Pasado a limpio

Tocados por los dioses

19.02.2017 | 04:00
Miguel Ángel Alcaraz Conesa

El destino suele ser fatal. No por nefasto, sino por ineludible, que eso es al fin y al cabo lo que significa la fatalidad. Tiene, además, el inconveniente de ser ineluctable, de manera que no sólo no hay manera de evitarlo, sino que tampoco hay forma de conocerlo. Unos cuantos mitos griegos refieren esa idea de fatalidad, de manera que ni el oráculo evita que el mortal que lo desvela sea capaz de remediarlo. Piensa, lector, en Edipo, condenado desde antes de nacer, a matar a su padre y a desposar a su propia madre. Recibido en Tebas como héroe vencedor de la Esfinge, había tenido antes un mortal encuentro con Layo, sin saber que aquel auriga bizarro y prepotente era su propio padre. Aclamado como héroe, contrajo matrimonio con Yocasta, la reina viuda. Edipo encarna la tragedia más angustiosa: aquella condena con la que nadie puede cargar si tiene mínima conciencia. De manera que él mismo se arranca los ojos que no supieron advertirle de sus terribles pecados. El teatro griego tenía un componente cuasi religioso, tal vez porque la catarsis que experimentaba el espectador era una suerte de purificación. También entrañaba una divulgación de los valores morales que contribuyen a la formación de la idiosincrasia, algo así como Crónicas de un pueblo en el tardofranquismo.

El pragmatismo romano y el tamiz del cristianismo nos dejaron otra idea distinta del destino, pues la fatalidad es contraria a la doctrina del libre albedrío, fundamento racional del pecado y de la culpa. Si podemos elegir entre la virtud y el delito, este camino no será gratuito, pues no tendrá redención sin su purga y penitencia, que tienen como sentido último el camino de salvación a través de la fe.

El calvinismo y la moral protestante vuelven a la idea de predestinación, mas puede llegar a conocerse a través de los actos propios, de manera que una vida de éxito es la muestra de que se sigue el camino recto y que la recompensa final aguarda tras la muerte. Max Weber justificaba con parecidos argumentos que el capitalismo hubiera nacido en los países protestantes y no en los católicos, lastrados por la idea de pecado y redención. Y así hasta el advenimiento del laicismo en el secular XX que tiró por tierra todas las ideas morales que tan manidas estaban después de tres mil años de civilización. Y amanecimos en el XXI sin valores.

A pesar de ello, la idea del destino no ha sido erradicada de nuestras conciencias, como si los genes siguieran conservando durante unas cuantas generaciones más el recuerdo de un pasado tan animal (brutal, por más señas) como piadoso. Es lo cierto, que unas cuantas y afortunadas personas descubren para su bien que han encontrado su misión en el mundo. Son pocas las personas que alcanzan ese clímax, la ataraxia que trasciende los sentidos, el estado perfecto soñado por estoicos y epicúreos y que está sólo al alcance de unos elegidos.

Sólo unos cuantos funcionarios y algunos mandos intermedios de bancos han alcanzado ese estado. Preciso que son escasos, no vaya a ser que cunda el pánico entre muchos y esforzados amigos empleados públicos y bancarios sin tales satisfacciones. Y les apunto que es imprescindible para ello que su tarea sea más próxima a la nadería que al servicio a los ciudadanos. Pero hay rasgos comunes en su descripción: suelen tener poco aprecio por los problemas de los demás, incluidos los de sus propios compañeros, lo cual es coherente con su estado de satisfacción de los placeres mundanos, tan cercano a la indolencia que apenas es apreciable por el observador atento. Disfrutan de privilegios en su posición social y laboral, pues en ello reafirman su capacidad y ascendencia, ya que nos lo recuerdan en sus apreciaciones y disposiciones. O gozan de la confianza absoluta de sus superiores, en cuyo caso, su poder es aún más terrible, ¡oh poderoso Yavhé, que mostraste tus mandamientos a Moisés!

Recordemos que fue a nuestros primeros padres, Adán y Eva, a quienes correspondió asignar nombres a cada cosa y a cada ser, de manera que nada ni nadie quedara sin nombrar. Tú te llamarás león, dijeron al rey de la selva, de frondosa melena. Águila, halcón, paloma, seres alados sois. Atún te toca ser a ti, dócil como el cordero pero en el mar, sólo tú serás capaz de meterte bien aceitado en una lata. Nogal es el que da nueces, rosa la que perfuma... y así siguieron hasta el sabbat para completar todas las cosas perceptibles por los sentidos primeros. Luego, hubo que designar aquellas otras que captaba la inteligencia y que comúnmente llamamos virtudes: prudencia, parsimonia, paciencia, templanza, pero también sus antónimos, hechos de vicio y corrupción. Más tarde, los hombres descubrieron: agua, tierra, aire, fuego; después, inventaron: rueda, barco, tornillo, papel. Para este momento también crearon instituciones: gobierno, democracia, ministerio... ¡para, para, que es aquí! Y el hombre inventó la burocracia y sus inseparables colas, pero también el dinero, los bancos, las hipotecas y, un poco más tarde, las Comunidades autónomas.

Y fue aquí donde los dioses quisieron que algunos, ¡los pocos elegidos! encontraran su misión en la vida: advertir a sus semejantes de esa póliza que no han adjuntado, de la copia que les falta, del certificado del registro, de la ventanilla equivocada al final de esa fila interminable.

¡Qué haríamos sin ellos! El destino fatal los cruzó en nuestro camino para mayor lustre de esas últimas instituciones que hubieron de obtener un nombre que no les correspondía. Me refiero a que cáncer, peste, muerte, guerra, ya estaban asignados a otros significados que existieron antes. Por eso les otorgaron nombre de alguna virtud inusual, ¡qué se yo, póngalo ustedes! Y ahí están, como obispos purpurados, con su anillo en la mano que habrás de besar para obtener su bendición. Lástima que para esos puestos no encontraran los dioses albañiles, tan acostumbrados a enlucir y revocar.

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