Ida y vuelta

Ortega y el marianismo

18.03.2017 | 00:20
Ortega y el marianismo

Estoy tratando de deshegelizarme. Créanme. Soy como aquellos que van a una reunión donde todos los asistentes se sientan en círculo y uno se levanta diciendo soy tal y tal y soy un alcohólico. Sólo que, en mi caso, me levanto y digo soy un hegeliano, me creí lo de la dialéctica y el idealismo. Aceptarlo es el primer paso para dejarlo. Que San Popper me proteja en este valle de lágrimas deterministas.

Digo esto porque a Ortega le pasaba lo mismo que a mí, que era un hegeliano perdido. Sí, ya sé, los habrá que no opinarán lo mismo. Pero, créanme, los adictos nos identificamos muy bien entre nosotros. Es leer cosas como su visión de las masas, de la sociedad, de las élites, de los hombres que marcan una época y de los ciclos alrededor de los cuales se ordena todo y ver prístino el terrible influjo hegeliano, la mutua devoción por las ideas pseudo-mágicas del alemán.

Y de Ortega quiero hablarles, porque aun y siendo un hegeliano, cosa que no deja de ser un vicio del que no pocos no acabamos de desengancharnos, nada le impidió hacer un análisis tan incisivo como brillante de los rudimentos esenciales del alma española, si es que los pueblos como tales existen y tienen un alma. Y en esto del alma española es donde entra nuestro amigo Mariano, quien le da actualidad a lo que seguro que ya creían que era otro rollo filosófico infumable.

En España invertebrada Ortega deja bien claro que los españoles de pensar vamos más bien escasos. Si la calidad de los pueblos viene determinada por sus élites (intelectuales) y el número de individuos que las compongan sobre el total poblacional, en España siempre ha habido pocas élites y, además, han acostumbrado a ser rechazadas por el pueblo, por la masa. Derivado de ello, la historia de España es la de los hechos de su pueblo, pues las élites nunca han sido ni relevantes, ni valoradas, ni determinantes en el desarrollo del país. La consecuencia de esta falta de cabeza en el cuerpo español es la invertebración que, para él, siempre hemos padecido. O sea, como la masa no obedece a las élites, sino que hace lo que bien le sale de las narices, y como las élites son más escasas que moneda de oro en casa de pobre, pues en nuestro triste país nunca hemos salido del desorden generalizado que nos ha llevado a la pérdida de nuestra alma americana, a tantos golpes de Estado (la acción directa), a los independentismos y regionalismos y a que, en general, sea aparecer un tipo con buenas ideas, selecto e inteligente, y se le echen encima las fuerzas vivas para, en el mejor de los casos y si tiene suerte, correrlo a gorrazos. Un cachondeo de país, vamos.

Para Ortega basta con ver las tertulias de las clases burguesas, o sea, de la gente de bien, con estudios y posibles, para comprobar el nivel del personal: una panda de cenutrios sin una idea buena y que, sin ser malvados, sino más bien idiotas, viven atrincherados en una colección de lugares comunes y necedades varias que no permiten que España avance y se equipare con las admiradas por Ortega naciones europeas.

Y sí, aquí no pude evitar pensar en Mariano y entender al fin tantas cosas. Pues ha pasado casi un siglo desde que el profesor escribiera tales ideas y seguro que ustedes conmigo piensan que no ha cambiado nada. Mariano es la prueba. Un señor que debería ser la cabeza visible de la élite política española y que más parece un tertuliano de casino de provincias con mucha más afición por el dominó, el futbol y el decir que eso del cambio climático le parece un tontuna imposible de entender, que por leer algo, cualquier cosa, lo que sea, ir a un museo, informarse y formarse en materias científicas y tener algún interés intelectual mayor que el estado de forma de los glúteos de Cristiano Ronaldo.

Yo me imagino a Mariano, que dicho sea por delante, me parece un tipo de lo más majo, con el que seguro que da gusto irse a tomar unas cervezas y hablar, con moderación y decoro, de señoras y deportes, tomando un cafelito bautizado después de comer, en la tertulia de la sobremesa, a las cuatro de la tarde, con el calorcito primaveral de una ciudad española cualquiera, riendo socarrón ante toda idea que descoloque siquiera levemente sus concepciones provincianas de cómo son las cosas, como fueron y como, necesariamente, han de seguir siendo por los siglos de los siglos.

Pero Mariano lo hará sin maldad. Sin mayor ánimo que la tan española mezquindad de la masa orteguiana elevada a la categoría de única moral social, el desprecio relajado y carente de virulencia del paisano de la tasca, de la reunión de señoras de clase media-alta que acaban de salir de misa y se toman un café con leche, esa maravillosa sociedad a la que le importa un pimiento que haya corrupción porque, total, siempre la ha habido, que no siente nada cuando le hablan de ciencia, porque nosotros los españoles somos más del sentimiento. Tanta gente que no es mala, que eligió como presidente a Mariano porque es como ellos, que jamás sentirá culpa ni siquiera será consciente de que son idiotas, pues pusieron de amo del calabozo a un tontolaba tan simple como simples son ellos.

Ah, pero no os vengáis arriba los que no lo votasteis. ¿Acaso creéis que Ortega os salvaría? Ni por asomo. También sois españoles. También sois masa. También sois unos necios y también votasteis a unos ceporros que sólo hace falta ver como se desenvuelven para comprobar su inevitable esencia española. O sea, que de este lodazal no se libra ni dios.

Ya les previne que de un hegeliano de hace un siglo y de uno actual que le cita con amor y respeto había poco que esperar. Maldito seas, Hegel. Púdrete en el infierno.

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