Entrevista
Eloy Peña Asensio, astrofísico: "Es improbable que un asteroide peligroso impacte contra la Tierra en los próximos cien años"
El investigador cartagenero adscrito al Politécnico de Milán ha liderado un equipo internacional para la predicción de lluvias de estrellas sobre los cielos de Marte y la Tierra tras la colisión de la sonda DART contra el asteroide Dimorphos

El astrofísico cartagenero Eloy Peña Asensio. / Cedida
La NASA logró el 27 de septiembre de 2022 un hito: el primer ensayo real de defensa planetaria ante rocas espaciales estrellando a 24.000 kilómetros por hora la sonda Double Asteroid Redirection Test (DART) contra Dimorphos, un satélite del asteroide Didymos. Fue todo un éxito, ya que se logró modificar su órbita. Ahora, un equipo de científicos encabezado por el astrofísico e investigador del Politécnico de Milán Eloy Peña Asensio (Cartagena, 1991), analiza en una investigación publicada en la revista The Planetary Science Journal sobre qué podría suceder con los restos eyectados. Un avance: convertirse en la primera lluvia de estrellas producida por la acción del ser humano.
—El asteroide está a unos 11 millones de kilómetros de la Tierra… ¿Cómo ha sido posible llevar a cabo una investigación de tales características con esa distancia?
—La sonda de la misión DART incluía una pequeña nave anexa llamada LICIACube diseñada para separarse antes del impacto con Dimorphos, tomar distancia y grabar en directo la colisión. La cámara pudo registrar los instantes iniciales de la misma y caracterizar el material despedido, en qué dirección había salido y a qué velocidad. En nuestros análisis, metimos esos datos en un supercomputador del Consorcio de Servicios Universitarios de Cataluña (CSUC) para predecir hasta dónde podrían llegar los pedazos y las partículas.
—La misión DART demostró que es posible alterar la trayectoria de estos cuerpos de manera artificial. ¿Qué tipo de objetos espaciales deberían preocuparnos por su potencial impacto contra la Tierra?
—De todos los objetos conocidos que pasan cerca de la Tierra lo suficientemente grandes para suponer un peligro, ninguno tiene probabilidades de impactar en cien años. Ahora, ¿y si hay alguno que no hemos detectado? ¿Y si el que creemos que no pero tiene un 0,0001% de probabilidades lo hace? Uno de esos candidatos es Apofis, que se acercará varias veces a nuestro planeta y en 2029 pasará entre la Tierra y la Luna. Existe una ínfima posibilidad de que Apofis, con 340 metros, pudiera cambiar su rumbo por un encuentro con otro objeto y dirigirse a nuestro planeta. Parece de poca envergadura, pero sería devastador a nivel de arrasar una región o un país, si bien nunca se consideraría el riesgo de extinción. Por eso muchos telescopios van a estar vigilándolo para tener controlada su órbita y que no haya que improvisar una misión DART.
"Las técnicas de defensa planetaria no están a la altura de las observaciones astronómicas"
—Tal y como ha reconocido a medios estadounidenses, la Tierra podría recibir restos de Dimorphos hasta por un siglo, aunque no entrañan peligro porque la atmósfera los desintegraría. Pero ¿y si fuera un asteroide más grande y cercano, cuya desviación despidiera trozos de mayores dimensiones?
—En el futuro será algo a tener en cuenta. Nuestra investigación va a asentar el camino para que en misiones de estas características, si son necesarias, se planifique cómo efectuar el impacto para desviar el objeto y si eyectaría material hacia la Tierra. En principio, los fragmentos no serían peligrosos dada su pequeña envergadura. Pero insisto: es algo a tener en cuenta, y más ahora que sabemos que el choque con Dimorphos producirá meteoros en Marte y quizás en la Tierra.
—Objetos como 2021 UA1 o 2024 BX1 fueron detectados cuando ya los teníamos prácticamente sobre nuestras cabezas. En la actualidad, ¿las tecnologías para destruir o desviar asteroides son superiores respecto a las empleadas para detectarlos con antelación?
—Los asteroides descubiertos con pocas horas de antelación son demasiado pequeños; hablamos de rocas de uno a cinco metros que no suponen ningún peligro porque el 99% de su masa se desintegra en la atmósfera y lo que llega al suelo es más pequeño que una mano. Y tenemos mayor capacidad de predecir que un objeto va hacia la Tierra que de protegernos de él. Observar es relativamente sencillo y una misión es demasiado compleja: se necesita un cohete, lanzarlo, controlar su órbita, un correcto acercamiento al asteroide y que el impacto sea efectivo para modificar su órbita. Las técnicas de defensa planetaria no están a la altura de las observaciones astronómicas. Trabajamos para lograr detectarlos y desviarlos si fuera necesario.

El doctor Peña Asensio con un trozo del meteorito que produjo el cráter Barringer de Arizona, expuesto en Berlín. / Cedida
—Según el estudio, los restos de Dimorphos podrían provocar la primera lluvia de estrellas ‘creada’ por la humanidad. ¿Cuándo sería posible verla? ¿Tendría alguna característica particular?
—Depende de la velocidad máxima con la que salieran disparados tras el impacto. Los más rápidos observados lo hicieron a 500 metros por segundo. Según nuestra investigación, llegarían a Marte dentro de 13 años tras dar varias vueltas al Sol. Aunque puede que existan fragmentos a 700 metros por segundo, con lo cual sería en siete años. ¿A la Tierra? Con menor probabilidad y en un tiempo similar siempre que hayan alcanzado los 1.500 metros por segundo, como notificaron telescopios terrestres con partículas que, de ser más grandes, producirían meteoros; una lluvia de estrellas más lenta de lo habitual y que se avistaría mayoritariamente en el hemisferio sur, en la constelación de Indus.
—Algunos dirían que es como jugar a ser Dios…
—Al final el ser humano, por buenas causas como en este caso —ensayar la defensa de una amenaza—, puede alterar su entorno y producir cosas que antiguamente parecían estar solo reservadas a los dioses. Y aclarar que la lluvia de estrellas por la misión DART no es ningún efecto colateral de la NASA , pues más o menos se preveía. Estaba bajo control y, tras el impacto, hemos podido definir que hay alguna probabilidad de que ocurra.
—Algunos asteroides como el interestelar Oumuamua, sostienen ciertos eruditos, podrían ser sondas de civilizaciones extraterrestres. ¿Qué crédito le otorga a estos planteamientos?
—Imagina el debate interno que hay en la comunidad científica con el tema; en concreto, con el astrofísico Avi Loeb, de Harvard, de quien parten estas afirmaciones. La inmensa mayoría no sostenemos que puedan ser naves extraterrestres, lo cual no significa que sea imposible. Simplemente, aplicamos el método científico y no hay evidencia de ello. Las de Loeb son unas declaraciones desafortunadas que, lo más seguro, respondan a fines económicos y no científicos.
—Porque desde la comunidad científica no se descarta la existencia de vida más allá del Sistema Solar...
—¡No, todo lo contrario! Me costaría hallar a un científico que no crea en su existencia fuera de la Tierra; pienso que a día de hoy, cualquier persona dedicada a la ciencia, sabe que puede darse por mera estadística. Eso es una cosa. Otra es ser conscientes de la edad del universo —14.000 millones de años—, de la cantidad de estrellas similares al Sol con sistemas de entre uno y siete planetas, y que, alguno de ellos —cientos de miles de millones solo en la Vía Láctea—, sea equivalente al nuestro y vayamos a ser capaces de contactar u observar restos de vida… Con la vastedad del universo, lo improbable es coincidir en el tiempo con otras formas de vida y que se encuentren en lugares cercanos como para poder detectarlas. En millones de años, tal vez hayan aparecido y ya estén extintas.
"La ciencia se cuece a fuego lento, de ahí que muchas veces no exista interés político en financiarla"
—En su investigación han participado científicos de diversas nacionalidades. Sin duda, no sería posible llevarlas a cabo sin equipos ni alianzas internacionales. Sin embargo, EE UU ha cerrado la puerta a colaborar con China y Rusia. ¿Es posible la reedición de la carrera espacial con la intensidad de antaño?
—Y tanto. De alguna manera estamos viendo una nueva entrega de esa guerra fría, protagonizada por EE UU y China. Quienes nos dedicamos a esto tenemos claro que es una carrera que ganará el gigante asiático. Los planes y la estrategia que están siguiendo, el ritmo de avance y crecimiento, las misiones exitosas… Se están posicionando mejor que nadie; las estadísticas hablan de que publican los mejores ‘papers’ y de mayor calidad. Mediante un plan global obtienen resultados, siendo dominantes en ciencia. Y más que lo serán en el terreno de la exploración espacial.
—¿Y qué papel juega España al respecto, en medio de las grandes potencias?
—La Agencia Espacial Española (AEE) está dando sus primeros pasos, acaba de nacer. Entonces, a nuestro país le queda todo por hacer. Ahora, como colaborador de la Agencia Espacial Europea (ESA) tiene una tradición en investigación y desarrollo tecnológico de décadas y con una presencia en Europa importante. Esto se demuestra con los nuevos astronautas Pablo Álvarez y Sara García, pero también con el Centro Europeo de Astronomía Espacial (ESAC) en Madrid o empresas punteras que desarrollan instrumentos y ‘software’ para la ESA y la NASA.
—Y todo ello con una financiación más bien escasa...
—Siempre está bajo mínimos, por desgracia. Si algo falta, es inversión. Y no solo por una cuestión de salarios —que son bajos—, sino por los materiales de los que disponemos. Si se hiciera una apuesta mayor, tendríamos frutos y prosperidad a medio-largo plazo. Y ese es el problema: la ciencia se cuece a fuego lento, de ahí que muchas veces no exista interés político en financiarla porque el rédito rápido no existe, hacen falta años.
De Cartagena y los juegos en línea al Johnson Space Center
Natural del enclave cartagenero de Llano del Beal, para Eloy Peña Asensio la astrofísica es como un videojuego «donde el misterio es el universo en sí mismo». De hecho, despertó su interés por el cosmos el cuento La última pregunta de Isaac Asimov y un juego en línea llamado OGame.
Antes de leer su tesis sobre bólidos —las pequeñas rocas que se convierten en estrellas fugaces al colisionar contra la atmósfera— en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), pasó por las aulas del CEIP San Ginés de la Jara y de los IES Ben Arabí y Jiménez de la Espada, donde las clases de Física ayudaron a alimentar su curiosidad. Con posterioridad, se graduó en Ingeniería Aeroespacial en la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) y cursó un máster en Ciencia y Tecnología Espacial en la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) y otro en Astrofísica en la UAB.
En la actualidad trabaja en la sonda LUMIO de la Agencia Espacial Europea (ESA)
Ganador del Premio Joven Extraordinario 2021 del Ayuntamiento de Cartagena, el hoy investigador del Departamento de Ciencia y Tecnología Aeroespacial del Politécnico de Milán estuvo hace dos años en el Johnson Space Center, la sede central de la NASA situada en Houston, donde se integró en el equipo que ha diseñado posibles recorridos a pie de quienes pisarán la Luna en el marco de la misión Artemis 3.
En el Congreso Europeo de Ciencia Planetaria de Berlín, celebrado la semana pasada, el doctor Peña Asensio presentó una ponencia sobre el proyecto en el cual trabaja actualmente: la sonda LUMIO de la Agencia Espacial Europea (ESA), que pretende monitorizar la cara oculta de la Luna a fin de registrar el ciclo de impactos de objetos, en vistas de una futura colonización. «Si estos son frecuentes, habrá que preparar soluciones más seguras para los astronautas o aprovechar antiguos túneles de lava en los cráteres y protegerlos bajo tierra; si son esporádicos, podrán permanecer sobre la superficie lunar», detalla a La Opinión.
Los «escombros» del Sistema Solar
Cometas y asteroides. ¿Sabemos qué son y cómo distinguirlos? «Son cuerpos primigenios de las etapas iniciales del Sistema Solar», señala Eloy Peña Asensio. Cuando hace más de 4.600 millones de años se encontraba en formación, estos materiales no acabaron siendo parte de ningún planeta y quedaron sueltos, vagando de un lado a otro de nuestro sistema.
«En escala astronómica se consideran cuerpos pequeños», añade el cartagenero.
Los cometas, según explica, pueden tener entre 1 y 30 kilómetros de media y conservan agua porque se generaron lejos del Sol. Por ello, cuando se acercan al astro rey se calientan y exhiben su característica estela de hielo evaporado. Suelen ser frágiles y desintegrarse cuando impacta algún fragmento de ellos.
Por el contrario, hay asteroides incluso de 900 kilómetros y están deshidratados al originarse cerca del Sol. Por su densidad y compactación, no son tan quebradizos. Al impactar en la Tierra, algunos no se desintegran del todo y sobreviven a la entrada atmosférica. Si llegan a tocar el suelo pasan a denominarse «meteoritos».
En los últimos años, cuenta el doctor Peña Asensio, los científicos han descubierto que una gran cantidad de asteroides, más que un gran sólido, son «una pila de escombros»; un conglomerado de rocas más pequeñas que permanecen juntas por su propia gravedad.
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