17 de mayo de 2018
17.05.2018
El Mirador

Con mis respetos

17.05.2018 | 04:00
Con mis respetos

En la pasada y última Semana Santa, me vi, de nuevo, una película, Resurrección, americana ella, y que ya había visto hacía como un par de años. Muy bien realizada y perfectamente adaptada a la doctrina neotestamentaria del Canon, que defiende la Iglesia. Sin embargo, en esta ocasión, capté lo que la otra vez ni me di cuenta, quizá por ser el final de la 'peli' y pillarme cansado o somnoliento. Y es que los últimos tres o cuatro minutos, dedicados a la Ascensión a los cielos, se salta el magisterio, y lo hace de una manera vaga, sin definir, de forma inconcreta, para que cada cual lo interprete como crea, o como quiera creer. En vez de una subida y transfiguración formal y apoteósica, en compañía de Moisés y Elías y ante los asombrados ojos de unos mínimos elegidos, se produce ante todos sus seguidores, sin la augusta representación del Antiguo Testamento, y con un simple flash que produce un ligero vientecillo por su onda expansiva, se supone? Y punto pelota. Si subió al cielo, se volatilizó, o pilló las de Villadiego, allá cada quisque?

Para mí no tiene ninguna importancia. Es tan solo un adorno insustancial. Como la propia resurrección. De hecho, si prescindimos del dogma y nos atenemos a los estrictos hechos históricos de los que Flavio Josefo, historiador judeorromano y contemporáneo de Jesús, da cumplida cuenta de la existencia del genial galileo, nos encontramos con tres posibilidades: 1).- Que muriese, y su cuerpo fuese retirado subrepticiamente por sus seguidores para dar cumplido fin a una promesa de resurrección, más impostada a posteriori en los Evangelios canónigos que establecida por el propio Cristo. 2).- Que, efectivamente, resucitara tal y como nos lo cuentan. 3).- Que en realidad, no llegara a morir, que fuera posteriormente reanimado y dado por resucitado, pero que siguiera viviendo por aquí?

Esta tercera posibilidad –y recalco lo de posibilidad– parece la más disparatada de todas, la más blasfema según la interesada Iglesia, si bien es la que más elementos extraordinarios (fuera de lo normal y de lo acostumbrado) aporta al relato. De los tres condenados, fue el que menor tiempo de agonía sufrió, apenas unas pocas horas, mientras la crucifixión suele procurar días agónicos, dado que mata por asfixia. Fue al único que se le suministró un bebedizo en una esponja sujeta a un palo. El único al que no partieron las piernas para acelerar tal agonía por asfixia. El único que recibió un lanzada en el costado que, según la ciencia médica, no significa prueba de muerte alguna, sin otros parámetros que verificar? El único al que se descolgó apresuradamente para entregar su cuerpo a un José de Arimatea, próximo a la autoridad civil romana y religiosa del Sanedrín, que lo trasladó a su discreta sepultura privada en vez de lanzar su cuerpo al enterramiento común establecido de la Gehenna.

En los rituales egipcios de la iniciación sacerdotal, como en otros de la antigüedad, se empleaba una droga que mantenía al neófito tres días en una suspensión latente de las constantes vitales básicas, o falsa muerte, y muy utilizado en las escuelas mistéricas. No olvidemos que Jesús pasó toda su juventud en Egipto, y que en la antigua escuela alejandrina constaba la asistencia de un tal Joshua Ben Joseph. Pura coincidencia, o quizá no. Es el mismo 'truco' que empleó el personaje frailuno de Shakespeare para dormir en una aparente muerte a Julieta, por ejemplo. Igual habremos de tener en cuenta la olvidada obra de Andreäs Fáber Kaiser, en que se documenta la existencia en la India de un personaje idéntico a nuestro Jesús, con un mensaje calcado al suyo, con un estilo de vida idéntico, y donde, en Cachemira, dejó una aún conservada tumba del tal Joshua Ben Jouseph, todavía venerada como perteneciente a un santo varón, y cuya fotografía del túmulo funerario acompaña su investigación?

Especulaciones, se me dirá? Puede ser. Pero no es menos especulativo que la posibilidad avalada, defendida y exigida por el Dogma. Ni un punto más. Lo que pasa es que una Iglesia basada en la resurrección de su figura central, Jesucristo, si le falla tal premisa, se viene abajo por efecto de su propia causa. Y eso no lo puede permitir. Y menos una Iglesia que introdujo dos personajes viejotestamentarios en su punto culminante (la Ascensión) en un esfuerzo por asociar y avalar la antigua escritura a la nueva. Como un cosido. Casi que justificando el sistema sacerdotal judío transpolado a un cristianismo reconvertido en catolicismo. Mas, aunque así fuera, mi fe personal en la figura del divino nazareno no se tambalea ni un ápice.

Y es así, porque Él no vino a fundar Iglesia alguna, ni a justificar sacerdocio alguno, más bien todo lo contrario. Él vino a declarar un Dios personal, único e intransferible, al que solo podemos encontrar dentro de nosotros mismos, sin más intérpretes ni sacerdotes que nosotros mismos. Sin templos, sin mediadores, sin dogmas, sin ritos, sin estructura humana alguna. «Solo tú, y el Padre, que habita en ti», decía? Jesús estudió a los Profetas, asistió a las sinagogas y visitó el templo, sí, para, desde tal conocimiento decir que Él vino a destruir todo eso. «Tan solo entra dentro de ti, y busca al Padre que solo mora en ti». Lo más parecido, por cierto, a lo que posteriormente vino a recordarnos Gauthama, el Buda. Pero nosotros seguimos adorando a Yahvé, no a ese Dios. En nombre de Cristo, sí, pero con sus mismos antiguos sacerdotes de entonces, sus mismos templos, sus mismos ritos y sus mismos dogmas. Y su misma fe torcida. Aunque se justifiquen con su muerte o se oculten en su resurrección. Eso sí, dicho con todos mis respetos.

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