Óbito

El hermano marrajo cuya vida giró alrededor de la Virgen de la Piedad y su Nazareno

Francisco Rojas Guerrero

19.08.2015 | 04:00
Francisco Rojas Guerrero en la iglesia.

Dicen que las palabras no son palabras si no se escriben desde el corazón y el sentimiento. Dicen que los versos no son versos si no atrapan al espíritu de quién lo escucha. Sin embargo más arduo y difícil es escribir y hablar al amigo que ya no está. Al esposo, padre, abuelo y hermano cofrade que nos ha dejado en un perdido día de este caluroso mes de agosto.

Pese a ello, pese a la emoción que te embarga, encuentras un camino para poder hablar al mundo, el mismo que te vislumbra un atisbo de sonrisa llorada desde la tristeza y que te hace seguir la senda que nuestro añorado Paco Rojas dejó en vida y que a buen seguro nos guía con su recuerdo.

Difícil es exhortar toda la vida de una persona pura en su belleza de espíritu. Cada uno de nosotros lo hemos conocido en algunas de sus múltiples facetas de su existencia y cada uno de nosotros podríamos hablar incansablemente de él en esa parte del sendero de Paco que nos tocó la suerte de vivir a su lado.

Podríamos hablar -por qué no- de añejos recuerdos de quien fuera una niña, la cual camino de casa de sus abuelos pasaba por el Arco de la Caridad, emblemático rincón donde raro era el día en que su estanquero no regalara algún caramelo a esos niños que asomaban a saludar por su puerta.

Podríamos hablar del hermano marrajo cuya vida cofrade giró entre otros alrededor de su Virgen de la Piedad y su Nazareno. ¡Hay tantas cosas aquí de las que hablar!

Y cómo no, podríamos hablar del hermano que una vez dirigió su mirada a los Treinta y Tres Corazones del Socorro para fundirse en ellos y nunca, nunca dejarlos.

Es aquí donde por unos momentos volvemos en el tiempo a nuestra querida parroquia castrense de Santo Domingo y a una pequeña capilla exponente de devoción al Stmo. Cristo Moreno y la Madre del Consuelo. El mismo lugar donde nunca faltaron los cuidados de Paco para que siempre luciera la flor y la dignidad que merece ese sagrado lugar de los cartageneros. Y junto a ese legado el recuerdo imborrable de su más bella huella en el diseño y decoración de aquellos altares que confeccionaba en los actos litúrgicos más emblemáticos de su querida Hermandad: la Ilustre Cofradía del Santísimo y Real Cristo del Socorro. La misma donde cada año previo a su ´vía crucis´ lo encontrabas sentado junto al trono del Titular -allí en la calle Concepción- observando detenidamente su puesta en flor.

Podríamos hablar muchísimas, muchísimas cosas y no nos cansaríamos, pero tal vez no sea ahora el momento. Sí en otro contexto y sí en la compañía de todos los que lo conocimos, recordando lo orgullosos que nos sentimos de tenerlo a su lado.

Por todo ello tan solo nos queda dar una despedida que en realidad no es así, ya que cada uno de nosotros –no nos quepa duda- tal día como hoy nos llevamos de Santa María de Gracia parte de su esencia que ahora ocupa un rincón de nuestro interior.

Descansa en Paz, amigo.

Descansa en Paz, Paco.

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