15 de abril de 2018
15.04.2018
Un mundo feliz

Los espantajos de la modernidad

15.04.2018 | 04:00
Los espantajos de la modernidad

El Apocalipsis se desencadena con la liberación de los cuatro primeros sellos y la consiguiente liberación de unos jinetes que cabalgan sobre espectrales monturas. En el relato bíblico, estos inquietantes personajes representan los horrores que se abatirán sobre la Humanidad como preludio del Juicio Final.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis representan amenazas muy presentes en el mundo antiguo: las guerras, las catástrofes naturales, las hambrunas y unas epidemias devastadoras. No es que ahora vivamos en el mejor de los mundos posibles, pero disfrutamos sin duda de una de las eras más pacíficas, saludables y civilizadas en la historia de nuestra especie. Cualquiera que afirme lo contrario es porque se deja engañar por el espejismo de la violencia que se manifiesta continuamente en los medios de comunicación y tiene el juicio perturbado por una visión optimista del pasado que destaca solo lo positivo y minimiza lo negativo en el relato histórico.

No es que nos hayamos librado completamente de los peligros apocalípticos, pero estamos mejor preparados para combatirlos y, con una Humanidad que en un par de décadas estará compuesta por diez mil millones de individuos, ninguno de ellos supone una amenaza existencial capaz de acabar con toda la especie o una gran parte de ella.

Pero en la actualidad también convivimos con grandes fenómenos que algunas personas bienintencionadas y, sobre todo, muchos políticos sin escrúpulos han convertido en espantajos de la modernidad, capaces de asustar a las masas como los jinetes del Apocalipsis y hacerlas reaccionar en un sentido completamente erróneo, pero por otra parte muy beneficioso para sus objetivos de notoriedad, influencia y conquista del poder.

La agitación de estos espantajos ha llevado al poder o mantienen en él a populistas sin escrúpulos como Putin en Rusia, Trump en Estados Unidos, Rodrigo Duterte en Filipinas o Víctor Orbán en Hungría, y han tenido consecuencias tan lamentables como el Brexit. La inmigración, la globalización, la automatización o el consumo de drogas son fenómenos reales que afectan a la vida cotidiana y a las expectativas de millones de ciudadanos. Y especialmente a los miembros de las clases medias y bajas del mundo desarrollado que temen perder su bienestar a manos de unos extraños que invaden su país o que compiten como mano de obra barata en distantes territorios.

A los británicos asustados en plena crisis se les puso delante la opción de retirarse a su bastión isleño y eligieron lo que cualquiera con dos dedos de frente sabe que es la peor de las opciones. Pero la salida de Europa se les presentó como la solución a todos esos males de la modernidad, empezando por el falso temor a que millones de turcos musulmanes invadieran algún día las calles de Inglaterra después de un más que improbable ingreso de Turquía en la Unión Europea.

Ese mismo temor a la invasión musulmana es lo que ha permitido a un populista como Víctor Orbán consolidar su mayoría aplastante en las recientes elecciones de Hungría. La defensa de la cristiandad occidental frente a la amenaza islámica está en los genes de la población húngara, como consecuencia del papel que desempeñó este país en la contención de la expansión del Islam en su frente europeo oriental.

Aunque la salida británica de la UE tendrá consecuencias importantes para nosotros, el fenómeno más preocupante de esta oleada de populismo que cabalga sobre los espantajos de la modernidad es la presencia al timón del país más poderoso del mundo de un personaje como Donald Trump. Si al principio se le calificó como un payaso sin sustancia e inocuo, ahora muchos se echan las manos a la cabeza viendo como se ha rodeado de peligrosos personajes partidarios de enfrentar militarmente a los adversarios del país, como el recientemente nombrado John Bolton, belicista declarado y uno de los promotores intelectuales y defensores acérrimos de la invasión de Irak.

Un populismo con menos repercusión global pero moralmente repugnante es el representado por Duterte en Filipinas, un energúmeno que presume de haber matado traficantes de drogas con sus propias manos y que es responsable de varios miles de muertos a manos de una policía a la que se ha dado vía libre para asesinar a cualquier sospechoso de traficar con drogas. El mundo asiste impasible ante una situación lamentable que demuestra una vez más que las masas son fácilmente manipulables por estos desgraciados personajes.

Mientras tanto, asistimos al penoso espectáculo del deterioro democrático del que podría haber sido un gran país europeo como Rusia a manos de un antiguo espía del KGB como Putin, rodeado de una oligarquía mafiosa que no tiene escrúpulos en envenenar con agentes químicos a los que consideran sus enemigos y a su familia en plena calle en Inglaterra. Un sujeto repugnante que engaña a su gente a través de la televisión pública y que encarcela convenientemente a sus oponentes para que no puedan hacerle la más mínima sombra en unas elecciones que se celebran sin garantizar ni la más mínima audiencia a los argumentos del adversario. Un populista que protege bajo su mando militar y política a dictaduras como la siria o la iraní y que coopera con entusiasmo a profundizar en la deriva autoritaria del otrora gran enemigo: Turquía.

Con toda seguridad, estos populismos pasarán, gracias entre otras cosas a la vuelta al crecimiento económico que estamos constatando y a la imparable capacidad transformadora del progreso tecnológico y, mal que le pese a algunos demagogos, la mezcla de razas y culturas. Si conseguimos superar esta etapa sin consecuencias irreversibles, lo que parece bastante probable, estaremos en condiciones de recoger los enormes beneficios de un mundo globalizado, multicultural y automatizado, donde los clásicos jinetes del Apocalipsis y los actuales espantajos de la modernidad no dejarán de ser sino un curioso recuerdo de un pasado ampliamente superado.

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