23 de julio de 2019
23.07.2019
Pintando al fresco

Abuelito, dime tú

22.07.2019 | 19:19
Abuelito, dime tú

Cada semana estoy invitado en Onda Regional a mantener una conversación con el director del programa La Radio del siglo, Jacinto Nicolás, sobre esto y lo otro. Dada mi tendencia a introducir en la charla batallitas de hace años, alguien ha dado la orden de que, cuando se me empiece a ir la memoria hacia atrás, suene la música esa de 'Abuelito, dime tú...', lo que me fastidia una barbaridad, pero lo cierto es que consigue regresarme de inmediato a la actualidad y hablar de lo que pasa ahora, y no de cuando yo era pequeño. Pero, como el director de La Opinión todavía no me ha dicho nada sobre lo que debo escribir, si es de ahora o de antes, hoy voy a tratar en este artículo cosas del pasado, pero dedicado a un partido político de notable juventud, tanta, que su líder en Murcia fue alumno mío.

Con respecto a los homosexuales, cuando yo era un crío se supone que en la ciudad de Cartagena había solo tres, dos regentaban sendos bares de El Molinete, y el otro era un pobre disminuido mental que iba por la calle y los chiquillos le gritaban: «mariquita, mariquita».

El resto, hasta el 10% de seres humanos con una sexualidad diferente, según estadísticas muy fiables, y con todos los matices que indican las siglas LGTBI, existían igual que ahora, pero no podían manifestarlo porque corrían el peligro de ser detenidos, llevados a una comisaría donde les daban unas palizas tremendas, e incluso acabando en la cárcel.

Como contrapunto a esta información de 'abuelo cebolleta', les diré que el miércoles, a las dos de la tarde, en la esquina de la calle Trapería con la Plaza de Santo Domingo de Murcia, dos chicos de alrededor de 18 años, o quizás más jóvenes, charlaban, juntaban sus manos, se daban un pequeño abrazo e incluso un pico rápido en los labios con toda naturalidad. Nadie de los que pasábamos por allí les gritamos, ni les tiramos piedras, ni ningún padre le dijo a un hijo que no mirara hacia ellos. Quizás esos chicos escucharon alguna charla en su centro de enseñanza sobre la necesidad de ser quien es cada uno, la completa libertad que las leyes le dan para manifestarlo y el respeto que merece cualquier ser humano por el hecho de serlo, así que, quizás, ellos muestren su afecto con esa serenidad, porque incluso en su centro educativo han conseguido el respeto de los demás debido a esas charlas. O quizás sufrieran el acoso de algunos chicos y chicas a los que inmediatamente sus profesores corrigieron y convencieron de que cada uno puede tener la sexualidad que le salga de sus aparatos genitales.

Por otro lado, también quisiera contarle al personal que, cuando yo era pequeño, en la calle donde vivía todo el mundo sabía qué maridos les pegaban habitualmente a sus mujeres. El adverbio de frecuencia lo he puesto porque era diferente la situación cuando un hombre le pegaba una hostia a su mujer de tarde en tarde, a cuando le zurraba con una cierta periodicidad. Esta situación, como les decía, era conocida por todo el mundo y no tenía más consecuencias. Sin embargo, he de decirles que nunca escuché que ninguna mujer le pegara habitualmente a su marido, ni siquiera que le pegara un guantazo de vez en cuando. Me gusta pensar que en los tiempos actuales cualquiera puede y debe denunciar maltrato a la mujer si sabe de ello, y maltrato al hombre si lo conoce. Viendo la estadística de asesinatos de mujeres a manos de sus parejas y de hombres a manos de las suyas, entiendo que lo del maltrato interfamiliar, pues qué quieres que te diga, moreno.

Asimismo, quiero dejar aquí constancia de que cuando yo estaba en el colegio, de chiquillo, las monjas nos adoctrinaban como cosacas, y, por si fuera poco, venían a las aulas unos señores con camisas azules y boinas coloradas que querían que fuéramos 'flechas' y a captarnos para su causa. Al que no se portaba bien en las charlas, la monja le pegaba una hostia, o dos. Vete tú a saber si eso será violencia intrafamiliar

¿Por qué me habré acordado yo de estas cosas ahora que estamos celebrando el pacto? Ni idea, oiga.

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