VERDERÍAS

De los buenos deseos

 
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De los buenos deseos
De los buenos deseos 

HERMINIO PICAZO

La Navidad debe tener algo de remedio paliativo para los sinsabores del mundo durante el año. Un bálsamo de buenos deseos. Una colecta de las mejores intenciones. Un fluir entre unos y otros de sensaciones en positivo. Un manantial de buen rollo que se siente y se transmite, que se comunica y hasta se vende.
Quizás sea la Navidad un producto de tanto y tan universal éxito porque tengamos la necesidad de ser felices y desear a los otros la misma felicidad que a uno mismo se desea. Perfecto si de a diario la felicidad se pelea y se persigue con la misma intensidad que en esta época; neutro y sin trascendencia si los deseos de felicidad se tramiten con la boca pequeña y el impulso estándar del convencionalismo; y falsa, aunque obligada, si la felicitación surge hacia donde te indica la explotación de una simple base de datos que incluya destinatarios desconocidos y enemigos declarados.
Lo que es cierto es que tenemos la necesidad de expresar nuestros mejores deseos y que la Navidad nos propone el escenario en el que, por ser un acto colectivo, nuestra felicitación no resultará ni cursi ni extemporánea. Probablemente sea porque -más allá del propio bienestar, siempre posible, de tu entorno más cotidiano- se trata de contrarrestar un escenario de conjunto que sabemos bien alejado del ideal de felicidad que quisiéramos más extenso. Contrarrestamos el contexto que nos ofrece escuchar, leer o ver los informativos. Contrarrestamos el conocimiento de las tragedias -grandes o pequeñas, trascendentes o cotidianas- en las que casi nunca nos vemos involucrados. Contrarrestamos las pequeñas miserias o los grandes dramas de los que somos testigos. Contrarrestamos, en fin, los malos rollos, a base de reforzar nuestra íntima ambición de que las cosas sean buenas, y lo sean para todos.
Tampoco es inocente el momento del año que, con el apoyo de las lecturas religiosas, se ha venido a constituir como la época en la que desplegar este feliz hermanamiento. La humanidad es adaptativa, manejando hacia su bienestar las oportunidades o las adversidades que le proponga la naturaleza. Y por eso la Navidad viene a llenar una época del año en la que es preciso buscar un motivo de alegría en tanto el mundo se hace frío y los paisajes yermos. Imaginen la Edad Media, pongamos en el centro de Europa, mucho antes de las comodidades que el dominio de la energía, la calefacción y la electricidad, proporcionaron al mundo desarrollado. Imaginen la oscuridad invernal mientras el sol apenas se levanta en el horizonte, imaginen el frío, las ropas húmedas, los pies helados, los bosques silenciosos, los caminos intransitables y la nieve embelleciendo la vista sólo a quienes tengan un lugar con leña en donde acogerse. Imaginen las familias en las aldeas pobres, imaginen la larga noche desde que en invierno cae tan pronto el sol hasta la mañana siguiente, que amanecerá igualmente fría y probablemente lluviosa. Imaginen todo eso y entiendan, por tanto, cómo ha sido preciso referenciar una tradición de invierno que tenga en la alegría su justificación y su base.
Continuamos ahora las tradiciones tan lejanamente adquiridas. Y está bien, ofrece positividad y justifica lo que en sí mismo es conveniente. Los deseos, los buenos y los malos, anidan en nuestro cerebro, y la felicidad tiene la misma casa.
En tanto liberemos los buenos deseos de ese confinamiento físico y los dejemos pasear por el exterior, seremos mejor gente.

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