No hagan olas

La Posverdad en la era Postpos

"Pablo Iglesias no ha escrito ningún manifiesto o manual teórico que sepamos, pero se ejercitó durante años como contertulio televisivo, al igual que Trump, quien antes que candidato y presidente fue presentador de su propio reality show en la televisión"

04.05.2017 | 23:44

Hubo en Valencia, durante los intrépidos años 90, una divertida galería de arte que transgredió el momento y fue vivero de una de las mejores hornadas de artistas que pasaron por la ciudad. La galería se llamaba Postpos, lo que era una declaración de intenciones, una parodia de la llamada posmodernidad que se estaba abriendo paso teórico –y práctico, desde luego– tras la caída del Muro de Berlín. Todo un logro aquel precursor nombre de Postpos.

La posmodernidad, de hecho, la habían inventado los arquitectos, que estaban tan a gusto con el término moderno puesto en movimiento por el MoMA en 1932. La hegemonía de aquella arquitectura moderna duró cuarenta años y sus chispazos –que todavía perduran–, hasta que en 1972 el norteamericano Robert Venturi publicó su ensayo sobre Las Vegas. Aquel texto, a modo de manifiesto, reivindicaba el pastiche estético de la ciudad de los casinos, su artificio, al tiempo que Venturi rescataba el acervo histórico de la arquitectura frente a la ´ortodoxia de los cubos´, los glassboxes en palabras de Tom Wolfe en su libro contra la Bauhaus feroz.

Las edificaciones se llenaban de nuevo de capiteles, balaustradas y cerrajería a la romana para anunciar la llegada de la posmodernidad, al tiempo que una serie de filósofos y sociólogos llevarían mucho más lejos la noción de la misma. La deconstrucción de Jacques Derrida y el reporte sobre el saber de Jean-François Lyotard describían un nuevo mundo en el que la frivolidad y el deseo ocupaban el espacio de la trascendencia y, cada vez más, nada era lo que parecía: vivíamos en pleno simulacro, dijo Jean Baudrillard. Algunos preconizaban el fin de la historia y los conflictos mientras se iniciaba una revolución tecnológica con las computadoras personales y la realidad se iba licuando, volviéndose débil tal como analizó Zygmunt Bauman, una especie de vacuo nihilismo.

Hasta el 11S. La Historia con mayúscula volvía para darle un monumental sopapo a Occidente, en formato religioso. Y apenas seis años después se desencadenó una crisis financiera de la que todavía andamos convalecientes. Ya no estamos en un mundo happy, ni siquiera en un mundo ong o de misiones cristianas. Están regresando los espectros del fascismo, dice Enzo Traverso. Se refiere, claro, al nuevo populismo, que ya no es un montaje de las clases dirigentes para frenar las reivindicaciones revolucionarias de los trabajadores. Esa lectura ya no sirve si es que alguna vez fue plausible.

Como ha quedado claro en los análisis sobre el origen de los votos que han hecho presidente a Donald Trump o candidata a Marine Le Pen, que han perpetrado el brexit británico y tantos otros movimientos de corte reaccionario, una buena parte del apoyo a estos discursos que incluyen xenofobia, neoconservadurismo, antiglobalización, proteccionismo económico y nacionalismo, proceden de la clase obrera y de las clases medias deprimidas por la crisis, que han pasado del consumismo y el endeudamiento al que ´se joda´ el sistema de los ricos. Es el mismo caldo de cultivo y casi el mismo discurso –con las lógicas adaptaciones a los mitos propios– de la izquierda antisistema que también ha hecho acto de reaparición y que, de paso, contamina y pone en crisis a la socialdemocracia asimilada. Hablamos de Podemos, Syriza, Jeremy Corbin, Jean Luc Mélenchon e incluso de Bernie Sanders.

Ambos fenómenos sociopolíticos, el regreso del fascismo siquiera sea como espectro, o la nueva izquierda contrasistema, están ganando la batalla de la palabra. Es cierto que critican auténticos desajustes de la realidad, desde la galopante corrupción a las penosas políticas de austeridad, pero lo fundamental para todos ellos consiste en vencer en el combate dialéctico, transmitir mensajes sencillos aprovechando el boom de las redes sociales, inventar eslóganes, saber vender y colocar su producto.

Pero, dirán ustedes, la política como artificio publicitario no la inventaron ellos. Desde luego que no, pero ellos han alcanzado la plenitud de la interpretación propagandística. Pensemos en Pablo Iglesias, por ejemplo, quien no ha escrito ningún manifiesto o manual teórico que sepamos, pero se ejercitó durante años como contertulio televisivo, al igual que Trump, quien antes que candidato y presidente fue presentador de su propio reality show en la televisión.

En este nuevo escenario de lo aparentemente real vale todo mientras esté bien envuelto, no importa que sea cierto. Por eso se le llama posverdad. Estamos en ese momento: tanto vale un mensaje falso sobre la necesidad de donaciones de sangre en un hospital como el regreso del negacionismo del Holocausto, un histérico wasap anunciando un inminente atentado, la aparición de un diario de noticias falsas en internet o Trump acusando a Barack Obama de prosoviético. En las últimas semanas incluso se ha llegado a anunciar el inicio de la tercera guerra nuclear a través de los móviles. Por eso Google y Facebook han cambiado su algoritmo para combatir las noticias falsas. Estamos en los años de la posverdad de la época Postpos.

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