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JOSÉ PRIETO.EFE Una de las mayores riquezas de la República Democrática del Congo, los minerales, desde los más comunes a los más raros y estratégicos, se ha convertido en la principal fuente de sufrimiento para su población, en particular en el este del país, en las zonas limítrofes con Ruanda, Uganda y Burundi.
El citado informe señala que el dinero con el que algunas compañías europeas y asiáticas adquieren minerales de la República Democrática del Congo (RDC) sirve para financiar un conflicto que dura ya casi veinte años.
En esta ocasión, un congoleño, nacido a orillas del lago Kivu, Donato Lywando, descubre esta realidad que tan bien conoce y por largos y casi intransitables caminos los espectadores van con él a las minas donde se extraen minerales tan codiciados por los mercados internacionales, como la casiterita, el coltán y el oro.
En torno a estas explotaciones, se han tejido largas y complicadas cadenas que van desde las entrañas de la mina a los compradores extranjeros.
En ellas, participan la población local, cuyo trabajo apenas le da para sobrevivir, innumerables intermediarios, varios grupos armados y el propio ejército congoleño y cuanto más lejos del tajo, mayor es el beneficio y mayor el pillaje.
La explotación minera mantiene y alienta a grupos armados, como el Frente Democrático de Liberación de Ruanda, que encuadra a los Interhamwe, hutus que participaron en el genocidio en Ruanda en 1994, los Mai Mai o las milicias del Laurent Nkunda, apoyado hasta su detención por Ruanda.
Paradójicamente, los ricos recursos mineros hasta ahora sólo han generado pobreza y enormes sufrimientos a la población congoleña, la mayoría de la cual sobrevive con menos de un dólar diario y su esperanza de vida es de apenas 43 años.
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