Dulce jueves

Irse de casa

15.09.2017 | 23:35
Irse de casa

Nada hacía pensar que me iba a sentir tan raro, sin embargo€ ahora me gustaría invocar a todos los poetas, las madres y los niños para aprender de ellos, para saber qué sentir. Queremos creer que las cosas ya no son como antes, que el mundo se ha hecho pequeño, que los lazos se aflojan, pero no es cierto. Las distancias son exactamente las mismas. El silencio de la casa es el mismo. Lo único que ha cambiado es que antes éramos nosotros quienes nos íbamos y ahora nosotros somos los que se quedan. Y nunca habíamos visto este silencio, ni la quietud repentina de las cosas, tan perfecta y extraña como la del agua cuando acaba de pasar un barco y se ha disipado su estela.

Mi hija mayor ha cogido un avión y se ha ido. En el control del aeropuerto me hubiera gustado pronunciar alguna frase memorable, del tipo padre a hija, pero no se me ha ocurrido nada. Solo le he preguntado si de verdad creía que iba a necesitar nueve pares de zapatos€ Era de madrugada, todavía no había amanecido y una bruma desdibujaba la silueta de los coches, lo que aumentaba la apariencia de desamparo que iban adquiriendo las cosas. Después hemos vuelto a casa, nos hemos metido en la cama y hemos seguido durmiendo, ya al borde de un día como otro cualquiera, como si no hubiera ocurrido nada.

Irse de casa. Hacía tanto tiempo que no ocurría algo igual que lo habíamos suprimido de nuestros planes inmediatos.

Y de repente es como si todo el futuro se te echara encima de golpe y el pasado se hiciera añicos, aunque enseguida vuelven a juntarse los pedazos, solo que esta vez todos mezclados, pues ya no hay ayer ni hace años ni hoy. Entonces cojo la bicicleta y me lanzo a la calle, primero en busca de un kiosco para comprar el periódico, después para ir donde ella me lleve, detrás de tantas locuras y felicidad. Y donde me lleva, sin que yo haga nada, es al Jardín de la Pólvora, donde me siento a mirar los días invisibles que están allí flotando sobre el lago, en la orilla con los patos, bajo las ramas, columpiándose.

Una paloma aparece por detrás del banco. Está sola y tiene una pata doblada, pero puede caminar igualmente. A los hijos hay que dejarlos volar. El periódico dice que la Filmoteca ha programado un ciclo dedicado a Jeanne Moreau y pondrán Jules et Jim´. A esa tenemos que ir con ella, que no se me olvide.

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