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  • 05
    Noviembre
    2014

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    La fiesta de la insignificancia (Milán Kundera)

    Catorce años sin publicar preceden la entrega que este año ofrece Milan Kundera a sus lectores: La fiesta de la insignificancia.

    Es tanto tiempo sin publicar que cualquier curioso amante de su literatura deseará acercarse a la novela para disfrutar del destilado que estos años hayan dejado en la escritura del famLafiestaoso autor checo. Además, la brevedad de la obra invita a esperar, casi involuntariamente, intensidad y condensación. El autor, por su parte, parece anticiparse a esas expectativas y, como contrapunto, propone ese título guía, para señalar el sentido: fiesta de la insignificancia; lo que, paradójicamente, promete todo lo contrario. De modo que la interrogación está servida.

    Y, sin embargo, no es en absoluto así. La novela de Kundera es en apariencia una fábula esperpéntica sobre, ¿qué?, la insignificancia de la vida, los ripios de cinco amigos de diferentes edades, varones los cinco (las mujeres ocupan un lugar anecdótico, ridículo incluso, excepto la madre homicida de Alain), acomodados, cultos, que deambulan por París encontrándose ocasionalmente. El puzzle que propone Kundera usa como mortero una anécdota de las veintiocho perdices que  atribuye a Stalin y Kalinin, algo que tiene que ver, supuestamente, con el sentido del humor y la servidumbre al poder.

    Los personajes de esta obra son tipos construidos con un solo rasgo, o más bien, marionetas que sirven para llevar adelante unos cuadros fragmentarios e inconclusos. Esperpénticos, sin cuerpo, responden a las acciones de los otros de un modo aparentemente arbitrario. Y el lector desconfía. Tiende a buscar resonancias profundas, pero encuentra, exactamente, insignificancia.

    Hay algo de Beckett en esta fábula moral, de su minimalismo despojado, pero la teatralidad, en Beckett, trasciende la anécdota, mostrando la desolación y la tragedia (no hay esperanza) y en Kundera se pierde en lo inane.

    Confieso que terminé de leerla sumida en el desconcierto. No puede ser, me decía, todo el mundo ha aclamado esta novela minúscula, por lo que me di un mes de plazo y una nueva lectura para formarme un criterio sobre ella; transcurrido este tiempo no he cambiado de impresión.

    En el mejor de los casos, Kundera celebra la insignificancia de la vida, su despropósito intrínseco, su gratuidad y ese no ir hacia ninguna parte que parece recorrer todo el conjunto, desde la experiencia de un autor que pasa largamente de los ochenta años y ve el mundo desde lo alto, cuando lo más importante que tiene frente a él es la muerte y el resto le parece calderilla. No somos el ombligo del mundo (al ombligo y a las madres se les dedican páginas jugosas), nacemos casi por accidente, vivimos torpemente, mentimos, esa es la vida del ser humano, nos dice. Precisamente la madre de Alain declara al respecto:

    [blockquote source="Name of the source"]…Los derechos de  los que puede disponer el ser humano solo se refieren a nimiedades por las que carece de sentido luchar unos contra otros o escribir solemnes declaraciones (pag. 122).  [/blockquote]

    Puede que sea precisamente eso lo que nos quiere decir: despojémonos de la ilusión de individualidad, aceptemos nuestra humilde insignificancia; puede que la forma y el contenido se adecuen tan perfectamente en esta nouvelle que ha sido calificada generosamente de “obra maestra”, que el resultado sea el que el autor pretendía mostrar: aparentemente insignificante.

     

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