El año de la cabra

Hablamos español

En las regiones sin problemas lingüísticos no imaginamos lo que es sufrir el rechazo social por simplemente demandar la enseñanza en la lengua materna

14.07.2017 | 08:17
Hablamos español

No hay un más claro síntoma de la disolución del Estado que la situación de menosprecio e indefensión a que se ven sometidos los hispanohablantes en muchas regiones de España. Hasta el punto de que acaba de nacer una plataforma que, con el título de «Hablamos español» se ha presentado hace unos días formada por asociaciones cívicas de diferentes comunidades. La cual no se refiere con su lema a la reciente y cateta marea de anglicismos que se ha colado en la lengua española de la mano de nuestro complejo de inferioridad, sino a la reivindicación del derecho a usar la lengua oficial de España en todo (y toda) el territorio nacional. Y esto no es ninguna broma, ni en las regiones sin problemas lingüísticos nos imaginamos lo que es sufrir el rechazo social por simplemente demandar la enseñanza en la lengua materna, un impreso oficial en español o un examen de selectividad que exige señalarse ante los que te van a juzgar después. O no poder acceder a puestos públicos o recibir subvenciones. ¿Alguien imagina que en Francia millones de franceses se vieran excluidos socialmente por solicitar su derecho a usar el francés?

Sin embargo, esa situación se da, en estos momentos, en todas las comunidades que cuentan con otra lengua regional oficial. En Cataluña y País Vasco, desde hace más de treinta años; en Baleares, gracias, como en todas las demás comunidades, a la traición del PSOE, que ha apoyado o gobernado siempre con los catalanistas baleares, más fanáticos, si cabe, que los mismos catalanes; en la Comunidad Valenciana, los complejos del PP, por un lado, y la actual llegada de Podemos-Compromís para apoyar al PSOE (y, en realidad, para apoyarse en él, en el proceso de ´construcción nacional´), están conduciendo al viejo Regne a una catalanización acelerada que persigue implantar no el valenciano tradicional, sino el unificado con el catalán, incluso en las zonas en las que nunca se habló; en Navarra, donde el vascuence es lengua materna de sólo el 16% y exclusivamente en la esquina noroeste de la región, extendiéndolo y presentándolo en pie de igualdad con el castellano en la cartelería y toda la documentación oficial en lugares donde hace 2000 años que dejó de hablarse; en fin, hasta en Galicia, donde el PP ha puesto en marcha un bilingüismo más aparente que real en la enseñanza y en la vida pública, tras haber aplicado desde los años ochenta una Ley de Normalización Lingüística diseñada por Fraga a semejanza de la de Pujol.

Todo esto es el síntoma, sí, pero sobre todo la consecuencia de la cesión a los nacionalistas y la cobardía de los Gobiernos de todos los partidos, especialmente de la ziquierda a partir de Zapatero, pero también antes con el PSC sobre todo, y del PP de la mayoría absoluta, incapaz durante cuatro años de hacer frente a la exclusión y marginación de los castellanohablantes. Con el agravante de que en todos los territorios gobernados por socialistas, nacionalistas y podemitas, la lengua materna mayoritaria es la española. Incluso habrá que recordar que la única lengua oficial de España es el español, y que fue la II República el primer régimen que la declaró así. Para conocimiento de republicanillos de plastilina.

Por su parte, la extrema izquierda no es que haya cedido ante los nacionalistas: es que son LOS nacionalistas, otro de esos fenómenos que hacen de España (al final, tendremos que aceptarlo) una anomalía en el mundo civilizado, el enfermo de Europa, con una izquierda reaccionaria que abandona a las clases populares en manos de las burguesías xenófobas, y se pone al frente del caciquismo neofeudal para la negación del derecho más elemental, el de expresarse en la lengua oficial del Estado al que se pertenece. Y esto no va en absoluto contra las demás lenguas, a cuyos hablantes nadie les impide usarlas en sus territorios.

España es, en efecto, y sobre todo por esto, una democracia de baja calidad, una nación sin Estado. Un curioso desastre donde la izquierda ´revolucionaria´ contribuye en primera línea, con la excusa de la lengua, a la perpetuación de los privilegios y del control social y económico en manos de los grupos que aún no se han bajado del caballo. «Hablamos español» no es una plataforma, es nuestra metáfora.

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