Olvido y memoria

Montparnasse y Godard

30.08.2015 | 16:56
Montparnasse y Godard

Me he visto con relativa frecuencia, no toda la que hubiese querido, buscando afanosamente las huellas de Modiglianni, de Picasso, de Godard, por las calles del barrio parisino de Montparnasse. Entrando en una de aquellas películas enamoradas. Como hacía el realizador francés, filmando gente que vive y que les gusta vivir, como hacían los clásicos del barroco español, que no hicieron otra cosa que hablar de la muerte. No sólo la muerte física, que está presente en casi todos los filmes desde A bout de soufflé hasta Pierrot le fou, sino otra forma de muerte familiar, la muerte de todos los días, la mort au travail. Si el cine es el arte del presente y cada fotograma no es más que un documento sobre los actores y actrices que la cámara filma, toda la película no será más que un documental sobre las personas que están envejeciendo y que morirán. Para los personajes de Godart cesar de vivir es también cesar de morir. La tarea del cineasta es la de recoger estas apariencias de vida y convertirlas en espectáculo, poner en evidencia la vanidad de la vida humana.

Desde sus primeros cortometrajes, la regla de oro de Godard ha sido el respeto a la realidad; filmar en escenarios naturales, rodar con sonido directo siempre que ello fue posible. Esto le permitió filmar cualquier cosa de cualquier manera, puesto que «poco importa como esté filmado, si es verdadero» ¡Qué cercanas están todas las artes! Desnudez casi ascética de cine de Rossellini, a la que Godard llegó a través de un cine que tenía el cine como única referencia. Es el triunfo de la vida sobre el arte lo que paradójicamente devuelve al cine su privilegiada situación.
Pero quizá todo esto no signifique nada, quizá la única actitud posible antes las películas de Godard sea la de Louis Aragón cuando dice que no hay que dejarse engañar por los tics del realizador, que no hace falta decir que el cineasta cita esto o aquello, sino simplemente contemplar la belleza de todos sus planos, la belleza casi sobrehumana de Pierrot le fou. Quizá la única crítica posible de Godard sería decir que la película es el más bello film del mundo.

Montparnasse me enseñó a mirar. Mirar las cosas; el cine mirar el mar, mirar las personas, mirar las miradas de las personas. La historia de Montparnass-Levallois, que había contado Belmondo en Una femme est una femme, define el método Godard: Yo tenía un suceso, lo he descrito, he pedido a unas personas que lo representaran, que lo revivieran, como mejor les pareciera. Revivo, reactivo mi memoria de mis pasos sin huella por París, al que he de volver indefectiblemente, por mi salud cerebral.

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