Espacio abierto

La Cárcel Vieja y los procesos culturales participativos

La Cárcel Vieja es un buen lugar para construir ciudadanía cultural. Sería deseable que este espacio en la capital de la Región, al menos, no se dedicase íntegramente a más programaciones culturales impuestas

11.11.2017 | 04:00

La Cárcel Vieja es un gran proyecto para la ciudad de Murcia que debe ser aprovechado como un espacio para integrar a la ciudadanía en los procesos culturales. Si se hiciera un análisis de la planificación de las políticas culturales detectaríamos que faltan centros que dediquen algunos espacios (o al menos abran convocatorias) a proyectos culturales que generen procesos participativos, convoquen a la ciudadanía y la hagan participe de la creación de la cultura. Tenemos dos teatros en la capital, el Teatro Romea y el Teatro Circo, con interesantes programaciones esta temporada, varios museos y una red de centros culturales municipales, con un centro el Puertas de Castilla, dedicado a la innovación cultural que deberíamos cuidar (entre otros motivos porque no hay otro que cumpla este objetivo). Pero no hay centros culturales, ni museos que propicien la participación ciudadana. Por ello, un objetivo fundamental de la Cárcel Vieja debería ser entender la participación cultural no sólo en términos de consumo de bienes culturales sino, y sobre todo, como modos concretos de producción colectiva de la cultura en términos de ciudadanía...

Cuando se planifica cultura se cae muchas veces en el error de pensar sólo en procesos de creación (el artista) y de consumo (el público, las audiencias?) pero se olvida que el tercer vértice de este triángulo es la participación, porque la cultura educa, desarrolla capacidades, integra, socializa, cohesiona y genera ciudadanía. El hecho es que la cultura es una dimensión importante del desarrollo de las sociedades que debería considerarse un indicador activo (junto con el producto interior bruto, la renta per cápita, el empleo, la salud y la escolarización), para medir el bienestar social y la calidad de vida de las personas. Para ello, las prácticas culturales deberían no asimilarse a unas élites distinguidas por su buen gusto y practicar cierta desafección respecto al economicismo exacerbado que las industrias imponen a los bienes culturales.

No sólo es el afán economicista de las industrias culturales y creativas lo que estamos discutiendo. Se trata de poner sobre la mesa una construcción de la cultura implicada en el desarrollo humano y no puramente productivo de los países. El desarrollo humano tiene que ver con progreso de la vida y el bienestar. Con la posibilidad de vivir nuestra vida según nuestros planes, de vivir en sociedades que permitan y fomenten un plan de vida acorde con las capacidades de cada uno. Y a esto se llama bienestar. Las teóricas del desarrollo humano, Amartya Sen y Martha C. Nussbaum, inciden en la importancia del desarrollo de las capacidades de las personas, pues eso se traduce en mayores oportunidades para elegir y actuar. Sin duda, en el desarrollo de las capacidades de las personas, la cultura y la educación juegan un papel central.

Esta misión de la cultura como un pilar fundamental del desarrollo humano se recoge en La Agenda 21 de la Cultura. Se trata de un documento elaborado por el I Foro Universal de las Culturas, en septiembre de 2002, celebrada en Porto Alegre y que fue aprobada dos años después, en Barcelona, durante el IV Foro de Autoridades Locales para la Inclusión Social de Porto Alegre.

Hoy la Agenda 21 de la Cultura es el documento de referencia de las ciudades y de los gobiernos locales para la elaboración de políticas culturales. Desde él se recomienda implementar acciones participativas para el desarrollo cultural. Estas acciones participativas tiene como resultado más visible la generación de capital social, la reducción de la desviación y del conflicto social al potenciar la idea de comunidad. Pero es que la cultura es esencialmente eso, la producción de bienes simbólicos y materiales que configuran identidades y derechos y que acaban construyendo una comunidad, una sociedad o un grupo social que tiene unos rasgos distintivos propios. De lo que se trata, pues, es de crear comunidad a través de la participación activa en la vida cultural de la ciudad. Ya lo dijo Habermas, la dedicación y cooperación de la ciudadanía en lo público mejora notablemente la calidad de las democracias.

La Cárcel Vieja es un buen lugar para construir ciudadanía cultural. Sería deseable que este espacio en la ciudad, al menos, no se dedicase íntegramente a más programaciones culturales impuestas, aunque fuese la mejor programación de ópera del mundo, sino a procesos culturales colectivos. Se me ocurren algunos ejemplos, entre muchos de los se han llevado a cabo en centros culturales participativos en España como la Casa Invisible en Málaga, la Fábrica de Gas en Oviedo, el Centro Luzzy de Cartagena, Las Cigarreras en Alicante, Matadero Madrid, etc? que implican a su ciudadanía en proyectos para elaborar una memoria fílmica y fotográfica del barrio, de la cárcel o de la ciudad; convocatorias de voluntariado cultural para integrar a la ciudadanía en las tareas de creación y promoción de la cultura; residencias artísticas y literarias, convocatorias de participación directa en los contenidos de la programación, talleres para desarrollar habilidades con TIC enfocados a colectivos más vulnerables socialmente como mujeres sin trabajo remunerado, etc-

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