Tradiciones
Cartagena reivindica la solera de sus Cruces de Mayo: "Esto ya se hacía en el siglo XVII"
"Que el pero y sus tijeras nos recuerden que aquí no hay lugar para la maledicencia, sino para el encuentro", resalta la pregonera de un festejo que llena la ciudad de cartageneras y flamencas

Loyola Pérez de Villegas
La Cruz Triunfante repleta de flores rosas que porta el Ángel en la procesión que parte del templo de Santa Eulalia, en Murcia, cada Domingo de Resurrección se multiplica y se venera en las calles de Cartagena al arrancar el quinto mes. La ciudad portuaria vibra con las Cruces de Mayo, una verbena atestada de flamencas y cartageneras que no es ni Feria de Abril ni Bando de la Huerta, aunque comparte con las grandes fiestas lo esencial: barras puestas en la vía pública para beber y comer, escenarios, música, trajes tradicionales y ansia de pasarlo de escándalo.
«Es una tradición que no hemos copiado de otros lugares: fue un gran acierto que las cofradías la recuperaran en los años 80, y ahora es motivo de felicidad, reencuentro y esperanza, con nuestras calles vestidas de flores», subrayó, en su pregón del viernes, María Victoria Botí, presidenta de la Asociación de Mujeres Cofrades y la encargada de ensalzar el evento.
Cerca de medio centenar de altares adornan el casco antiguo, los barrios y las diputaciones
Botí enfatizó que esto de plantar Cruces «ya se desarrollaba en el siglo XVII, en el entorno de la Catedral», en referencia al templo en ruinas que la asociación Origen Cartagena lucha por restaurar. En el siglo XXI, a la vista está, se sigue haciendo, con el toque de modernidad que aporta el tiempo a las fiestas llenas de raigambre.
A la espera de ver si la ciudad recupera o no este edificio de culto, las Cruces de Mayo, con sus banderines y sus escenarios, sí se han rehabilitado en una localidad que compite en fechas con el Warm Up de Murcia, Los Mayos de Alhama, las celebraciones de la Santísima Cruz de Abanilla y los Caballos del Vino de Caravaca de la Cruz.
Con una ventaja: los asistentes que de pronto llegan por mar. «Hoy (por el viernes) han venido dos cruceros y los cruceristas han disfrutado mucho, que lo he visto yo», comentaba una vecina, ataviada con el traje típico, en un vídeo difundido por el Consistorio.
«Que el pero y sus tijeras nos recuerden que aquí no hay lugar para la maledicencia, sino para el encuentro», resaltó Botí, micrófono en mano, en el citado pregón. La referencia alude a algo que se ha hecho en la vecina comunidad de Andalucía desde hace siglo: delante de cada altar, se pone una manzana (un pero) que tiene clavadas unas tijeras.
No es más que un toque de atención a quienes solo encuentran ‘peros’ en el decorado. Ese tipo de personas que comenta cosas tipo: «Está muy bonito, pero podrían haberle puesto...» Un guiño a quienes critican en vez de arrimar el hombro.
"Días para unir a las personas"
Como apuntó la alcaldesa, Noelia Arroyo, cerca de medio centenar de cruces (entre el casco histórico, los barrios y las diputaciones) adornan Cartagena durante el puente. En un sábado que amaneció nublado, los hosteleros hacen su agosto y la Policía se emplea a fondo para garantizar la seguridad en las aglomeraciones (y en los conciertos gratis en ocho plazas).

No hubo lluvia que desluciese las estampas costumbristas que se desplegaron en la calle. / Loyola Pérez de Villegas
Aunque el astro rey no brilló en su esplendor, tampoco hubo lluvia que desluciese las estampas costumbristas que se desplegaron en la calle. Entre volantes y pañuelos de los paisanos emergían auténticos bodegones: ventanas, candelabros, macetas que evocan un patio cordobés, santos y la manzana (el ya citado pero) con las tijeras clavadas.
«Ningún ejemplo del arte por el arte como la flor», sentenció Ramón Gómez de la Serna. En la ciudad portuaria, gitanillas, jazmines y, sobre todo, claveles, se hacen fuertes y toman forma de guitarra, mantón y abanico. Una mujer coge de las manos a una niña: ambas llevan la testa coronada; la adulta, además, tatuajes en los brazos y mantón a la espalda.
Visitantes en vaqueros danzan en la calle al son de las palmas. Al final se trata de brindar y de pasar un rato con la gente a la que se quiere. «Son unos días para unir a las personas, para convivir», había dicho horas antes la pregonera. Pues eso.
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