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Ni un pelo de tontos en la cancha del independentismo

"Imponer el sentimiento de patriotismo español a quienes llevan su propio relato desde pequeños de la identidad catalana es tan inútil como erróneo. No se trata de imponer el sentimiento sino de volver a la cultura del acuerdo común institucional"

13.10.2017 | 08:53
Ni un pelo de tontos en la cancha del independentismo

Érase una vez un club de tenis con múltiples canchas para el uso y disfrute de sus socios. Un grupo de ellos solía frecuentar una de las canchas mejor equipadas situada en un promontorio no muy elevado al norte del club. Su lejanía propició que los jugadores habituales forjaran ciertos lazos de amistad. De vez en cuando se echaban unas risas porque había un factor común entre ellos: lucían pobladas melenas. El azar así lo había querido y hasta les permitía reconocerse de lejos. No es que fuera algo muy importante pero poco a poco se convirtió en un signo de reconocimiento.

Pasaron los años y lo cierto y verdad es que se sentían cómodos entre sí. Para seguir con la broma, y no sin recelo de aquellos otros socios que también podían usar la cancha, pasaron a bautizarla como ´cancha de los melenudos´. A los calvos por allí no se les veía el pelo, tal como les gustaba bromear.

Un día, uno de los melenudos, en un intento de sofisticación jocosa, pensó que aquella conjunción no podía ser fruto del azar. Concluyó tras consultar libros de Historia que, debajo de aquel promontorio, debían descansar los restos de un palacio romano de César, emperador de Roma. Todo cuadraba. César significa cabelludo. Ya tenían una justificación histórica: los melenudos eran una estirpe que se remontaba a través de los tiempos atraídos por aquel promontorio.

Con el paso del tiempo, la conciencia de broma desapareció para dar lugar a la conciencia de una identidad que los melenudos procuraban alimentar de generación en generación. Poco a poco se fueron creando reglas implícitas de excepcionalidad en el club que cristalizaron en derechos preferenciales por aquella identidad especial, diferencial y supuestamente ancestral. La dirección del club había sido relativamente laxa en la aplicación de las normas para no ser tachada de estricta. Se acostumbraron a contemporizar mientras no constituyera un grave problema para la propia dirección. Pero claro, el resto de socios comenzaron a quejarse. Los calvos eran desplazados. Incluso algunos veían con sorpresa cómo se les obligaba a acatar la regla de ponerse una peluca para acceder al promontorio del club. La identidad se fue haciendo cada vez más fuerte. Y a la identidad le sucedió un reconocimiento de derechos especiales en virtud del hecho diferencial de ser melenudo. Eran privilegios por la pertenencia a aquella élite convocada desde los orígenes de los tiempos.

Y llegó un día en el que los melenudos ansiaron tener su propio club sin renunciar a su cancha. Para ello exigieron el derecho a expresar su particularidad y su capacidad de elegir libremente su espacio separado del club. El privilegio fue disfrazado de derecho natural, ancestral y fundamental. Así pues, realizaron una votación exclusiva de melenudos para decidir si la cancha ancestral se constituía en nuevo club.

La dirección, ante la evidente apropiación del espacio y la exclusión del resto de socios, decidió tomar cartas en el asunto. Pero ya era demasiado tarde. El conflicto estaba instalado en el club. Los melenudos protestaban exhibiendo sus pobladas melenas y exigiendo sus derechos mientras que los calvos, ante el agravio, pasaron por exhibir sus calvas en contraposición a las melenas. El club se polarizó; desaparecía del lenguaje el término socio, sólo se hablaba de calvos o de melenudos. Algunos socios todavía invocaban las normas del propio club, iguales para todos fueran melenudos o calvos, pero ya nadie escuchaba. Aquellos que antaño habían advertido a la dirección del problema que se avecinaba o bien habían acabado por darse de baja o bien habían sido expulsados. La racionalidad había perdido y lo único que quedaba eran los sentimientos de cada uno según tuvieran o no cabello.

A pesar de saber que se les iba a caer el pelo, celebraron una Declaración Unilateral de Independencia Capilar (DUIC) y el club acabó por cerrar ante el desastre de personas enfrentadas, que habían olvidado el orgullo de ser socios de un mismo club de tenis. Y ni fueron felices, ni comieron perdices. Y hasta aquí este bonito cuento.

El actual reto independentista es tan grotesco como la pretensión de los melenudos del cuento. Y aunque nos parezca reciente, el problema viene de lejos, gestado y macerado durante los últimos tres años. La raíz se encuentra en la búsqueda de la identidad diferencial a toda costa. Buscar la diferencia para justificar privilegios y disfrazarlos como derechos.

El mecanismo de manipulación social es lento, frío y calculador. Una vez anclada la posible identidad imponiendo el conveniente momento histórico, lo primero es erigir el tótem de la referencia mediante el cual los que son referentes forjan las señas de identidad y otorgan carnets de buenos melenudos, de buenos catalanes. Y esto conlleva detectar e incluso delatar a los ´desleales´.

El segundo paso consiste en crear comunidad, fer pinya. Entra en juego la dimensión de la pertenencia en la que se activan los mecanismos de aceptación y de control social. La discrepancia desaparece para buscar la conformidad de grupo. A mayor conformidad con las señas de identidad, mayor es el reconocimiento que los líderes brindan a la masa.

Pero enfrente, no son pocos los que ante el reto independentista caen en dos graves errores. El primero es el de atribución: «Esto les sucede por ser catalanes y nunca le podría pasar lo mismo a los murcianos», por ejemplo. Y quien dice catalanes y murcianos, dice calvos y melenudos, como si los murcianos y los calvos fuesen inmunes a estos influjos. Esto carece totalmente de sentido. Cualquiera de nosotros reaccionaría de forma similar si nos halláramos expuestos a las mismas condiciones sociales y al mismo martilleante relato. Lo peor es que esta crítica precisa remarcar la identidad diferencial, lo que en el fondo consiste en darle la razón a los independentistas.

El segundo error consiste en circunscribirlo todo a una lucha de sentimientos. Los que se sienten catalanes contra los que se sienten españoles. Emocionalizar la política y convertir la nación en un sentimiento (todavía no salgo de mi asombro ante aquella diarrea mental de Pedro Sánchez) ha sido el caldo de cultivo perfecto para que los independentistas se muevan como pez en el agua. Del debate de las ideas se ha pasado a la imposición de lo subjetivo. Y claro, la hemos liado parda porque cada cual tiene sus afectos y de ese punto ya nada ni nadie nos puede mover.

Imponer el sentimiento de patriotismo español a quienes llevan su propio relato desde pequeños de la identidad catalana es tan inútil como erróneo. No se trata de imponer el sentimiento sino de volver a la cultura del acuerdo común institucional. Si vamos al cuento, la cuestión no es el sentimiento de pertenencia al grupo (de los melenudos o de los calvos) sino la realidad de que todos somos socios del mismo club con los mismos derechos, libertades y obligaciones. Cada vez que se busca a modo de venganza o represalia boicotear productos catalanes o usar símbolos o cantos a modo de arma patriótica con la que bombardear los sentimientos patrióticos, los constitucionalistas nos pegamos un tiro al pie. Nada mejor para el nacionalista que se le refuerce esa identidad diferencial. Los vítores de «A por ellos» de hace unos días a la salida de un convoy de la Guardia Civil es la mejor noticia que pueden recibir los independentistas porque se reconoce como auténtica la diferencia entre pueblos, el ellos y el nosotros. Entramos en la dialéctica de calvos y melenudos; olvidamos el carnet de socios que nos confiere igualdad entre todos los españoles. Perdemos el patriotismo constitucional y caemos en su trampa: asumir como cierta y reforzar una identidad creada artificialmente.

Al margen del desarrollo concreto de los hechos en Cataluña estos días y a partir de ahora, más allá de lo grotesco del procés, más allá de la torpeza del Gobierno y de su connivencia durante treinta años para mantener el statu quo partitocrático; lo que está claro es que quienes urdieron apropiarse la cancha poniendo en jaque a todo el Estado, manipulando y usando a toda una generación de ciudadanos, no tienen ni un pelo de tontos. Ya veremos a quién se le acaba cayendo antes el pelo.

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