Blog 
EL MIRADOR
RSS - Blog de MIGUEL GALINDO SANCHEZ

El autor

Blog EL MIRADOR - MIGUEL GALINDO SANCHEZ

MIGUEL GALINDO SANCHEZ

Autodidacta integral de posguerra. Fué comerciante y chamarilero. Es columnista habitual de periódicos como La Opinión, MurciaEconomía, WordPress, MurciaRegión, etc...

Sobre este blog de Sociedad

Sobre todo lo divino y humano. La temática abierta es la clave de los artículos que se vierten aquí. Toda mi participación en el periódico La Opinión, queda reflejada en este blog, aparte mi web perso


Archivo

  • 07
    Noviembre
    2014

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    JUSTICIA ANIMAL

     Werner Jünger prestó sus servicios como médico al final del pasado S.XIX en Liberia, y cuenta una experiencia personal de la que fué testigo, sobre el entonces conocido como cocodrilo de Sowo, famoso por su sabiduría. Los nativos de ciertas aldeas pantanosas, cuando un cocodrilo mataba a algún aborígen, llamaban al cocodrilo sabio a consulta rondando el pantano y haciendo cacarear a un par de gallinas. El viejo saurio acudía entonces, y se dirigía a la casa de "palabres" (algo así como lugar de juntas) y se citaba allí con los principales de la tribu.

    Éstos lo rodeaban y le ofrecían ambas gallinas, que devoraba rápidamente. Luego, abría sus enorme fauces y esperaba a que los encargados le vaciasen en su gaznate el contenido de varias botellas de ron. Después de eso, los ancianos prorrumpían en inflamadas peroratas donde exponían el litigio y la queja que les ocupaba por haber sido víctimas de uno de los cocodrilos de la ciénaga vecina.

    El animal, inmóvil, mientras sus ojos amarillos de pupilas hendidas rolaban examinando la concurrencia, comenzó a moverse lentamente, muy lentamente, hasta la zona pantanosa de donde había salido, desapareciendo en sus aguas. Cuenta Jünger en su relato la extrañeza que le produjo el ver incluso niños de la tribu a pocos metros de la bestia, sin que éstos sintieron el menor temor a su presencia y sin que ella hiciera el menor ademán de atacarlos.

    A los dos días, los hombres se armaban y se dirigían a la ciénaga a dar caza al cocodrilo culpable de las muertes denunciadas al sabio saurio de Sowo, y siempre aparecía un ejemplar merodeando por las orillas sin atreverse a adentrarse al centro de la laguna. Así que procedían a matarlo y llevarlo a la aldea. Allí lo abrían en canal, y todos comprobaban que, efectivamente, en su estómago aún quedaban restos reconocibles de las víctimas. Con esa prueba, todos quedaban satisfechos y reconfortados.

    Los nativos del poblado, de claros ritos animistas, contaban a Werner que, cuando un cocodrilo atacaba a la comunidad, ellos podían muy bien organizar una matanza de ellos, pero que eso no era justo, pues no debían morir animales que eran inocentes y vivían en perfecta paz con los humanos. Que preferían convocar al de Sowo y matar tan solo que el culpable, teniendo por seguro, decían, que incluso le hacían un favor a los demás de su especie librándolos de un ejemplar asesino.

    Nosotros no impartimos esa justicia. Aquí, mientras se descubre al auténtico culpable, dejamos mientras tanto un reguero de presuntos inocentes linchados sin ningún miramiento, víctimas de los carroñeros que se ceban en su presunción de culpabilidad.

    A veces, la justicia de los cocodrilos es mejor que la de los hombres. Y tan solo se cobran un par de gallinas y media docena de botellas de ron.

     

     

     

     

     

     

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook