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juanjo perez perez

licenciado en periodismo y en económicas. Periodista de vocación y profesor de profesión

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  • 28
    Agosto
    2018

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    Murcia Deportes ciclismo

    Collado Bermejo

    Llevaba meses preparándose para aquella etapa. Desde que se supo el trazado de la Vuelta había marcado con rojo en el calendario aquella fecha.

    El Collado era el último puerto a pocos kilómetros de la meta. El que coronase con ventaja podía mantenerla y plantarse en la meta de Alhama el primero si bajaba bien. Y él era el que mejor bajaba. Su entrenador de juveniles lo llamaba El Pirata en honor al malogrado Marco Pantani por lo bien que bajaba. Y ahora había llegado el momento de demostrarlo.

    Esperó paciente su oportunidad agazapado. Sabía que no podía atacar al grupo de favoritos en el ascenso ya que sería fácilmente neutralizado. Demasiado público agitando banderas y dando ánimo a los ciclistas en medio de un griterío ensordecedor y poco espacio para maniobrar. Si quería tener una oportunidad de éxito tenía que atacar en el descenso.

    Tragó saliva, se santiguó y aprovechó un parón de la carrera mientras los primeros comían algo y se abrigaban para empezar a bajar. Metió el plato grande y todo el desarrollo y se lanzó a tumba abierta cuesta abajo. Conocía aquella carretera como la palma de su mano. Cada árbol, cada curva... Podría bajar con los ojos cerrados y alguna vez lo había hecho desafiando a la muerte. Acostumbrado a bajar por su carril pendiente del tráfico y los baches, el firme recién asfaltado y el tráfico cortado le permitían alcanzar una velocidad fabulosa trazando las curvas de interior a interior como si fuera un fórmula uno.

    La moto apenas podía seguir su ritmo. Con el cuerpo por delante del manillar en las rectas y dando pedales al salir de las curvas su distancia con los demás iba en aumento.

    A pesar de los esfuerzos del piloto la moto estaba cada vez más lejos y el objetivo de entrar el primero por las calles del pueblo más cerca. Sin embargo, sabía que cuando acabara el descenso estaba perdido. Mientras hubiera curvas y velocidad era intocable. Nadie bajaba el Collado como él. Ni Indurain, cuando cazó a Rominger bajando el Tourmalet en el Tour del 93. Aquel día ni las motos podían con él, y eso que la de atrás se le pegaba todo lo que podía.

    El descenso llegaba a su fin y con él su aventura. En una curva cerrada a derechas salió por el terraplén recto manteniendo milagrosamente el equilibrio hasta quedar oculto por unos arbustos. La moto pasó de largo sin verlo seguida de la cabeza de carrera que ya olía la línea de meta y luchaba por la victoria de etapa.

    Satisfecho, se dejó caer de espaldas y disfrutó su minuto de gloria. El ciclista anónimo que bajó el Collado por delante del pelotón para desaparecer como un fantasma en la última curva.

     

     

     

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