Los tambores de guerra resonaban en la ciudad. Carthagineses y romanos, entre arengas, levantaban sus falcatas y gladius al cielo y hacían vibrar sus escudos para poco después enzarzarse en una lucha sin cuartel con el fin de alcanzar la gloria. Sin embargo, una vez más y tal como manda la historia, las legiones del general Escipión se alzaron con la victoria. El Imperio Romano venció. Cayó Qart Hadast y nació Carthago Nova.

La ciudad portuaria acogió este viernes el acto principal y más multitudinario de las fiestas de Carthagineses y Romanos: la Gran Batalla de Qart Hadast. La expectación y ganas eran tremendas, lo que llevó a un lleno absoluto en la Cuesta del Batel, que volvía a ser, tras los dos años de pandemia, el escenario del evento. Un total de 3.300 personas ocuparon todos y cada uno de los asientos disponibles para ver a los más de 1.100 actores festeros que se dieron cita en la explanada para dar vida a uno de los momentos más clave de la historia de Cartagena. Otros tantos también siguieron el acto desde lo alto de la Muralla Carlos III, haciendo un total de más de 4.000 espectadores.

La espectacularidad de la batalla sigue creciendo año tras año. Como novedad para esta edición, el evento contó con una pantalla de 90 metros cuadrados que se utilizó para emitir vídeos en los que dos narradores hacían de hilo conductor de la representación y en la que se retransmitieron en vivo imágenes de la representación con una producción digna de mención. Además, se aumentó el número de monturas. Así, más de 20 caballos galoparon por el césped de la Cuesta del Batel (lo que les costó algún que otro resbalón que asustó a más de uno), casi el doble que en ediciones anteriores. Los comandantes de las legiones, tras tres meses de prácticas a sus espaldas, hicieron de jinetes junto a un grupo de especialistas.

La batalla siguió su clásico formato dividido en tres actos. Un primer momento cargado de arengas y parlamentos y en el que Escipión intenta convencer, sin éxito, al general Magón de que se rinda. Se vivieron ciertos momentos que nos hacen recordar que los actores, pese que ponen toda su pasión y empeño en dar vida a cada uno de los personajes, son amateurs. Ignacio Murcia, que encarnó a Magón, tuvo un pequeño lapsus y se olvidó del guión. "Me he quedado en blanco", se le oyó decir por lo bajo, lo que desató risas y aplausos a partes iguales en el público.

En la segunda parte ambos bandos cruzaron espadas, con luchas que este año estuvieron más guionizadas por parte de los combatientes que en años anteriores. La explanada se colmó de una lluvia de flechas, arietes, catapultas, hondas, arcos, saetas, espadas, falcatas y gladius, dagas y puñales, lanzas y estandartes que convirtieron el lugar en todo un escenario bélico. En el tercer acto se llevó a cabo la entrega de la ciudad a los romanos, momento en el que Magón entregó la falcata de mando a Escipión y Qart Hadast pasó a llamarse Carthago Nova.

Todo este despliegue de espectacularidad tiene su explicación. Este año el Senado Romano y el Consejo Carthaginés se encargaron de planificar el evento de forma conjunta, por lo que la suma de recursos aportada por ambas entidades permitió hacer más grande si cabe el evento.

Culminada la batalla, las legiones se dirigieron a la Plaza del Ayuntamiento para izar su bandera y proclamar su ley ante el pueblo. Desde ahí, entre vítores, aplausos y arengas, partieron en desfile hasta llegar al campamento festero.

Antes de la batalla se escenificó el desembarco de las fuerzas navales romanas al mando del Almirante Cayo Lelio, que más tarde se sumaron a las legiones que esperaban en tierra al mando de Escipión.

No fue una lucha cualquiera

La batalla que este viernes se representó en la Cuesta del Batel no fue una simple lucha cualquiera. Supone un momento clave para la historia de Cartagena y del Mediterráneo. Algunos historiadores aseguran que si Escipión no hubiera conquistado Qart Hadast, Aníbal habría ganado la Segunda Guerra Púnica y a día de hoy todo sería distinto. Nuestro lenguaje no sería latino, hablaríamos una lengua proveniente de los dialectos fenicios que existían en el norte de África en aquella época.