15 de abril de 2018
15.04.2018
La Murcia Negra

Asaltos a casas y navajazos mortales

Tres son los eventos que despuntan en este generoso catálogo de desmanes: la oleada de atracos en casas ocupadas, el crimen de una madre y su hijo y otro doloroso caso de violencia de género

16.04.2018 | 20:27
Asaltos a casas y navajazos mortales

La prensa regional desprende últimamente un cierto aroma a El Caso, el mítico semanario de sucesos. Atracos, violaciones, crímenes, incendios; de todo tenemos. Tampoco faltaron las aventuras en una jornada tan entrañable como la del Bando de la Huerta: un apuñalamiento aquí, un atropelló allá, alguien cayó al río, un contenedor ardió. Pero tres son los eventos que despuntan en este generoso catálogo de desmanes: la oleada de atracos en casas ocupadas, el crimen de una madre y su hijo y otro doloroso caso deviolencia de género'
No es la primera vez que los alrededores de la ciudad capitalina padecen una epidemia de asaltos. Hace un par de años los vecinos de la pedanía de La Albatalía llegaron a plantearse montar un piquete de vigilantes nocturnos. Los vecinos de Altorreal venían sufriendo los embates de los atracadores desde principios de este año, a pesar de contar con seguridad privada.

Pero el mal ha recidivado. Se tiene constancia de dos atracos en Monte Príncipe y uno en Altorreal; los propietarios se hallaban en las casas en dos de los casos y en uno de ellos llegó a producirse una agresión sexual a una de las moradoras. Las armas de los asaltantes no fueron otras que los cuchillos de los que se apoderaron en una de las viviendas (¿acaso acudieron desarmados a su 'labor'?) Los delincuentes no tenían empacho en perpetrar varios asaltos en la misma noche. El sumario es secreto, pero ha trascendido que los atracadores lucían capuchas y las víctimas percibieron acento árabe. Un caso similar se ha dado en El Llano, otra pedanía de Molina.

Un ciudadano rumano de veintinueve años ha sido detenido tras haber asaltado, presuntamente, una vivienda en El Esparragal. Sus dos cómplices consiguieron escapar. ¿Cuántos asaltos ha perpetrado esta banda?

Otro de los casos protagonistas en esta panoplia de sucesos, el doble crimen de Las Torres de Cotillas, remueve la memoria regional. Se vienen a la cabeza las grandes atrocidades acaecidas en hogares murcianos: Piedad envenenó, cuando tenía doce años, a cuatro de sus hermanos; Francisca González asfixió a sus dos hijos pequeños con el cable del cargador del móvil; José Rabadán asesinó a golpe de catana a sus padres y a su hermana; Angelo, enfermo mental, decapitó a su madre y se paseó con la cabeza por Santomera. El 27 del pasado mes, un joven de 27 años, Iván G. P., aparece vociferando por el pueblo algo antes de las siete de la mañana: ha hallado en su casa los cadáveres de su madre, Antonia, de 56 años, y su hermano, Miguel Ángel, de 23. Ambos han sido muertos a golpes. Él mismo acude al cuartel de la Guardia Civil a dar parte de su hallazgo. El padre, que pasaba las noches cuidando a una persona mayor, desayunaba en un bar cercano a la vivienda. El desayuno se le atragantó cuando vio que la policía acudía a su casa. Así se enteró de que acababa de quedarse viudo y sin su hijo pequeño. Las contradicciones de Iván y sus manos bañadas en sangre motivaron su detención. Desde entonces, los investigadores no cuentan con otro sospechoso. Desde entonces, Iván niega haber dado muerte a su madre y hermano. Y así estamos.

Iván es una criatura de gimnasio. Musculado y tatuado. Parece que mantenía una estrecha relación con las sustancias prohibidas. En la casa se ha encontrado la mancuerna que ofició de arma del crimen. No se trata del típico caso donde los vecinos repiten eso de «era una bellísima persona, no nos podríamos haber imaginado esto». Al contrario: se dice que las riñas eran constantes y que alguna vez se hizo el comentario de que algo gordo había de suceder. Iván, sin embargo, mantiene su inocencia: afirma que pasó la noche fuera y que existen testigos que lo pueden acreditar.

Los investigadores han llegado a plantearse si Iván podría haber cometido el doble crimen bajo el efecto de las drogas y sufrir ahora amnesia. Dennis Nilsen fue un asesino en serie británico que cometió muchos de sus crímenes en estado de embriaguez. Invitaba a un joven a su casa y, tras emborracharse, le daba muerte. Alguna mañana, al despertar, pensaba entre la neblina de la resaca: «Por Dios, que no haya sucedido». Paseaba su mirada por la habitación y, a menudo, se encontraba con un cadáver. ¿Podría ser Iván una especie de Nilsen? En todo caso, un dato revela que el autor de los hechos mantenía un nexo afectuoso con las víctimas: ambos cadáveres fueron tratados con esmero. El del joven, depositado en una silla; el cuerpo de la madre yacía en el sofá cubierto por una manta. No operan los sicarios con semejantes delicadezas.

La vida de Doris ha sido una vida de película, de serie, de novela. Su muerte, sin embargo, ha sido traicionera y sórdida. Doris Valenzuela nació hace 39 años en Colombia y murió esta semana en Murcia. Una vida turbulenta que va desde una ciudad colombiana, Buenaventura, tomada por cárteles de la droga y paramilitares, y La Fama, el barrio murciano célebre por el trapicheo y las refriegas entre 'quinquis'. Uno de sus hijos fue asesinado en plena adolescencia, 17 años, por su negativa a integrarse en un ejército extraoficial, pero que se otorga el derecho a imponer el reclutamiento forzoso. Doris tuvo oportunidad de ver cómo se secuestraba, torturaba y descuartizaba a sus conciudadanos. Cómo se violaba a las mujeres. Y no se calló. Lo denunció a voz en cuello y pagó el precio por ello. Hubo de trasladarse varias veces de ciudad, huyendo de las advertencias que amenazan con cumplirse. Un día le dispararon, pero la bala acabó alojándose en el cuerpo de su bebé, de nueve meses de edad. Lo depositó en una fosa común. Doris se convirtió en una activista decidida, ofreciendo entrevistas y conferencias donde describía la situación de su país: guerrillas y mafias y carteles y corrupción policial. Denunció también la violencia machista; algunas de sus compañeras activistas, decía, tenían también que soportar la violencia de sus maridos. Ella no: su Ezequiel la apoyaba. Hasta que la mató.

Doris y su familia llegaron a España como refugiados. La familia es amplia: una joven de veinte años con su bebé de nueve meses, otra de dieciocho, un chico de quince. Tras pasar un año en Canarias, recalaron en Murcia. Hace un mes, Doris manifestó su deseo de divorciarse. Mencionó 'violencia verbal' por parte de Ezequiel. El hombre fue entonces trasladado a un centro de Girona. A principios de semana dijo en el centro que marchaba a Barcelona. Pero no. Marchaba a Murcia. Halló a Doris en el patio de un edificio de La Fama y no se lo pensó: allí mismo acabó con su vida a navajazos.

La etiqueta 'violencia de género', aparte de lingüísticamente objetable y políticamente controvertida (¿no debería ser 'de sexo'?), resulta poco esclarecedora. Indica solo que un hombre ha agredido a una mujer. Muchas pueden ser las causas. Aunque, ciertamente, siempre parece haber una causa última: la incapacidad para comprender que ella es libre. Libre de mantener una relación o de no hacerlo. ¿Seremos capaces de extinguir esta violencia? Hay quien alberga la esperanza de que la violencia machista vaya cayendo por su propio peso: más del sesenta por ciento de los hombres denunciados por violencia de género tienen entre 30 y 50 años. Las nuevas generaciones parecen más concienciadas. Y las mujeres jóvenes, por tanto, más seguras y libres.

Tanto la serie de asaltos a viviendas como los dos crímenes reseñados vienen a ratificar la estadística: el grueso de la violencia se produce en los hogares y por la delincuencia común. El crimen organizado, tan vistoso en series y películas, supone una pequeña porción de la delincuencia violenta.

La familia muestra esa doble e inquietante faz: nuestros seres queridos son a menudo nuestros asesinos o nuestras víctimas. En un estudio realizado por académicos murcianos en 2015, se constata que en casi el 30 por ciento de los delitos de sangre en España, la sentencia aplicó la agravante del parentesco.

En la célebre película American Beauty se reflejaba ese contraste lúgubre: nos esforzamos por que nuestros hogares parezcan desde fuera amorosos nidos familiares, pero son a menudo cubiles de odios y celos. A menudo se representa en ellos la peor de las tragedias; en American Beauty un hombre acaba con la vida de su vecino. Es solo una película, los dos charcos de sangre en una bella casa adosada de Las Torres de Cotillas eran de verdad.

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