Son casi reliquias que han ganado belleza con el paso del tiempo y con la llegada de los nada estilosos dúplex y plantas bajas hechas sin gracia.

Algunas se mantienen en pie con las dificultades que los fuertes

vientos que las azotan y la corrosión del mar salado provocan en sus muros que se desprenden, sus puertas de madera que se agrietan y sus bisagras

que se oxidan.

Casas con terrazas de ensueño que se abren apenas dos meses al año. El resto del tiempo se convierten en refugio de caminantes que se convierten en okupas para descansar y contemplar el mar que se abre bajo la mirada bajo sus soportales.

Cabo de Palos es un libro abierto para la arquitectura de litoral, cada vez más arrinconada por las construcciones que trepan por los acantilados en dirección hacia el faro, hacia Cala Fría o hacia el Descargador.