplo, encuentro en las madres francesas de clase media, católicas o ateas, con un puesto de trabajo de cierta responsabilidad, cuyos hijos se convirtieron al islam y fueron reclutados por el ISIS el mismo sentimiento de culpa e incomprensión que en las madres belgas de tradición musulmana. En los casos que yo he estudiado sí predominan familias monoparentales: mujeres que sacan adelante a sus hijos tras un divorcio en cierto modo traumático. Pero no es un patrón común, ni mucho menos. También sigo de cerca casos de mujeres felizmente casadas y católicas que han sabido a posteriori que un reclutador supo captar el momento de debilidad de sus hijos e introducirle en la ideología yihadista. El procedimiento puede asemejarse al de una secta, puesto que en los casos que estudio queda constancia de que el modo de introducir a estos jóvenes en un proyecto terrorista variaba en función de la personalidad del mismo, el momento vital en el que se encontraba, la edad y por supuesto, el sexo.

¿Cuál es el caso que más le ha impactado a lo largo de su trayectoria?
Continúo trabajando en este ámbito y cada caso tiene una particularidad que rompe los patrones que suelen atribuirse a la radicalización de europeos. Se les asigna, de facto, un pasado delincuente, un barrio desfavorecido, un recorrido vital caótico... Y lo cierto es que una parte de los franceses que se unieron a Estado Islámico comparten estas variables. El de Marie Agnes, una madre de familia católica al este de Francia, sigue siendo uno de los ejemplos que rompen con ese perfil robot. Hijo deportista, familia unida, conversión al islam repentina de Pièrre, y desaparición. Poco después, la madre vio en Internet un vídeo de su hijo despidiéndose antes de morir en kamikaze en una operación del ISIS en Tikrit. Han pasado varios años y cuando hablo con ella sigue atrapada en aquel momento en el que fue a comprobar que todo iba bien a la residencia de estudiantes de su hijo, porque éste no respondía a sus llamadas. Encontró la habitación desordenada y una carta de tres líneas, en la que le decía que se marchaba a ayudar a los sirios y que no se preocupase.

Las madres de los terroristas, ¿son también, de alguna manera, condenadas, al ser señaladas por las acciones de sus hijos?
Sin lugar a dudas. Estigmatizadas en primer lugar por sus propias familias: hermanos, primos, tíos... Más tarde, por la propia sociedad. Muchas de estas madres han dejado de trabajar porque su entorno laboral las ha ido dejando de lado. A Julie, hermana de un yihadista del sur de Francia, la despidieron de su agencia de limpiadoras cuando se hizo pública una imagen de su hermano desde Siria. Las familias a las que entrevisto condenan la deriva que han tomado sus familiares, por supuesto. Y viven en la incomprensión, preguntándose por qué no lo vieron venir, qué ocurrirá ahora que los retornados intentan regresar, si sus hijos, hermanos y nietos seguirán vivos en algún campamento sirio. Por lo pronto, influye en su día a día y aseguran que esto ha cambiado sus vidas para siempre. Esta joven, Julie, lleva varios años sin encontrar trabajo.

A la hora de sobrellevar la radicalización de un hijo, ¿hay diferencias entre cómo lo lleva una madre y cómo lo lleva el padre?
Los padres son menos propensos a hablar de este tema. He entrevistado a unos cuantos de ellos, pero la inmensa mayoría son madres, que explican sus casos con la esperanza de que otras familias no atraviesen en el futuro la misma situación que ellas. Hay una forma de militancia por parte de las madres que los padres viven con mayor discreción. Más de la mitad de los casos que recogí en el libro retratan a madres que han sacado a sus hijos adelante sin una figura paterna, por lo que el padre estaba de facto ausente ante esta situación. Alguna vez, abordando esta misma cuestión con las madres, coincidían en que quizá los padres veían en la deriva de sus hijos una forma de fracaso personal en ese rol protector que se auto-atribuyen: un fracaso que no se veían capaces de afrontar.

Usted explicó que la colaboración de las madres de yihadistas había sido vital para los servicios de inteligencia, pero que estas mujeres no habían recibido nada a cambio de dicha colaboración. ¿Por qué ha sido esto así?
Evidentemente, estas madres cuentan cómo se sienten al ver que han contribuido en la búsqueda de sus hijos, en la elaboración de ese perfil del que tanto oímos hablar, y que no han recibido ayuda por parte del Estado. Expresan su frustración y yo les doy la palabra, porque considero que es interesante para el estudio de este fenómeno y para el conjunto de la sociedad conocer esta otra arista de la problemática. Pero como es lógico, no es competencia de los servicios de Inteligencia aportar información sobre el seguimiento de los casos a las propias familias de los yihadistas, ni mucho menos. Sería contraproducente. Para ellas son sus hijos, pero para el Estado se trata de individuos radicalizados, con una alta aceptación de la violencia, con formación militar, y que por uno u otro motivo (y aquí entrarían toda esa sociología del yihadista europeo: frustración, pasado delincuente, conflicto identitario, presencia de reclutadores en su entorno...) se han unido a los rangos de una organización terrorista.

En la Región, expertos denunciaban recientemente que las cárceles pueden llegar a convertirrse en auténticas escuelas de yihadistas y que, a una persona que va a prisión por un delito menor, se le puede lavar el cerebro hasta extremos terribles. ¿Está de acuerdo cone sta premisa? ¿Las cárceles son un foco de contagio?

Las cárceles son un foco de radicalización, sin lugar a dudas. El caso francés es el más paradigmático porque tiene una sobrepoblación que no puede sino acrecentar este (y otros muchos problemas que nada tienen que ver con el yihadismo). Tal y como confirmó la ministra de Justicia francesa Nicole Belloubet en mayo de 2019, de los cerca de 1.500 presos radicalizados en prisión, 510 han sido condenados por actividades terroristas. El resto, alrededor de 943 individuos, han sido identificados como radicalizados cuando, en realidad, su estancia en prisión se debe a delitos comunes. En España, la Estrategia Nacional contra el Terrorismo, publicada en febrero de 2019, se hace eco de esta realidad y establece como prioridad este ámbito, considerado foco de contagio y de reclutamiento.

¿Cómo se puede prevenir la radicalización violenta?
Los programas de prevención que se han puesto en marcha en Europa son ambiciosos y responden a diversas variables. Pienso en el despliegue de medios en centros de desradicalización, o en centros penitenciarios adaptados a la amenaza del contagio de la ideología (QER; QPR; RIVE), que son los tipos de programa que más abundan en el país en el que más casos he estudiado, que es Francia. Pero la implicación de la sociedad es crucial: la comprensión del fenómeno en su conjunto, la identificación en nuestro entorno de discursos de odio, y también de los factores que sirven de catalizadores de ese odio a sus propias sociedades: las madres insisten en la discriminación de la que eran objeto sus hijos por practicar el Islam, denuncian racismo. Quizá lo hagan en un intento desesperado por comprender la deriva de sus hijos, pero lo cierto es que también denuncian que algunos centros en los que sus hijos estudiaban o pasaban su tiempo de ocio, (que más tarde resultaron ser mezquitas con predicadores radicales) se expandía un discurso de odio y el proselitismo estaba más que presente. En todos estos ámbitos identificamos posibles batallas que librar contra la radicalización.

Voces de partidos de derechas y ultraderecha insisten en criminalizar la inmigración y vincularla con el terrorismo. ¿Qué opinión le merece este discurso?
Contribuir a la polarización de la sociedad en torno a una temática tan preocupante siempre me ha parecido irresponsable por parte de los líderes políticos. Cubrí los atentados de París en enero y noviembre de 2015, el de Niza en el verano de 2016 (por nombrar únicamente los que más traumatizaron a la población francesa en aquel momento). La campaña electoral de 2017 demostró que la campaña de Marine Le Pen explotando los términos 'seguridad', 'peligro', 'inmigración', 'terrorismo', logró convencer a una parte importante de la población. A una población preocupada. Esa campaña también demostró que los extremos se necesitan para continuar existiendo: cuando los primeros resultados de la primera vuelta se hicieron públicos y se vio el score de Marine Le Pen, que había convencido a 7,6 millones de personas (segunda fuerza política), los canales de Telegram en los que participaban yihadistas franceses celebraban esta victoria, porque la suya es una batalla a largo plazo. Cuanta más voz tenga un partido que agita el odio y aporta respuestas binarias a problemáticas tan complejas, más posibilidades tiene la propaganda yihadista, también binaria, en calar entre jóvenes europeos. No hay que olvidar que esa propaganda se dirige a un sector de la población al que se presupone descontento, con problemas identitarios ligados a su ascendencia, discriminado y con ansias de revancha. Los combatientes europeos suelen explicar a sus madres, posiblemente repitiendo lo aprendido a través de esa propaganda, que uniéndose a esta causa, enfrentándose a su propio país a través de esta ideología, "el oprimido se convierte en opresor".

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