Observatorio

El proletariado digital

La revolución tecnológica establece unas condiciones laborales cada vez más precarias

01.06.2017 | 04:00

Hubo un momento en el siglo XX en el que creíamos que el futuro andaba por el 2001, como la película de Kubrick. Soñábamos con que para estas alturas del siglo XXI viviríamos en un mundo laboral idílico. Tendríamos empleos limpios, de cuello plateado. Trabajaríamos menos horas. Dispondríamos de tiempo a raudales para el ocio. Nos imaginábamos un futuro más parecido al que pintaban los socialistas utópicos del XIX que a las distopías de Orwell en 1984 o de Huxley en Un mundo feliz. Era un sentir generalizado que la revolución digital y la inteligencia artificial iban a proporcionarnos una vida placentera, en la que las máquinas iban a librarnos del trabajo sucio para nosotros poder dedicar nuestro tiempo a actividades más creativas e incluso bucólicas.

La realidad nos ha despertado abruptamente. Pongamos como ejemplo un trabajo del futuro que ya es presente: moderador de Facebook. ¿Quién no ha soñado de niño o incluso de mayor con ser contratado por una gran empresa de Silicon Valley? De un moderador de red social se espera que intercepte mensajes terroristas, que detecte tráfico de pornografía pedófila, que alerte cuando alguien se va a suicidar en directo o va a retransmitir por vídeo cómo asesina a un transeúnte. No invento nada. Todo ello está a la orden del día. Hasta tal punto que Facebook ha tenido que contratar este mismo año a más de 3.000 controladores para evitar que esos delitos (y otros igualmente repugnantes) salpiquen el buen nombre de la empresa.

Hace unos días, el diario británico The Guardian revelaba cuáles son las condiciones en las que operan estos empleados. Tras dos semanas de formación precipitada, son sometidos a interminables jornadas sentados ante un ordenador, viendo fotos y vídeos con contenidos vomitivos, leyendo textos conflictivos y tomando decisiones de vida o muerte (vetar o no vetar) en tan solo diez segundos, como bien recordaba Tino Pertierra en un artículo reciente. Tras ver cada jornada unas mil imágenes sospechosas (esa es la media por trabajador), entre las que con frecuencia se incluye la práctica de sexo con bebés, el bestialismo o el sadismo, no es de extrañar que los conocidos de forma eufemística como moderadores reclamen ayuda. «Cada día, debería vernos un sicólogo –revelaba al periódico uno de los empleados que ni siquiera se atreve a dar su nombre–. Son muchos los que tienen pesadillas o padecen insomnio». Pero, claro, son tan precarias sus condiciones que temen ser despedidos si reclaman ayuda sicológica.

No les voy a contar ahora cómo es el mercado laboral en Estados Unidos. Además, muchos de ellos son inmigrantes (especialmente valiosos por sus idiomas), recién llegados al paraíso. Y tampoco les voy a explicar las condiciones para los que trabajan en un país extraño. Ya sé lo que se estarán preguntando. ¿Les pagarán bien? Pues no: 15 dólares a la hora (unos 13, 40 euros). En las empresas como Facebook, Amazon o Microsoft sólo se hacen ricos los jefes, los Zuckerberg, Bezos o Gates, que además se han convertido en estrellas, ídolos, espejos en los que mirarse.

Y no hace falta irse tan lejos. Aquí mismo, hemos sabido que los especialistas (psicólogos, juristas, sociólogos y trabajadores sociales) que atienden el teléfono de urgencias a disposición de los estudiantes con problemas de acoso cobran unos 500 euros mensuales. En realidad, se les considera teleoperadores, una de las profesiones más demandadas y explotadas hoy día. La revolución digital ya ha estallado y nos ha traído nuevos empleos que nada tienen que ver con los soñados en el cada vez más lejano siglo XX: moderador de Facebook, chófer de Uber o mozo de Amazon. Ellos son la nueva clase obrera, el proletariado digital.

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