El honor perdido

25.05.2017 | 04:00
José Luis Villacañas

Una mañana de lunes rara la de esta semana, de una extraña tristeza. No solo no atisbo entusiasmo. Presiento más bien los ecos de pasadas amarguras. Ahora intento aclararme entre la niebla del espeso futuro. Y sólo veo nítido el dolor que arrastraba de la campaña. Cuanta más atención le prestaba, más apreciaba la situación de un partido cuya continuidad no podemos garantizar hoy. Patxi López ya esgrimió la amenaza de fractura del PSOE como un escenario de futuro probable. La capacidad de reacción de los otros dos rivales ante lo que se percibía como un peligro real, me pareció mínima. Hoy me sigue pareciendo así. He oído que España no saldrá de su bloqueo sin un PSOE reconstruido. Dudo que eso sea ya probable. La inestabilidad en la que estamos es más profunda. Quizá como mi extraña tristeza. Debo confesarlo. Sólo me he alegrado de una pequeña noticia. La victoria de Antonio Estañ en Podemos de Valencia. Al menos es algo que tiene que ver con el futuro.

Lo peor que se puede decir de esta campaña es que el mejor candidato fue Patxi López. Sobre él recayó la sospecha de que su candidatura tuviera como función impedir que Pedro Sánchez ganara. Fue injusto. Es fácil comprender que ningún militante sensato quiera resignarse al destino de un PSOE escindido entre dos candidatos que no pueden trabajar juntos. El curso de la campaña legitimó a López y él mismo lo vivió así. Al final fue el más convencido de lo que decía. Los otros anduvieron ocupados en ocultar lo que harían. Que la opción más constructiva del PSOE sea la minoritaria, nos obliga a hacernos la pregunta de cuál es el espíritu de la mayoría. Que esa opción tradicional la represente un hombre que no puede despegar un ojo de los papeles, es algo que incluso podemos perdonarle. Revela autoconciencia de sus límites. Sánchez y Susana Díaz no llevan papeles y en cada palabra nos dan señales inequívocas de su constitución intelectual.

Esta constitución intelectual se reduce en el caso de Díaz a unas frases aprendidas, ramplonas y grotescas, que suenan todavía peor cuando se pronuncian sin criterio retórico alguno. Que personas relevantes e inteligentes hayan apostado por ella, testimonia el grado de estúpida soberbia de estos grandes hombres, su autismo culpable. Sólo los directamente implicados en el negocio clientelar pudieron confiar en Díaz. En el caso de Sánchez, su discurso se ha reducido a recordarnos la abstención ante Mariano Rajoy. No le hemos escuchado una idea clara para el futuro. Qué pueda significar su divisa de cambiar al PSOE lo ignoramos, pero las caras de su cohorte personal en la noche del triunfo, con José Luis Ábalos en cabeza, no inspiran la convicción de que lo sabremos pronto. En realidad, estamos cansados de escenas. Pueden ser emocionantes para los actores. Para mí son parte de un protocolo estéril.

Lo demás de Sánchez fue recordar los hechos infaustos que lo desplazaron de la Secretaría General. No darse cuenta de que su sueño ya está soñado forma parte de su esquema mental. Sólo se ve como el traicionado. ¿Pero no tuvo responsabilidad alguna en aquellos hechos? El triste panorama que se abre con su triunfo se perfila cuando nos preguntamos: ¿y cómo impedirá que se repita todo de nuevo y que las contradicciones del PSOE no lleven las cosas a un déjà vu? Sánchez gana en la democracia presidencialista. Ya veremos lo que pasa cuando se trate de delegados en el congreso. El PSOE de Susana Díaz gana cuando pasa lo que ha pasado. Sánchez no ha demostrado que pueda mantener su victoria en un terreno no plebiscitario.

Con Pedro Sánchez como secretario general, la política del PSOE se torna más complicada. Sánchez no es diputado, con lo que su trabajo político se verá debilitado. La derrota de tantos presidentes autonómicos los deja a los pies de los caballos en sus territorios. El grupo parlamentario se regirá por el regreso de los represaliados y la marcha de los traidores. Pero estos son casi todos y Sánchez necesitará tiempo para recomponer algo parecido a un grupo parlamentario. Si ahora se quisiera hacer algo contrario a la abstención que elevó a Rajoy a la presidencia, se tendría que verificar una absoluta carencia de convicciones de la bancada socialista entera. ¿Quién resistiría eso? ¿Otra moción de censura, ¡sin Sánchez como parlamentario!? ¿Y para qué? ¿Para volver a todas las presiones contra el pacto con Pablo Iglesias? Resulta evidente que estamos ante fenómenos propios de una situación política endemoniada, y la siniestra inclinación a la repetición es la señal de la incapacidad del PSOE por encontrar una salida.

Al margen de los entusiasmos, no vemos a Sánchez con fuerzas propias para presidir un Gobierno a medio plazo, porque además no creo que la herida con Iglesias se pueda curar tan fácilmente. Lo más probable es que Sánchez haga buena la abstención, deje gobernar a Rajoy e intente recuperar la normalidad en un PSOE ahora traumatizado, para no llevar las cosas a las mismas tensiones que lo apartaron del cargo. En este sentido, quizá todos aprecien la astucia de la razón y la moción de censura de Podemos sea la vacuna contra una repetición precipitada de la misma. Los que impulsaron la abstención lo han pagado y el partido vuelve a donde estaba, pero ya con los hechos consumados inamovibles, que a Sánchez no le interesa por ahora cambiar. En realidad, le dan ya hecho el discurso del no, que es todo su patrimonio.

Lo que hemos visto con la victoria de Sánchez es un suceso interno a la militancia socialista, y no tanto un asunto relevante para la ciudadanía española. Humillada por sus barones y sus prohombres, despreciada por personajes engreídos y soberbios, manipulada e ignorada por quienes estaban acostumbrados a manejarla, la mayoría de la militancia socialista no ha perdonado lo que fue un golpe palaciego indigno. Al votar como ha votado, ha hecho regresar las cosas a la víspera de aquel sábado nefasto en el que todos sentimos vergüenza. Al reponer su orgullo, algo comprensible, la militancia alejada de los cargos ha sido obligada a moverse con un ineludible criterio incondicional, el honor. Pero eso la puede alejar de los intereses de la ciudadanía. Esta no puede dejar de ver lo ocurrido como una reposición justa, una victoria de las bases frente una elite que, vinculada en su cúpula a los más altos intereses del statu quo español, no permitió a la organización socialista impulsar una política con criterio propio.

Pero en todo caso, la pregunta de la ciudadanía ahora puede ser esta: ¿no serán los intereses y puntos de vista generales cada vez más distantes respecto de las militancias políticas ancladas en estas batallas previas y desgarradoras de liderazgos y formación de hueste? ¿No es este el otro fundamento del bloqueo político español, además de la miopía de las élites tradicionales?

Y si fuera así, ¿no denotaría todo ello una falta de confianza en la forma clásica del partido, atravesada por vínculos negativos, desde la hostilidad personal a los vasallajes, por no hablar de la complicidad en la corrupción? Los militantes socialistas han reparado su honor. Algo es algo. Pero no han reparado el honor herido de la ciudadanía española. Y es muy dudoso que Sánchez, que ha tenido éxito en lo primero, pueda lograr lo segundo. Ni sabemos cómo va a impedir que vuelva a pasar todo lo que ya ha pasado, ni ahora está en mejores condiciones de lograr un cambio de Gobierno que cuando lo intentó por primera vez. Aunque gane el próximo congreso con mayor margen del que tenía antes, tendrá que ganar tiempo para jugar sus bazas a medio plazo. Pero mientras tanto, ¿qué puede inspirar una esperanza concreta para la ciudadanía?

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