Semana Santa en Cartagena
Silencio de penitencia y culpa
La más solemne y austera procesión de la Cofradía California, el broche de oro a sus cortejos pasionales, refleja la culpa de los hombres tras la pasión y muerte de Jesús

El Cristo de los mineros a su paso por la procesión del silencio de Cartagena. / Iván Urquízar
La Solemne Procesión del Silencio y Santísimo Cristo de los Mineros volvió a dejar a oscuras y sin voz Cartagena, creando una de las estampas más sobrecogedoras y características de la Semana Santa local, que tuvo este año una espectadora muy especial con la visita de la reina emérita junto a las infantas Elena y cristina.

Agrupación de la Santa Cena del Tercio del Cristo de los Mineros | IVÁN URQUÍZAR
Si bien cuando el cortejo pasional comenzó todavía aguantaba algo de luz solar, una vez la noche terminó de apoderarse del centro de Cartagena, la Procesión del Silencio volvió a transformar las calles en un escenario de penumbra, cera e incienso.
Apenas la luz temblorosa de los hachotes y de los tronos rompía la oscuridad de un desfile en el que solo retumbaba el tambor destemplado que abría la marcha, los secos golpes de martillo de los capataces, el acompasado roce de las cañas sobre el suelo y la respiración esforzada de los portapasos.
Todos ellos con el rostro tapado, ya que la procesión está regida por el reglamento de 1928 que exige silencio riguroso y rostro cubierto a casi todos sus integrantes, salvo las mujeres, que, cubierto su pelo con mantilla, acompañaron a imágenes como la Santísima Virgen de la Esperanza.
La Cofradía California puso en la calle su procesión sencilla y a la vez más sobria y solemne, una manifestación de fe y recogimiento que conserva intacta su esencia y que puso el broche de oro a sus cortejos pasionales. Sin perder el paso marcial tan característico de la Semana Santa local, recorrieron el centro de Cartagena en un ejercicio de recogimiento y oscuridad solo roto por la luz de los hachotes refelejando la esperanza tras el sacrificio del rey de reyes.
El silencio riguroso de los participantes, el respeto del público y el apagado de rótulos y luces al paso del cortejo convirtieron la noche en una experiencia casi suspendida en el tiempo, marcada también por el aroma a flores, incienso y monte cartagenero que hacían casi palpable el sentimiento de culpa por la Pasión y muerte de Jesucristo.
Bajo esa atmósfera única avanzaron los guiones, el Tercio del Ósculo, el Tercio del Ecce Homo, la Capilla Musical California ‘Francisco Zabala’, la Mesa de la Cofradía, el trono del Ecce Homo, el Tercio y trono del Cristo de los Mineros, el Tercio y trono de la Vuelta del Calvario, el Tercio y trono de la Santísima Virgen de la Esperanza y el piquete de la Sección de Honores de la Agrupación de Granaderos.
Al final, el miserere al Ecce Homo, que cruzó el umbral de Santa María de Gracia pocos minutos después de las once de la noche, y la Salve cartagenera, más entonada con el corazón que con la voz por cientos de cartageneros a la Santísima Virgen de la Esperanza, pusieron el broche a una noche de austeridad, emoción y memoria.
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