Al cabo de la calle

Nos hacemos mayores

"El lenguaje y los andamios mentales nos separen de tal manera que abren una grieta tan profunda entre generaciones que, pese a todo, están más cerca de lo que parece"

07.10.2017 | 04:00
Nos hacemos mayores

"Lo peor que llevo es cuando participo en una misa y miro desde los primeros bancos hacia atrás y solo veo abuelas con sus nietos más pequeños. O asisto a una asamblea en la casa del pueblo de mi agrupación y descubro que soy el más joven de la reunión"

No sé si les habrá pasado a ustedes, pero el día en que un amigo de mis hijos me habló de usted recibí un zas en toda la boca. Guardo esa imagen como la del instante en que me sentí mayor, circunstancia clave en la que descubrí que había pasado a formar parte de otra generación distinta a la del momento presente o al menos en la que deambulaba sin muchos problemas. Hasta entonces miraba hacia delante sin importarme mucho a mis compañeros de viaje. Nadie me había tratado de usted, excepto alguna teleoperadora de esas que te invitan amablemente a cambiar de compañía telefónica o algún recepcionista de hotel. Vamos, que no le había dado importancia alguna hasta que descubrí que para otros era una persona mayor.

La presbicia, los michelines que cuesta esconder o esa rodilla que se resiente tras la ruta senderista del fin de semana o en las primeras etapas del Camino Primitivo a Santiago, son otros instantes en los que percibes que algo ha pasado en tu existencia. Que ya no lo puedes todo. Que tienes que detenerte, respirar, reponer fuerzas y tirar de nuevo hacia delante. Que prefieres un buen vino a una caña de cerveza, quedarte en casa un sábado por la noche o fijarte más en un todoterreno que en un deportivo negro o rojo.

Pero aun siendo rasgos que tienes en cuenta para sentir que estás entrando en otra etapa, lo peor que llevo es cuando participo en una misa y miro desde los primeros bancos hacia atrás y solo veo abuelas con sus nietos más pequeños. O asisto a una asamblea en la casa del pueblo de mi agrupación y descubro que soy el más joven de la reunión. O presento un curso de formación en mi trabajo y veo a un alumnado que más parece que asiste al aula de mayores de la universidad y que a una acción formativa para promocionarse en su puesto de trabajo.

Debe ser ley de vida no llevar bien esas circunstancias, o cuando menos puedo aceptar y entender que es lo que toca. A lo que me cuesta resistirme es que no se pueda corregir esa brecha generacional a la hora de compartir espacios, anhelos, luchas y objetivos de cambio. Que una gran parte de los jóvenes queden fuera de esas organizaciones porque ellas no han sido capaces (o nosotros no hayamos sido capaces) de conectar con los relatos movilizadores, emocionalmente sentidos y vividos con espíritu de rebeldía e ilusión. Que el lenguaje y los andamios mentales nos separen de tal manera que abran una grieta tan profunda entre generaciones que, pese a todo, están más cerca de lo que parece.

Experiencias vividas hace poco tiempo con el 15-M o más recientemente las movilizaciones independentistas han ofrecido imágenes de miles de jóvenes expresando su indignación, en el primero delos casos, o reclamando muy bien no se sabe qué, en el segundo, pero que destilaban fervor y pasión de alcanzar metas que racional y objetivamente son difíciles de explicar. Una nueva generación mira siempre a sus mayores desde un plano elevado que trata de marcar distancias, pero de lo que no me cabe duda es de que cada una de ellas puede ir por su lado, pero siempre hay unos lugares comunes para el encuentro que no hay que rechazar. Es más, creo que hay que estar abierto para poderlos encontrar. De manera urgente.

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