El estilete fluente

El hombre que caminaba

17.07.2017 | 04:00

Está de moda Thoreau, y era de prever desde medio siglo atrás. El movimiento hippy lo rescató y convirtió en uno de sus principales modelos y santones venerados. Los tiempos actuales quieren parecerse a aquel hombre peculiar en todo, seguir su senda, y que vivió en una sociedad, la norteamericana de mediados del siglo XIX, mucho más amplia de miras espirituales que la actual.

La reciente traducción al castellano de la gran biografía de un hombre insólito, cercano y misteriosos a un tiempo para los que llegaron a conocerle, y cuya enigmática personalidad persiste al día de hoy, nos expone un mensaje claro, su paradigmático ejemplo e ideas respecto a la naturaleza en la que vivimos, de la que somos parte.

Henry David Thoreau (1817–1862) tuvo una vida plena y no muy prolongada; supo elegir la libertad y el gozo de aprovechar ocasiones de felicidad y contento que la vida ofrece con gratuita abundancia. El libro de Robert Richardson, Thoreau, subtitulado Biografía de un pensador salvaje (Henry David Thoreau. A Life of the Mind, en el original), publicado este año por una de las editoriales más dinámicas de la actualidad, la madrileña Errata Naturae (en su colección llamada, precisamente, Libros Salvajes), viene a completar diversas apariciones, en pocos años, de otras obras del escritor y pensador de Concord, del que otros autores hablan en sus escritos, aprecian, alaban. Por ejemplo, el sociólogo y antropólogo francés David Le Breton con su precioso libro Elogio del caminar (Ëloge de la marche), aparecido en castellano hace algún tiempo, en la Biblioteca de Ensayo de la Editorial Siruela. Thoreau es una de las referencias de rigor en el libro de Le Breton, sobre todo en lo referente de las páginas de sus diarios y antologías de pensamientos (Pre-Textos, Olañeta, Árdora Ediciones?).

«Fui al bosque deliberadamente», dice en Walden, donde Thoreau relata su experiencia en las montañas, bosques, ríos y lagos. Con el estilo de vida que Thoreau eligió, comenzó el 'cultivo de sí mismo' y dio paso a la desobediencia civil. Con naturalidad, Thoreau hizo resistencia a todo aquello que la sociedad de su tiempo determinaba como correcto, casi sagrada costumbre; y con respecto a la naturaleza de la que el hombre abusaba, disponiendo de cuanto gustaba de ella, y sin reparar siquiera en las consecuencias del abuso.

Henry David Thoreau era contemporáneo de Walt Whitman, el poeta ciclópeo, y del sabio Emerson, que supo dar forma de puente tendido al paso de la armonía entre Oriente y Occidente. ¡Qué hermosa era América del Norte en la época del Trascendentalismo! Triunfaba el espíritu sobre lo material, e incluso sobre lo orgánico. Lo orgánico y lo espiritual estaban equilibradamente presentes en la visión protoecológica de Thoreau. Parecía que la época oscura quedaba mucho atrás? Luego, inevitablemente, apareció Nat Tuner (a quien por fin se le reivindica) y el testimonio de Frederick Douglass: Narrativa of the Life of Frederick Douglass, a American Slave, Writen by Himself, 1845 ( Narración de la vida de Frederick Douglass, un esclavo americano, escrita por sí mismo, 1845).

América del Norte era todo aquello a la vez: antiesclavismo, y represión cruel sancionada por razones bíblicas (no evangélicas); sabiduría trascendental y cantos al cuerpo ( I Sing the Body Electric?) del bardo de los bardos, Walt Whitman; del maravilloso enigma de la reclusa Emily Dickinson. Fue la América del Norte de aquel hombre de Concord, pequeño de estatura, pero cuya figura se fue agrandando con los siglos, estos dos siglos transcurridos desde su nacimiento. Si queremos saber de él, y de nosotros mismos, esta biografía suya nos guía hacia un nuevo conocimiento humano y espiritual.

Thoreau tenía una concepción o visión apolínea de nuestra condición humana y lugar en la naturaleza. Con bella expresión, en El origen de la tragedia, el joven Nietzsche dice: «La bella apolínea necesitaba de la creación paulatina de la jerarquía olímpica del placer a partir de la jerarquía titánica original del terror, al igual que vemos las rosas quebrarse de un matorral de espinos».

Este verano nos encontramos, gratamente en el camino, junto al mar, el campo, los ríos, los bosques, la montaña, con Henry David Thoreau.

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