13 de mayo de 2018
13.05.2018
Un mundo feliz

Hasta luego, Luca

Si de un eugenésico bien formado dependiera, las parejas procreadoras se formarían entre personas separadas al menos por un continente, lo que devolvería a la especie una más que conveniente diversidad genética y nos haría prácticamente inmunes a muchas enfermedades

13.05.2018 | 04:00
Hasta luego, Luca

Desde tu primo el de Soria hasta la más modesta bacteria que se remoja pacíficamente en una apartada charca africana, todos, seres humanos blancos o negros, altos o bajos, animales complejos o unicelulares, todos descendemos de LUCA (también conocido como Last Universal Common Ancestor). Sé que eso le parecerá increíble a tanto defensor de la supremacía de unas razas, unas naciones o unas culturas sobre otras, pero, desgraciadamente para ellos, nuestro genoma casi idéntico en amplios tramos, delata el hilo conductor de una historia común (con mínimas excepciones) entre todo lo que ha estado o estará alguna vez vivo sobre la sufrida biosfera de este castigado planeta.

Hace poco saltó una sorprendente información. Un software de reconocimiento facial de una importante red social confundía las fotos de africanos con las de orangutanes. A mí no parece nada ofensivo (excepto para el que presuma de tener un software tan inexacto), sino más bien una demostración evidente de que los homínidos en general somos tan iguales que ni siquiera una inteligencia artificial tan espabilada como la de este software es cuestión es capaz de diferenciarnos.

Lo de los ancestros comunes nos lleva a deducciones cuando menos sorprendentes, y los estudios genéticos, que primero ayudaron a analizar espermas y descubrir criminales y ahora nos ayudan a trazar nuestra historia como especie y nuestros escarceos amatorios, nos llevan a descubrir cosas que hasta hace poco creíamos imposibles. Por ejemplo que hasta un 5% de nuestros genes proceden de los neardentales. Aunque eso debería haber sido evidente cuando contemplamos caretos como el de algún exalcalde de Cartagena firme candidato al Premio Nobel de la estupidez rampante, si tal categoría existiera.

Con el conocimiento de ese inapelable dato genético, ha sobrevenido curiosamente una oleada de revisiones aceleradas de lo que nuestros primos de frente y mentón prominente fueron capaces de hacer con sus manitas y sus abalorios. Parece profundamente sospechoso que esta revisión (y el renovado interés por los neardentales) venga precisamente cuando nos hemos enterado de que hubo intercambio sexual entre nuestros antepasados sapiens (o los sapiens sapiens, como nos gusta llamarnos en realidad) y los neardentales. Es como cuando una doncella noble se casa con un pretendiente rico de escasa alcurnia y resulta necesario ennoblecer sus antepasados para darles cierta pátina de nobleza sobrevenida que sirva para justificar el interesado enlace.

Otra conclusión interesante es que, en contra de la evidencia aparente de que cada uno tenemos dos padres, cuatro abuelos, dieciséis bisabuelos, y así sucesivamente hasta completar un número prácticamente infinitivo de teóricos ancestros, en realidad sabemos que el número de seres humanos antecesores es siempre inferior, hasta el punto de que se ha rastreado la única Eva primigenia a través de ADN mitocondrial, que se hereda con escasas mutaciones y gran trazabilidad por vía exclusivamente maternal. Lo que explica este acertijo es que realmente compartimos muchísimos antepasados comunes. Cuantas más generaciones nos remontemos hacia atrás, más ancestros compartiremos entre todos nosotros. En realidad todos somos primos. Otra muy mala noticia para los supremacistas de pacotilla.

Afortunadamente, con más de 7000 millones de seres humanos vivos, viajando y apareándose con gran entusiasmo y fruición, los problemas derivados de la descendencia entre parientes han disminuido de forma sustancial. Solo hay que remontarse a la Casa de los Harsburgo y al triste destino de Carlos II el Hechizado (hechizado pero no pasmado como su padre Felipe IV), último de su dinastía y plagado de enfermedades que emergían del feroz cruce entre primos y tíos en las escasas generaciones como casa gobernante que le precedieron, para entender lo que hemos ganado con tanta dilución genética.

Si de un eugenésico bien formado dependiera, las parejas procreadoras se formarían entre personas separadas al menos por un continente, lo que devolvería a la especie una más que conveniente diversidad genética y nos haría prácticamente inmunes a muchas enfermedades que emergen cuando dos alelos recesivos de un mismo gen perjudicial se unen en un mismo y desgraciado descendiente.

La vida surgió en nuestro planeta hace aproximadamente 4000 millones de años, al principio de su historia como entidad separada como quien dice. La verdad es que es imposible saber si surgió, como se supone, en las profundidades acuáticas aprovechando la energía del calor emitido por fallas volcánicas que escupían los ingredientes minerales y proporcionaban la energía necesaria, porque algún cometa depositó el principio germinal al estrellarse con la Tierra o, vete a tú a saber, porque algún extraterrestre gamberro decidió defecar en la charca primigenia aprovechando una parada técnica de su viaje interestelar.

Como sucede con todo descubrimiento de ciencia básica, que parece no tener ninguna utilidad práctica al principio, el descubrimiento de la doble hélice y lo que ha venido después de eso, con sus aplicaciones a la criminalística o a la historia de la civilización humana y sus migraciones, no deja de aportar sorprendentes novedades prácticas que parecen no tener fin. Por ejemplo, cada vez es más sencillo rescatar el ADN de un ser vivo a partir de muestras más pequeñas o, incluso, en peor estado. De momento, esta semana se ha sabido que unos científicos han creado pequeños organoides de cerebro a partir de ADN neardental. Quién sabe si algún día seremos capaces de reproducir algo más que un temible dinosaurio.

Porque más terrible que un enorme dinosaurio sería una reproducción resurgida de un espécimen de hembra neardental a la que podríamos empezar preguntando a bocajarro: ¿Y tú, estudias o trabajas?

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