Espacio abierto

¿Abierto o cerrado?

04.05.2017 | 04:00
Nicolás Gonzálvez Gallego

Francia nos muestra cómo se quiebra el eje derecha-izquierda; el debate, la verdadera pugna que puede fraccionar nuestra sociedad es la que se libra entre los antisistema y los que, reconociendo sus debilidades y problemas, creemos que la democracia es lo mejor que nos ha pasado nunca. Lo cierto es que la situación francesa, lejos de solucionarse con una hipotética victoria de Macron, define las complejidades a las que nos enfrentaremos los europeos en los próximos años. La mayoría de medios de comunicación aseguraban, tras la primera vuelta de las presidenciales, que Europa respiraba aliviada, que Francia ponía coto a la extrema derecha y otros titulares grandilocuentes. Pocos eran en cambio quienes reparaban en el hecho de que el voto se había polarizado hasta el extremo de partir el país en dos: un 40% de los electores optaron por opciones radicales y rupturistas, a izquierda y derecha.

Los ciudadanos ya no piensan en poder las ramas del árbol, sino que están en si cortar o no el tronco de la democracia liberal. Mélenchon, líder de movimiento populista La Francia Insumisa, lo ha entendido y se ha negado a dar su apoyo a Macron porque sabe que sus votantes están más próximos a los postulados de Marine Le Pen que al centrista. Sabe, porque es malo pero no idiota, que no dar una consigna de voto favorable a Macron lanza el mensaje de que los paradigmas de la V República están superados, que se trata de un sistema agotado y que la nueva Francia pasa por la ruptura absoluta con los valores democráticos tal y como los conocemos actualmente. Ése es el punto crítico en el que el comunista coincide con la ultraderechista; lo que los convierte en adversarios políticos, pero no en enemigos.

Así que, lejos de su contención, la situación es peor hoy que hace cinco años. En 2012, las formaciones de Le Pen y Mélenchon sumaron un 29% de los votos en la primera vuelta, quedando ampliamente superados por Hollande y Sarkozy. Así, haciendo una lectura rápida de los resultados y tomando una cierta perspectiva temporal, es evidente que los radicales van ganando terreno a un ritmo que, de continuar esta tendencia, les llevaría a desbancar a los partidos tradicionales de aquí a cinco minutos. Lo importante no es que las dinastías históricas del poder se vean sustituidas por otras, sino que, en ese trasiego, nuestras libertades civiles y económicas sufrirían un revés de consecuencias impredecibles.

Para luchar contra esta ola de proteccionismo, nacionalismo y represión de libertades es imprescindible que, quienes defendemos la democracia liberal como el régimen que mayor prosperidad ha traído al mundo, comprendamos que no hay un populismo bueno y otro malo. Esto es algo difícil de entender aún para una amplia parte de la izquierda que ve a Le Pen como la reencarnación con mechas de Hitler, pero que encuentra en Mélenchon o en el camarada Iglesias una visión romántica de la verdadera izquierda que satisface la melancolía de una revolución que no conocieron, pero cuya copia chapucera les gustaría protagonizar. Por eso, mientras haya un sector de la izquierda que aún conciba las libertades públicas como un instrumento a su exclusivo servicio, y la democracia como un sistema que sólo es válido cuando los electores refrendan sus ideas, el muro de contención contra los populismos estará cada vez más agrietado.

Pero lo cierto es que también hay una parte de la derecha que ha comprado a precio de saldo las teorías de la izquierda y a la que le cuesta ofrecer propuestas que den solución a problemas concretos. Se echa en falta un gran proyecto liberal para Europa, que defienda la Unión Europea, no como un monstruo burocrático, sino como un espacio de libre movimiento para las personas, los capitales, las ideas y el comercio. Hablo de una derecha que renuncie a hacer más grande el poder de los gobiernos, a cambio de mayores cotas de libertad para sus ciudadanos y que ofrezca respuestas reales y proporcionadas a los grandes retos que plantean la seguridad, la inmigración, la defensa de nuestros valores judeocristianos y el mantenimiento de la sociedad del bienestar sin caer en el asistencialismo. En definitiva, la derecha debe volver a defender el liberalismo y no hacer suya una socialdemocracia que, como nos demuestran los resultados de Francia o Grecia, ha entrado en barrena en toda Europa.

Pero no sólo políticos y medios tienen su parte de responsabilidad en el ascenso del radicalismo. También nosotros, los ciudadanos, tenemos que ser conscientes del poder de nuestro voto y de la responsabilidad de nuestras actitudes. Debemos hacer un esfuerzo por analizar lo que ocurre en nuestro entorno sin apasionamientos, sin dejarnos llevar por la opinión publicada y siendo conscientes de que, pese a todo, nos encontramos en el mejor momento de nuestra historia, con los poderes públicos más controlados que nunca y con un sistema que hace posible que nadie muera de hambre o que todo el mundo reciba atención sanitaria de urgencia sin preguntar de dónde viene.

Además, los países más pobres están dejarlo de ser gracias a que están introduciendo, en mayor o menor medida, las reglas propias de un Estado liberal moderno y de una economía de libre mercado. No hay país en vías de desarrollo que esté apostando por las recetas caducas que ofrecen los más radicales a izquierda y derecha, salvo contadas y muy matizables excepciones. Es decir, la prosperidad llega a aquellos rincones del planeta que nos copian. Porque al final, con todas nuestras pegas, con todas las mejoras que, sin duda, son necesarias para regenerar y hacer más fuerte nuestro sistema de libertades, debemos sentirnos orgullosos de lo que hemos sido capaces de forjar en Europa.

Así, se puede concluir que la verdadera cuestión a la que nos tenemos que enfrentar es a la de si queremos sociedades abiertas y libres o apostamos por el aislacionismo. Yo tengo claro lo que quiero para mi país y para Europa, por eso exijo que aquellos a quienes les hemos confiado la gestión de nuestros gobiernos y el futuro de nuestras democracias estén a la altura y defiendan con más convicción y determinación aquello que tanto ha costado construir. Seguimos estando a tiempo de parar todo esto, pero cada vez estamos más cerca de iniciar un camino con un retorno que la historia nos ha enseñado que no es fácil emprender.

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