10 de mayo de 2015
10.05.2015
Investigador

De hacer turrones a crear órganos

La revista Nature ha publicado esta semana una de esas noticias que pueden cambiar la historia de la medicina: el investigador Juan Carlos Izpisua ha logrado generar tejidos y órganos en animales a partir de células pluripotentes

10.05.2015 | 10:45
Juan Carlos Izpisua Belmonte

La ciencia consigue que lo que en un tiempo fue ficción, sueño o utopía, un día se convierta en realidad que trasforme la vida de la gente. Y la fuerza que mueve este gran cambio es proporcional a la capacidad de esfuerzo, al tesón y a la voluntad que tenga el investigador que un día pensó esa utopía. Juan Carlos Izpisua Belmonte (Hellín,1961) es de esos investigadores que se encuentran en el grupo de los elegidos para cambiar el mundo, para cambiar la medicina. Y se ha ganado ese derecho porque un día soñó que podría desarrollar la técnica que permitiera crear tejidos que pudieran curar; crear órganos humanos para trasplantar a quien tiene los suyos dañados. Esta idea podría estar a un paso de la realidad en unas semanas. Es el tiempo que necesitan los investigadores que dirige Izpisua –entre los que hay científicos del centro Salk Institute for Biological Estudies de La Jolla, California; la Universidad Católica San Antonio y la Clínica Cemtro de Madrid– para comprobar que las células pluripotentes humanas (células madre) que se inyectarían -se está en fase preliminar- a los embriones de cien cerdas de una granja de Murcia son capaces de crear animales con tejido y órganos compatibles con los humanos. Por ahora ha conseguido que nazca un ratón con un páncreas creado a partir de células de rata. Izpisua tiene la llave que puede llegar a abrir un nuevo universo de posibilidades. Su historia personal y profesional demuestra que, si depende de su esfuerzo, la puerta se abrirá.

Cuando tenía tres años su padre se marchó de casa, dejando solos a su madre, a él y a sus dos hermanos pequeños. Pasó unos años, hasta que tuvo cinco o seis, en un colegio en Hellín, pero para su madre era tan complicado cuidarlos y trabajar para ganar algo de dinero que tuvo que internarlos a los tres en el Hogar Castillo de Olite, el orfanato de La Alberca, en Murcia, del que ahora tan solo quedan las paredes ruinosas. Allí pasó unos cuatro años. Cada vez que había vacaciones escolares su madre iba a por ellos y los llevaba con ella a la campaña de la recogida de almendras y a vender por las ferias de los pueblos el turrón que fabricaban con ellas. Y entre rato y rato también tuvo tiempo en su infancia para echar horas como pastor de ovejas o vender globos. Estuvo en el Castillo de Olite hasta los diez años. Fue entonces cuando su madre lo sacó del colegio y se lo llevó con ella a Benidorm a trabajar.

Los bares de la ciudad, que entonces empezaba a despegar como gran centro del turismo europeo, fueron su primera parada. Trabajó en varios y en alguno incluso tocaba la guitarra para los turistas alemanes. Y claro, aprendió a hacer sangrías, de las que suele presumir a menudo entre amigos y familiares. Tras unos años empezó a trabajar como botones en un hotel cercano. Tenía ya 14 años y en los ratos libres que le dejaba el trabajo leía cualquier cosa que caía en sus manos.

Fue entonces cuando se cruzó con a una persona que quizá fue la responsable del giro que dio su vida. Fue el director del hotel, que vio el potencial que tenía el adolescente, y le animó a que se examinara para conseguir el graduado escolar. Aprobó y pudo matricularse en el Bachiller en el turno de noche mientras seguía trabajando por el día en el hotel. La pasión por aprender ya le había atrapado y a partir de ese momento su único empeño fue el de conseguir cuantas más becas mejor para poder seguir estudiando. Y entre clase y clase y turno y turno todavía tuvo tiempo de jugar en el equipo de fútbol de Benidorm e incluso debutó con el Hércules de Alicante.

Así, llegó a la facultad de Farmacia de la universidad de Valencia. Y a partir de aquí, doctorado y estancias posdoctorales en centros de investigación de Europa y Estados Unidos. Sus logros le abrieron las puertas del Salk Institute for Biological Estudies de La Jolla en 1993, donde ha llegado a ser el jefe de Investigación de la Rama Celular y Genética. Izpisua también ha sido profeta en su tierra. Entre 2003 y 2013 fue el director del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona, un instituto creado a su medida y el que desarrolló líneas de investigación junto a su equipo de La Jolla hasta que decidió marcharse enfrentado con el Gobierno central y la Generalitat por falta de apoyos económicos a sus trabajos. Dos años después, acaba de publicar el que es uno de sus grandes avances. Para la última fase de su proyecto ha contado con investigadores de la UCAM, universidad de la que es doctor Honoris Causa desde el pasado mes de junio y director de la Cátedra de Biología Molecular.

En su vida personal hay otro hecho que ha sido determinante para que se produzca esta larga lista de méritos. Cuando su hija tenía apenas unos meses sufrió un accidente que le hizo perder un dedo. De forma espontánea el dedo se regeneró y quedó como si no hubiera pasado nada. Este fenómeno de regeneración que casi podría compararse con el de las lagartijas que pierden la cola y que en humanos solo se da en fase embrional o en los primeros meses de vida, está tras muchas de las investigaciones de Izpisua, empeñado en descifrar los mecanismos de regeneración celular y del desarrollo embrionario.

Cuando hace menos de un año estuvo en Murcia para recibir el doctorado Honoris Causa de la UCAM alguien dijo que estábamos ante un futuro premio Nobel, y leyendo sobre sus logros parecería lo razonable. Lo que sí tiene, y eso es algo que ninguna institución puede dar o quitar, es este aura que tienen unos pocos elegidos que sientan cátedra siempre que hablan. Una autoridad que hace que los más profanos en su materia se sientan deslumbrados por todo lo que pasa por su cabeza y por cómo es capaz de llevarlo a cabo. Él es ciencia.

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