Pensando en voz alta

Peter y su principio

20.03.2017 | 04:00
Francisco Marín

Laurence J. Peter, catedrático de Ciencias de la Educación, en el año 1969 publicó su libro titulado The Peter Principle en el que formuló su archiconocido principio: «En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia».

Este principio podemos desdoblarlo en dos premisas: «con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones» y «el trabajo es realizado por aquellos empleados que no han alcanzado su nivel de incompetencia».

Años más tarde, Scott Adams –de la Universidad de Berkeley- en 1990, promulgó el conocido como ´Principio de Dilbert´: «En ciertas organizaciones tienden a ascender sistemáticamente a sus empleados menos competentes a cargos directivos para limitar así la cantidad de daño que son capaces de provocar». Fíjense bien; podríamos resumir todo lo anteriormente anotado de la siguiente manera: Un empleado competente terminará siendo ascendido a un puesto en el que será incompetente y donde permanecerဠLos empleados incompetentes son ascendidos intencionadamente para evitar que produzcan daños. Asómense a la vida política de nuestro país, aún llamado España, y miren quiénes son los dirigentes de los distintos partidos, a nivel nacional, a nivel comunitario y a nivel local.

La política española, a todos los niveles y partidos, es el ejemplo perfecto de ambos principios ya que está poblada de políticos de pacotilla, de feriantes, de vendedores de humo, de vividores por cuenta ajena, de ineptos e inútiles que llegan a sede judicial y se vuelven amnésicos: «No recuerdo, no lo sé, no me consta, etc.». Observen que esto no ocurre en un rincón o una parcela de España, sucede en toda su extensión ya que debemos dejar bien claro con quiénes; de toda condición, de todo sexo, de toda ideología, de todo origen geográfico; nos estamos jugando (y nunca mejor dicho) los cuartos, los sueños, las esperanzas, las expectativas para nuestros hijos y nuestros nietos, en definitiva la vida.

Antes que Laurence J. Peter, el pensador José Ortega y Gasset ya observó el problema en los funcionarios y propuso un antídoto: «Todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes». Vemos que esto viene de antiguo y estoy de acuerdo con don José. Habría que estar muy atentos para ir moviendo a cada empleado, a cada político, a cada individuo con ciertas responsabilidades para ir atajando la incompetencia y evitando que no hagan daño a sus empresas o partidos –en este último supuesto, evitaría daño a la ciudadanía en general-.

Posicionándonos en la clase política española no nos equivocamos si constatamos que las alturas organizativas producen fenómenos  todavía más complejos y letales para los partidos políticos que el principio de Peter. A veces parece que se impone la llamada ´teoría del globo´, por la que un miembro del mismo tiende a subir en la medida en la que está más hueco. Puede llegar a producirse una auténtica dictadura de la mediocridad, una confabulación de los necios que expulsa sistemáticamente a los compañeros de mayor potencial. A consecuencia de todo esto surgen preguntas: si se han perdido unas elecciones, ¿ha sido por el candidato que se ha situado en lo más alto del partido o a pesar de él? ¿La enorme crisis de identidades políticas que vivimos es por culpa de los mediocres actuales o de los anteriores? A menudo se recurre a la técnica del pararrayos o del cabeza de turco ya que nunca es culpa de ´uno´ sino de ´otros´ o de los subalternos o de los técnicos de turno porque el máximo, como hemos apuntado anteriormente, ´no recuerda´, ´no le consta´, ´a mí que me registren´. Son tan cobardes que no reconocen sus meteduras de pata y, la mayoría de las veces, de mano. Sus teorías son que todo el mundo está contra ellos.

Por último señalar que cuando aquí ya no sirves para nada, ni para el partido correspondiente€ O sea, cuando tu incompetencia es máxima te mandan a Bruselas. Sueldo multiplicado; la vida alcanza un estado de ánimo próximo a la bonanza y el trabajo no te mata y posiblemente no tengas que demostrar tu inutilidad.

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