Lo que hay que oír

El fascista rojo

"La consigna de los totalitarios, de quienes detestan la libertad de ideas y la confrontación pacífica de las mismas"

13.10.2017 | 08:53
El fascista rojo

Fabricaré una etiqueta con que calificarlos y haré que todos nuestros enemigos caigan en el descrédito. He aquí la actual consigna de los totalitarios, es decir, de quienes detestan la libertad de ideas y la confrontación pacífica de las mismas. Les advienen todas las urticarias en cuanto surge un discrepante con la ideología oficial que ansían imponer y nada les gusta más que aplastarlo mediante su entierro con una fórmula sencilla, con una palabra. Por ejemplo, ´fascista´. Joan Manuel Serrat es un fascista. Isabel Coixet es una fascista. Juan Marsé es un fascista. Y ya está. Muerte civil. Enemigos de la patria. Hez y escoria social. Súbditos, no ciudadanos. Corre la voz. Pásalo. Los totalitarios suelen ser adanistas amén de analfabetos, si ambas cosas no significan lo mismo. El mundo comenzó con ellos. La Historia, que desconocen, se les da una higa. Construirán un mundo nuevo, un orden nuevo, un hombre nuevo. Borrón y cuenta nueva, memoria ninguna, el paraíso en la tierra. Sólo rescatan del pasado algunas palabras que hieren. Y cómo hiere ´fascista´ a quien construye su vida contra el fascismo. Ahí está el quid del asunto dictatorial: calumnia, que algo queda. Corre la voz. Pásalo. Tacha a este de la lista blanca, ponlo en la lista negra, no es afecto a lo nuestro, es un enemigo del pueblo: es un fascista, que te lo digo yo. Quienes nos dejamos a diario las pestañas en defender que las palabras signifiquen lo que significan estamos de enhoramala.

¿Recuerdan el franquismo? Los adanistas no, claro está. El adjetivo descalificativo de los franquistas era ´rojo´. Hasta el punto de que llegaron a sustantivarlo: un rojo. Durante el franquismo se le clavaba la etiqueta de ´rojo´ a todo aquel que no fuera afecto al régimen surgido del Glorioso Alzamiento Nacional, del Movimiento, de lo que nunca llamaron ellos Golpe de Estado de julio de 1936. Ya fueras anarquista, ya comunista, ya homosexual, ya demócrata, ya tibio, ya socialista, ya ateo, ya agnóstico, ya liberal€ eras un rojo, generalmente un rojo con coletilla, es decir, un rojo de mierda. Los dictadores, los totalitarios no son sutiles: al bulto, conmigo o contra mí. Y a sufrir el apestado el sambenito correspondiente: al ostracismo, al silencio, a las represalias, a la calle, a la cárcel, al paredón. Serrat, Coixet, Marsé y compañía: menudos rojazos. Hoy ha mudado el adjetivo descalificativo: hoy son fascistas. Para los adanistas totalitarios, ´fascista´ es todo aquel que no sea afecto a las ideas de su adanismo totalitario. No son solo calumniadores: son muy ignorantes. Para que un fascista sea un fascista ha de ser (1) excesivamente autoritario, (2) antidemocrático, (3) exaltado nacionalista, (y 4) partidario de la intervención del Estado en la solución de los conflictos de orden laboral, mediante la creación de corporaciones profesionales que agrupen a trabajadores y empresarios. Eso es lo que significa fascista para cualquiera que hable español. Y no tengo para mí que las canciones de Serrat, las películas de Coixet, las novelas de Marsé, su actitud cívica y la de quienes se ven metidos en el mismo saco puedan ser consideradas fascistas salvo por ciertos humanoides aquejados de severos trastornos de comprensión cuando no de demencia.

Pero fíjense ustedes bien: no se les tilda a ninguno de ellos de bajuno, bellaco, bribón, canalla, desleal, despreciable, falso, hipócrita, jayán, judas, mezquino, miserable, pérfido, perverso, rastrero, rufián, ruin, sinvergüenza, taimado, traidor, vendido, vil, villano€ que en español hay material a paladas para insultar. Nada de eso: los autoritarios dictatoriales no se andan con sutilezas, con distingos, con precisiones idiomáticas. Se les tilda de fascistas: una sola palabra, un eslogan, una etiqueta para la muerte civil, una marca fácil de aprender y propagar. Una palabra que lo resuelve todo: «¿Fulano? Fulano es un fascista», y ya está, punto pelota. Por todo lo cual, me atrevo a preguntar: ¿a qué regímenes recuerdan quienes repiten una mentira para que acabe convirtiéndose en verdad? Pues sí, a esos que ustedes están pensando: precisamente a esos.

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