05 de julio de 2015
05.07.2015

´Sentimientos de un preso inocente´

"Teníamos miedo de nuestros jefes"

Uno de los seis policías detenidos por el crimen de Cala Cortina da su versión de los hechos y carga contra sus superiores en una carta a LA OPINIÓN

05.07.2015 | 04:00
Imagen de la reconstrucción del crimen en la playa de Cala Cortina, donde apareció el cuerpo de Diego Pérez.

Nueve meses entre rejas; nueve largos meses en el punto de mira de la escena mediática por el presunto asesinato de Diego Pérez, vecino del barrio de Las Seiscientas. Los seis policías de Cartagena y sus familiares continúan con su desesperada búsqueda de la verdad y, tras los barrotes, uno de los acusados ha escrito una carta en la que pretende mostrar su sentir y el de sus compañeros

El título es cómplice de su objetivo: ´Sentimientos de un preso inocente´. Una frase que introduce un testimonio de uno de los seis policías detenidos de Cartagena y que LA OPINIÓN reproduce de forma íntegra a continuación:

«En la naturaleza del ser humano está cometer errores, pero pocos tienen consecuencias tan fatídicas como las que desencadenarían ayudar a un ciudadano que, temeroso por su vida, pedía auxilio y protección a la Policía. Ninguno de nosotros podía imaginar que ayudar a una persona, práctica habitual en el ejercicio de nuestras funciones y que en tantas ocasiones habíamos llevado a cabo, sería el mayor error de nuestras vidas.

Una noche un hombre llamó a la Policía, preso de un pánico atroz, ya que supuestamente unos individuos querían matarlo. Rápidamente acudimos al lugar, intentamos asistirle lo mejor que supimos, ofreciéndole la ayuda médica correspondiente debido al fuerte estado de excitación y nerviosismo en el que se encontraba. Temeroso por su vida, no atendía a razones y lo único que quería era venirse con nosotros y salir de allí a toda costa, rechazando cualquier otro tipo de apoyo. Finalmente, y dada la extraña situación en la que nos encontramos, entedimos que esa era la mejor forma de proceder, alejándolo del supuesto peligro que le atormentaba –un peligro que, tras realizar las comprobaciones oportunas, al parecer sólo estaba en su cabeza– y dejándolo en un lugar tranquilo para que su mente consiguiera deshacerse de sus miedos.

Pero cuando días después apareció el cadaver de Diego –así se llamaba aquel ciudadano de mirada perdida y rostro asustadizo–, fuimos nosotros, ignorantes de su trágico final, los que fuimos presa del miedo y la desesperación al pensar en las represalias que aplicarían nuestros jefes sobre nosotros. Dichas represalias llegarían después de que no informamos en su momento del hecho de haber llevado a Diego a un lugar tranquilo para intentar que se calmara, aún siendo él mismo quien incesantemente suplicaba venirse con nosotros, negando cualquier otro tipo de ayuda.

Pero el ambiente de nuestra comisaria, desde hace ya tiempo y por diversas circunstancias, estaba un poco esfervescente y bastaba la más miníma excusa para que te cambiaran de puesto de trabajo o te abrieran un expediente disciplinario. Por ello, por miedo, seguimos sin decir nada, seguros de las represalias de nuestros superiores y asustados por las consecuencias que ello tendría en nuestro futuro dentro del Cuerpo de Policía.

Para mí, ser miembro del Cuerpo Nacional de Policía, era un honor y un orgullo inmenso. Había luchado con todas mis fuerzas para ello. Al llegar a la Academia de Ávila, escrito en piedra se puede leer: «En este lugar se alumbra la luz que ha de ser mañana el destino policial, servicio, dignidad, entrega y lealtad». Aquellas palabras se grabaron a fuego en mi corazón y permanecerán siempre en mi memoria. Y desde ese momento supe que había elegido bien mi camino.

Estoy absolutamente convencido que todos mis compañeros albergaban en su interior los mismos sentimientos y, cada día, al ponerse el uniforme y sentir la placa emblema en su pecho, salían a trabajar plenamente satisfechos de poder ayudar a las personas que lo necesitaban y contribuir así a que las calles de nuestra querida Cartagena fueran un poco más seguras. Pero esos mismos sentimientos también nos hacían sentirnos culpables, y todos teníamos una fuerte lucha interior entre permanecer callados o volver a casa y decirle a nuestras mujeres que nos habían expedientado en el trabajo. La mayoría de nosotros, aún siendo gente joven, estamos ya casados o convivimos con nuestra pareja, teniendo niños pequeños a nuestro cargo, y sólo aquel que es padre puede saber el sentimiento que recorre su cuerpo cuando, después de una jornada de trabajo, vuelve a casa y su hijo pequeño corre hacia él con los brazos abiertos diciendo: «Papi, papi policía, ¿a cuántos malos has atrapado hoy?». Y a su lado, su mujer les mira con una gran sonrisa en los labios, sintiéndose la persona más afortunada del mundo.

Este es el motivo que me obligaba a permanecer callado. Me moría solo de pensar en volver un día a casa y decirle a mi mujer: «Cariño me han suspendido de empleo y sueldo, voy a tener que dejar de ir a trabajar durante un tiempo y tendremos que controlar un poco más los gastos». ¿Qué iba a pensar de mí? Se me rompía el corazón y se me caía la cara de vergüenza solo de pensarlo. ¿Qué iban a pensar de mí mis padres, que tan orgullosos se sentían de que su hijo fuera policía? No podía soportarlo.

Pero nuestros jefes ya habían averiguado que no habíamos sido del todo sinceros con ellos y, lejos de llamarnos para hablar tranquilamente con nosotros y aclarar lo sucedido, imaginaron una trama de corrupción propia del guión de una cutre película policiaca americana; pero, sin embargo, hicieron un despliegue de medios sin precedentes que ya lo quisieran para sí algunas superproducciones cinematográficas de Hollywood, con sistemas de escucha, vigilancias y seguimientos. Todo ello porque pensaron algo que no tiene cabida en cabeza bien amueblada y sólo pueden albergar mentes enfermas con afán de poder, reconocimiento y prestigio, y ávidos de llenarse el pecho de medallas.

Imaginaron que nosotros, seis policías con familia, mujer e hijos, que nunca habíamos tenido problemas en comisaría y siempre habíamos desempeñado una labor policial absolutamente correcta, fuimos los que, sin ningún motivo, atrozmente dimos muerte a Diego. ¿Pero qué mente perversa y maliciosa podía pensar tal barbaridad, qué motivo podíamos tener nosotros, que acudimos en su auxilio a su llamada y lo único que hicimos fue ayudarle lo mejor que supimos?

Pues bien, esta cúpula Policial de Cartagena, a la que se le había unido Asuntos Internos, tras varios meses de ardua, pero, como no podía ser de otra manera, infructuosa investigación, y sin haber obtenido lógicamente ni una sola prueba contra nosotros, no podía irse con las manos vacías y teniendo que justificar su costoso trabajo y su masivo despliegue de medios. Basaron su acusación única y exclusivamente en nuestro inicial silencio. Así pues, la mañana del seis de octubre de 2014, mientras la mayoría de nosotros desempeñábamos de uniforme nuestra labor policial, fuimos detenidos, separados y aislados en diferentes comisarías. Nos metieron en los calabozos donde pasamos casi tres días sin apenas comer ni beber, sin dormir, ofreciéndonos un trato degradante y vejatorio, humillados ante nuestros compañeros y sometidos a una tortura psicológica en las reiteradas declaraciones que prestamos propias de otra época, todo ello para intentar arrancar de nosotros una confesión que solo cabía en sus enfermas y maliciosas mentes, salvándoles así del mayor error y la mayor barbaridad que habían cometido en su carrera policial: detener a seis policias que no habían hecho sino desempeñar lo mejor que supieron su trabajo, pero que, como personas que somos, tuvimos miedo de las represalias de unos jefes que han demostrado carecer de raciocinio lógico alguno y, sobre todo, del valor y el honor suficiente para reconocer su error. Un brutal error que ha destrozado la vida de seis policías y la de sus familias. E, incomprensiblemente y fuera de toda lógica, esta cúpula policial, con un sistema judicial pelele en sus manos, a la vez que viciado por el amiguismo y la corruptela, consiguió meternos en prisión, en la cárcel, donde seguimos, tras más de nueve meses de agónica privación de la libertad, inmersos en la más absoluta desesperación, sometidos a una total indefensión y olvidados por la justicia; una justicia en la que tanto creimos y tanto defendimos y que ahora nos da la espalda.

Uno no sabe lo que significa la palabra 'libertad' hasta que la pierde, y aquí en la cárcel se pierde todo, incluso la esperanza. En los muros de prisión debería poner lo que, según Dante en su obra La Divina Comedia, estaba escrito en la puerta de entrada a los Infiernos: «Pierda toda esperanza aquel que atraviesa estas puertas». Así es. Perdida la fe, la esperanza y sin creer en la justicia corrupta y manipulada por la cúpula policial, sólo me mantiene en pie el amor de mi mujer, mi hija, mi familia y su incesante y épica lucha por conseguir que la verdad salga a la luz; una verdad ocultada maliciosamente por este sistema y estas personas faltas de valores y carentes de honor».

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