25 de agosto de 2019
25.08.2019
Solidaridad

El dolor vive en la frontera

El activista y sacerdote murciano Joaquín Sánchez relata su último viaje a los campos de refugiados de Lesbos

25.08.2019 | 04:00
Joaquín Sánchez, el cura
El dolor vive en la frontera

Manteniendo ese compromiso que hicimos a varias familias refugiadas, desde entonces amigas, ante su petición, envuelva en lágrimas, de que «no nos olvidéis», hemos vuelto a los campos de refugiados en Lesbos, a los campos de Moria, que gestiona el Gobierno griego y que es reconocido legalmente, y al campo del Monte de los Olivos que, a pesar de estar pegado, no es reconocido oficialmente.

Es absurda esta división, como todo, y se basa en una política bien planificada, hecha desde las entrañas de la Unión Europea, para generar condiciones indignas y transmitir el mensaje, el terrible mensaje, de que la gente que viene huyendo del horror de las guerras, de la destrucción y de la muerte, se van a encontrar en espacios inhumanos y que solo pueden aspirar a una supervivencia mínima, y un tiempo lleno de sufrimiento, sin ninguna esperanza ni futuro. Se trata, ¡malditos sean por su inhumanidad!, de convertir el sufrimiento, su sufrimiento en una frontera permanente. El mensaje sería: «No os van a caer bombas, pero el día a día se os va a hacer insoportable. Volverse a vuestros países, no os queremos a vosotros, queremos vuestros recursos naturales». La inhumanidad rige la política, una política vestida de crueldad y sin escrúpulos, una política que mata y asesina, una política que quiere que la ciudadanía sea cómplice desde la indiferencia, el miedo y el egoísmo. Políticos bien trajeados con un lenguaje preciso, que salen un día y al otro también en los medios de comunicación y como noticia primordial, que llegan con coches lujosos y con escoltas. En definitiva, a los políticos, que no les quita el sueño contribuir a la destrucción y a la muerte, en cambio, sí que les quita el sueño perder el poder o mermar sus intereses económicos.

Nos costó arrancar para coger los coches y volver a estos campos, porque sabíamos que la situación se mantenía e incluso se había deteriorado más; era un intento, aunque fuera unos minutos, de retrasar el encuentro con esta realidad. ¿Por qué no se produce una reacción, una movilización ciudadana que grite 'queremos ser humanos'?

Cuando llegamos, lo primero que observas es que el campo de refugiados del Monte de los Olivos es más extenso, hay más tiendas de campañas, que siguen los muros y las concertinas en Moria, que la gente deambula, miras sus ojos y ves ojos que transmiten una tristeza acumulada día a día, miradas perdidas, vacías de sentido, de no entender por qué la vida les ha hecho eso. Vengo de enterrar a un hijo y me encierran en un muro grueso con concertinas. Me imagino que en su pensamiento se dirán: ¿es un delito huir de un país donde he tenido que sacar a uno de mis hijos de debajo de los escombros y no quiero enterrar a más hijos? Intentar ponerlos a salvo, ¿es ser unos malos padres y madres?

Ellos saben que pueden morir en el trayecto, que el único camino que les han dejado son las mafias y que no tienen otra posibilidad. Pasan de la muerte segura a la muerte probable, y ese pequeñísimo margen es el margen de la esperanza. ¡Qué decisión más difícil y terrible tienen que tomar! Decía un refugiado (tenía dos hijas) que cómo no iba a huir, sabiendo que, si llegaban los terroristas del Estado Islámico, violarían a sus hijas y le harían verlo, para después o venderlas o degollarlas. Cuando alguien los rechaza, dejando llevarse por la manipulación de nuestros políticos sin ética ni conciencia, les hablo de estos testimonios y le pregunto qué es lo que harían ellos, y la respuesta siempre es «haría lo mismo».

Cuando ellos te cuentan estos trozos de su vida, te atraviesan el alma, porque estamos cerca, pegados en su tienda o isovox, en un clima de amistad y confianza. Les ves cómo se les fluyen las lágrimas y a ti, aunque sabes que debes controlarte, también se te saltan; son lágrimas que se unen para abrazarse y aliviar, en la medida de lo posible. Estoy seguro que un gran antídoto contra el racismo, el rechazo es la cercanía y el escucharse y los twitter que fomentan el odio y el desprecio, quedarían sepultados por la empatía y la solidaridad. ¡Cuánto daño se puede hacer en pocas palabras!

Vimos que las condiciones, como he dicho antes, inhumanas e indignas, se mantienen: hacinamiento en un campo previsto para unas 30.00 personas hay 8.000 personas; la comida, como dicen ellos, vomitiva, tienen que hacer colas de más de tres horas para comer, con el calor que hace; una asistencia médica deficitaria, sin recursos, ni siquiera medicamentos, con pocas actividades para los niños y niñas y nulas para los adultos. Hay muy pocos baños y pocos puntos de agua. Nos decían que este invierno habían muerto varias personas en las tiendas de campaña por el frío. Siguen produciéndose suicidios y hay que añadirle el drama de las mujeres que han sido violadas y que guardan silencio porque si no serían despreciadas y estigmatizadas. Guardan en su corazón que han sido violadas para que puedan reanudar sus vidas de alguna manera. Violan a una mujer y las hacen seguir culpables, ¡tremendo!

Por todo esto, quiero decir que a estos campos de refugiados se les puede llamar perfectamente campos de concentración, y no es ninguna exageración. Recuerdo aquella frase de un refugiado que nos decía: «Si nos tratan como animales, al final, nos comportaremos como animales». Estas condiciones generan muchas tensiones y problemas, que agravan aún más su sufrimiento. Pero, a pesar de todo este panorama, te sigue sorprendiendo que los refugiados te sigan sonriendo, te acojan en sus tiendas, te invitan a un té y a lo poco que tienen, que te abrazan, que te hacen sentir que somos amigos y parte de su familia. No expresan rechazo a nuestra presencia, todo lo contrario, agradecimiento. Y nos consuelan cuando les decimos que nos sentimos muy mal porque nosotros nos vamos y ellos se quedan allí y nos dicen que no nos preocupemos por ellos, que volvamos con nuestra familia y amigos y que siempre estaremos en sus vidas.

Cabe destacar la presencia de varias organizaciones y oenegés en el campo de Moria, donde hacen una labor de intentar aliviar el dolor de esta entrañable gente, sin obviar que siempre hay alguien con maldad, de atender sus necesidades básicas (comida, sanidad, juegos lúdicos con los niños y niñas), supliendo la dejadez de la Unión Europea, el gobierno griego y Acnur, una dejadez que refleja el desprecio al ser humano, que contribuyen a mantener esas condiciones inhumanas e indignas para provocar que se vayan a sus países de muerte y destrucción. Aquí hay que señalar el gran dilema de atender a la gente y de la denuncia de la injusticia, porque existe la amenaza real de que si denuncian las condiciones serán expulsados del campo y ya no podrán atender a esa gente que quieren.

Comentaba una voluntaria que se planteaba cómo ayudar a los refugiados sin ser un engranaje de esa maquinaria que los encierra y los humilla. Creo que hay que explorar el camino de la atención y la denuncia si queremos transformar la situación; de lo contrario, mantendremos el sufrimiento, un sufrimiento sin terminación.

Recojo el testimonio de un refugiado yemení, de un buen amigo y una bellísima persona, que manifestaba que, cuando decidió salir del Yemen, lo hizo por el conflicto bélico, porque se quedó sin presente ni futuro y tomó la decisión más difícil, que fue salir. Nos dijo que la decisión más fácil hubiera sido quedarse, pero su familia, sobre todo, su madre, lo animó a salir, que era su única esperanza. Nos dijo que cuando llegó a Europa quería tener una vida normal, no quería ni esperaba otra cosa; pero se encontró con mucho rechazo, un rechazo que le hizo mucho daño y que le hizo pensar que había tomado la decisión equivocada. De hecho, había pedido que lo deportaran y poder volver con su familia, pero le dijeron que era imposible por esa guerra desconocida, por ese bloqueo, que no deja ni siquiera pasar ayuda humanitaria. También nos dijo que su madre le suplicaba que no volviera. Le dije que si guardaba rencor y contestó que no, que el rencor no es bueno, que no hay que dejar que la violencia y el rencor se apoderen del corazón, que el mundo necesita paz. ¡Qué gran lección de vida!

Para terminar, me dejo muchas cosas en el tintero. Quiero tener muy presente a esa gran cantidad de niños y niñas de estos campos de refugiados que nos regalaban su sonrisa, su cariño, que enseguida jugaban con nosotros, que, cuando te veían al día siguiente, salían corriendo y se abrazaban. Quiero recordar a esa niña que llevaba un pañuelo porque no tenía pelo, posiblemente fuera por el cáncer, a esa niña que se parecía mucho a otra niña murciana de unos amigos, y me pregunto, desde el desgarro del corazón, qué será de estos niños y niñas. Quiero creer que las guerras se terminarán, que los muros de cemento y concertinas caerán, que caerán esos muros invisibles forjados en el racismo, el rechazo a los empobrecidos y el odio, que la gente podrá volver a sus países, porque ellos quieren morir en el país que los vio nacer.

Quiero creer que nadie será obligado a salir de su país por la guerra, el hambre y la sed. Pero, para que caigan estos muros, es necesario que renazca en nuestros corazones la sensibilidad, la conciencia, la acogida y el abrazo.

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