La Feliz Gobernación

Cultura desmayada

Siempre hay algún incauto, como el alcalde de Cartagena, José López, que recurre a la censura contra el inocuo arte contemporáneo, pues su inteligencia política se limita a la exaltación del localismo rancio, a la inserción en lo público de una religiosidad igualmente localista y a la sumisión del poder civil al más alto valor del militar...

28.05.2017 | 00:43
Cultura desmayada

El éxito del festival de arte contemporáneo Mucho Más Mayo, felizmente recuperado en Cartagena, no ha estado tanto en el seguimiento de su programa por amplio que haya sido, sino en que ha sufrido reiteradas censuras del alcalde de la ciudad, José López, aunque siempre con el pretexto de los ´informes técnicos´, evidentemente solicitados al efecto. Tengo para mí que la mayoría de las expresiones de lo que se ha venido en llamar arte contemporáneo son ocurrencias que no importunan a nadie, quedan en los corrillos de los iniciados y satisfacen especialmente a los que cobran del oficio, que habitualmente no son tanto los artistas como los denominados comisarios. Sin embargo, de vez en cuando estas expresiones que se hacen pasar por arte tienen la virtud de cabrear a algunos incautos que caen fácilmente en la trampa y reaccionan como sus promotores esperan. La clave del arte contemporáneo es la transgresión, signifique esto lo que signifique, y ésta sólo adquiere visibilidad si alguien se siente aludido y reacciona con todo el poder de que disponga para censurar esa manifestación. Si no hay censura o amago de ella, la ´acción artística´ pasa por complaciente, y se computa como un fracaso. La mayoría de los políticos son ya conscientes de esto, y en vez de reprimir a los artistas, los contratan. De hecho, una gran parte del llamado arte contemporáneo sólo puede existir con el patrocinio de la Administración, pues es efímero e intangible, carece de mercado y tiene la virtud de canonizar a los políticos que lo apoyan. En el fondo, es como los carnavales de Cádiz, donde el establecimiento se somete gustosamente al escarnio y paga las facturas para que ´el pueblo´ se exprese a sabiendas de que se trata de un rito en el fondo inocente, incluso aunque a veces los aludidos deban apretar los dientes. El arte contemporáneo es, en general, una bagatela, pero de vez en cuando se revela como un instrumento enormemente eficaz para desvelar imposturas que a primera vista no son visibles para la mayoría.

A la ahora tan denostada (por otras cuestiones, claro) Pilar Barreiro, la exalcaldesa del PP, no la pillaron en esto. Por el contrario, capitaneaba la libertad de la expresión cultural en su municipio a sabiendas de que el gesto le aportaba un plus que no sólo no afectaba a su estatus sino que lo confirmaba, por mucho que algunas de las expresiones que ella misma promovía eran radicalmente contrarias a lo que representaba. En el fondo, Barreiro era a su manera también una artista: transgredía, si de esto se trataba, frente a la parte social a la que políticamente representaba, de modo que los performánticos no encontraban censura (al menos hasta el último tramo de su mandato), sino aceptación y complacencia desde el poder. Que es el modo de desactivar toda crítica, por muy incendiaria que sea. El truco está en no darse por aludido, como ocurre con ´los burgueses´ que aplauden en el teatro las ´feroces críticas´ a la burguesía que ellos mismos financian pagando las entradas o votando al partido que programa esas obras en los espacios públicos, así como divulgando la satisfacción por la excelencia de lo representado.

Una parte de la cultura que pasa por transgresora es una mera alfombra del poder al que teóricamente pretende alterar. Pero siempre hay algún incauto, como es el caso de José López, cuya inteligencia política se limita a la exaltación del localismo, a la inserción en lo público de una especie de religiosidad básica relacionada también con el terruño (es decir, poco católica) y a la sumisión del poder civil al más alto valor del militar, como durante mucho tiempo, durante el periodo predemocrático, fue cosa corriente entre ciertas élites y el señoritismo de Cartagena y de otros ámbitos equivalentes López no pertenece a la élite ni al señoritismo, que ya no pintan nada, pero es su seguro servidor desde una mentalidad cautiva a las tradiciones y al ´siempre ha sido así´. Es un muñeco fácilmente provocable, de modo que llevarlo al ridículo está a la mano de cualquiera. Basta con tocar determinadas teclas.

Esto no quiere decir que deje de ser un personaje peligroso, pues le respalda la parte más rancia de la sociedad cartagenera y ha creado un rescoldo populista en su versión más cutre (el populismo localista) que afecta incluso a personas sensatas que uno conoce. Ha conseguido, además, infundir miedo a algunos periodistas, que prefieren pasar de largo o bailarle el agua antes que verse expuestos a sus amenazas directas y nominales. Se entiende bien, pues siempre es preferible ponerse a resguardo de los personajes tóxicos que defienden sus imposturas con agresividad dirigida siempre a lo personal. López es una Trumpanomalía, por lo demás improductiva para los intereses del cargo que ocupa, pues intenta obsesivamente trasladar sus propios fracasos a un enemigo exterior que no piensa en él, pues está en su propio tajo.

El caso López no es nuevo ni exclusivo de Cartagena. En la Región, algún otro político con timbres aparentemente más sofisticados hizo de telonero de estas prácticas de censura a la vez que proclamaba su vocación transgresora desde el sillón de consejero de Cultura, un contradiós que la realidad le ofreció en bandeja. Hace años, un pequeño festival, Alter Arte, que organizaba en Murcia un grupo de artistas con algunas subvenciones públicas, fue absorbido por el departamento de Pedro Alberto Cruz nada más instalarse éste al frente de la consejería. El propósito era, sin duda, potenciarlo y que transgrediera a tope, como Dios manda, pero ya en su primera programación institucional quedó lastrado por la censura a Leo Bassi, un humorista italiano famoso por comer mierda de vaca en Crónicas Marcianas, y que sin embargo prefirió, llegado a Murcia, organizar una caravana popular para denunciar aquí y allá los brotes del desarrollismo urbanístico, empezando por una especie de escrache bajo el balcón del entonces presidente Valcárcel en la Gran Vía. Esto era demasiada transgresión para lo que podía soportar el gran jefe y su osado sobrino, de modo que Bassi hizo su itinerario, pero sin cobrar el caché oficial, lo cual incrementó su audiencia y la popularidad de su acción. Durante ese periodo se produjeron otras censuras menos cantadas y se prodigaron las amenazas a periodistas: en mi caso, por informar sobre el cese de Joaquín Cánovas al frente de la Filmoteca Regional y aun sin mencionar que era sustituido por el hermano del propio consejero, Cruz ordenó la retirada de toda publicidad de su departamento al periódico en el que trabajo, seguro que con la ingenua intención por su parte de que quien escribe recibiera alguna amonestación o el despido, sin percatarse de que uno trabaja en una empresa profesional y seria, no como la suya, donde el sobrino del presidente era elevado a la categoría de consejero, quién sabe si para con el propósito de la confianza que se supone a las relaciones familiares pudiera compensar al tito, mediante el presupuesto público, con un fin de semana de lujo en Venecia a cuenta de la absurda como sospechosa participación de Murcia en su Bienal, una vez y nada más, y sin artistas murcianos que dieran testimonio de los dispendios. Esas eran las trazas del falso poeta falsamente triste que se inauguró como censor cultural a la vez que proclamaba la fiesta (fiesta, fiesta) de la transgresión cultural.

Quiero decir que no hace falta un alcalde extravagante, desprejuiciado y propenso a hacer el ridículo con sus astracanadas para saltarse alegremente la libertad de expresión de los artistas o para intentar meter miedo a los periodistas. Donde menos te esperas, salta la liebre.
El alcalde cartagenero se ha dejado retratar como censor cultural en pleno siglo XXI, y es verdad que sin que esto haya tenido demasiada trascendencia, sobre todo en el mundo de la cultura, en otro tiempo tan presto a la denuncia de este tipo de reacciones desde el poder. Tal vez porque no es necesario ir más allá, ya que ahí queda el retrato. Pero en el mundo cultural, o en una parte de él, también hay miedo. López no es sólo un censor, sino también un persecutor, como el poeta de la obviedad a quien he aludido. Y pocos están dispuestos a arriesgarse a ser tildados de todo lo peor por un político tan desaforado, que con tan deficiente y elemental aparato intelectual para lo que exige la administración de una ciudad moderna de la categoría de Cartagena puede movilizar incluso a sectores bienintencionados dispuestos siempre a explicaciones simples en vez de a analizar las capacidades reales de quien los lidera con ellas.

El éxito del recuperado Mucho Más Mayo ha consistido en que unas acciones artísticas que habrían pasado desapercibidas en una situación de normalidad política han puesto de manifiesto que todavía hay quien toma en serio estas cosas. Tal vez por esto, Alter Arte desapareció tras la experiencia Bassi en un contexto de mayoría absoluta aplanadora del PP, en la que los experimentos culturales pasaron a hacerse con gaseosa, mientras que Mucho Más Mayo se ha robustecido, pues la censura sufrida le ha dado una razón de ser con la que tal vez inicialmente no contaba, y resultaría todavía más escandaloso que fuera sepultado después de dejar en evidencia que al incauto alcalde lo ponen firme los militares de la ciudad o que se siente afectado porque adornen con no sé qué cosa el submarino de Peral.
Es de lo que no hay.

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