LA VENTANA INDISCRETA

La suerte

 
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NIEVES B. JIMÉNEZ

No lo puedo evitar, me van a tener que dejar que lo comente. Este verano nos van a amenizar las siestas con Las estúpidas no van al cielo. Por si no teníamos bastante con Sin tetas no hay paraíso, una serie con unos guiones tan planos como las tetas que dan nombre a la serie. Ya veo que lo de los titulillos ocurrentes se está poniendo de moda. La intención de titular a lo absurdo está clara, es una estrategia de marketing ante la patochada que se avecina. Así se ahorran la promoción, que vale un pastón. Lo peor es que sea en la siesta.
Ahora me voy a poner en plan vejete cuenta-batallitas. Mis tardes estaban claras en pleno agosto. Caía redonda al sofá y por la comisura del labio iba cayendo un hilillo de babilla fruto del evidente trance en el que me encontraba. Sólo, de vez en cuando, abría un ojo cuando me sobresaltaba el disparo del malo en ese ciclo de vaqueros que les dio por poner en la Primera. Luego vino el Tomate y lo que te sobresaltaba eran esos avances tenebrosos con intriga. Confieso que lo prefería a los gimoteos venezolanos que hay ahora. Yo por lo menos confieso que me quedo torrá; los peores son aquellos que aseguran que duermen un poco y se despiertan para cuando quedan diez kilómetros del Tour. Unos hachas, sí. Y se hacen los cronistas como si estuvieran subiendo ellos el Tourmalet. No les creo. De dónde va a estar un tío después del torre de la mañana al sol, las cervezas del aperitivo, el caldero que se mete entre pecho y espalda, remojado con un tinto de verano. Amos, anda. Pero si a esas horas estás más para allá que para acá.
Yo, si hay que hacerse millonaria con el deporte me inclino más por echar la quiniela. Esta semana me voy a hacer millonaria. La he echado con una compañera del trabajo. Creo que nos va a tocar porque hemos comprobado que no tenemos ni idea. Vi claro que íbamos a llevarnos toda la recaudación de la jornada cuando mi compi hacía reflexiones tan justificadas como "al Cádiz le ponemos que pierde, porque han pasado el carnaval y están muy cansados". Claro, como nadie antes va a pensar en eso... Y gracias a que preguntamos a otros compañeros y nos enteramos de lo que costaba una apuesta: "Un euro". "Dos apuestas, dos euros", y para rematar el cachondeo, "tres apuestas, tres euros". Aaaaaah! Vale. Luego, hemos ido a sellarla y hemos utilizado esos bolis que siguen agarrados con una cadenita. Todavía existen. En la casa de apuestas tienen imágenes de San Pancracio, pero yo pondría una de Gasol y adoraría en él diariamente. Luego, la ilusión se me ha venido un poco abajo cuando una señora peruana me ha pedido ayuda para rellenar el boleto y no sabía ni que se refería a clubes de fútbol. La señora ponía las cruces en una casilla sí y en tres no. Me ha pedido incluso que le diga dónde poner las crucecitas, y lo peor es que se lo he dicho. Realmente frustrante, seguro que esta mujer es la millonaria de la semana y en estos momentos está sacando billete para las islas Caimán.
Un día me contó un amigo que él ponía siempre que ganaba el Barcelona -cuando era acérrimo del Madrid-. Pero tenía su razón: si perdía, se alegraba, pero si ganaba la alegría era mucho mayor por lo que le caía en el bolsillo. Pamies, en El País, escribía, muy alentador el hombre, que las probabilidades de ganar son casi nulas. Aparte de que ya de por sí ni de coña te toca, siempre hay alguna empresa que se asegura beneficios en base a programas informáticos; después, de manera casual, oyes que le ha tocado a alguien y de repente te enteras que ha tocado un premio 'de millonada considerable' en Torreagüera. Pero yo sigo erre que erre: me va a tocar una de catorce, pero esto lo decimos mi compañera de trabajo y yo con la boca pequeña, no nos vaya a pasar como a ese que, mientras sonaba una canción de Perales que decía que quería que le tocara una de catorce -pero la quiniela- un amigo de Elvira Lindo -que fue quien contó la anécdota- decía con sorna: "Sí, sí, yo también quiero que me toque una de catorce", por lo que quedó crucificado para los restos. En fin, confiemos en nuestra suerte o, mejor, sigamos la premisa 'felices los que nada esperan, porque nunca serán defraudados'.

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