El año de la cabra

La muerte de Lucía

"Una vez que la persiguieron en su primer instituto, lo que se hizo no fue expulsar y cambiar de centro a los acosadores, sino que a la que se cambió fue a ella; fue castigada a los ojos de todo el mundo"

14.01.2017 | 18:57
La muerte de Lucía

Lucía se ahorcó el martes. Tenía trece años. Bastaría con esto para que la ira de Dios, si existiera, nos arrasara como a una nueva Sodoma imbécil. No por los pecados de la carne, sino por los de la estupidez, la cobardía, la conformación de una sociedad de irresponsables que ha llevado al desentendimiento, a la inacción frente al mal.

Y se me enciende la sangre. Toda esa morralla de ´expertos´ y legisladores que han decretado que no se puede castigar ni reprimir a un canalla ´menor´, a un miserable que se ceba con quienes son más débiles que él, que se ríe de los defectos de los demás, que persigue y va minando la autoestima del gordito, el gafas, el ´mariposa´, el deforme o ¡el inteligente y estudioso!, que planta su imperio contra todo aquel que se aparte de la normalidad que él decida, que arrastra a otros canallas y a otros más débiles aún, cómplices acobardados que intentan así escapar a la ira de los propios ´señores´; toda esa morralla, decía, que hoy dirige ideológicamente a una sociedad escurridiza y atemorizada por el estigma social que cae sobre quien se atreve a llevarle la contraria a lo políticamente correcto (la corrección política es hoy el primer acosador de España y de Occidente), no diré que es quien ha anudado la cuerda alrededor del cuello de Lucía, porque el asunto es mucho más complejo (la hiperprotección nos ha llevado a criar niños sin mecanismos de defensa, y eso los convierte en víctimas perfectas), pero sí ha ayudado a crear las condiciones para que se produzcan cosas que en nuestra infancia no podíamos ni imaginar. Entonces a estos tipos venenosos y envenenados se les llamaba abusones, y era suficiente con denunciar sus actuaciones para que les cayera encima alguna ´ensalá de hostias´, con perdón, que solía despertar en ellos un humanitarismo desconocido.

A Lucía la convencieron de que era gorda y fea. Pero, sobre todo, la convencieron de que ser gorda y fea suponía ser inservible, despreciable, no tener derecho a la vida. Ella terminó por creerlo así. Seguramente, la hicieron objeto de chanzas constantes, la marginaron, si es que no hubo hasta agresiones físicas. Entonces también se nos enseñaba a responder a las agresiones, a no amilanarnos. Hoy, claro, a los padres les está prohibido que enseñen a sus hijos a defenderse de la violencia y del acoso, hoy hay que dialogar, y si te atacan es culpa tuya. Algo habrás hecho. Es que no sabes dialogar.

Por supuesto, los profesores carecen de autoridad y de mecanismos para impartir justicia e imponer el orden que protege a los débiles. Si hay problemas, es porque el profesor carece ´de estrategias para la prevención y la resolución pacífica de los conflictos´, arguyen los pedagogos. Que no sabe, vamos, que le falta ´formación pedagógica´. Y no digamos si coge al acosador de una oreja y lo pone en la puerta: le destrozarán el coche, la Administración le abrirá un expediente y los padres del ´menor´ le pondrán una querella, cuando no le abran la cabeza. Y así, claro, todo el mundo termina por ´pasar´ o remitir el caso a los servicios sociales o a algún departamento de la Administración, que abre unas diligencias, dispone carpetas y estudia el caso, mientras a las Lucías les siguen amargando la vida.

Estoy hablando de lo que en general viene pasando en España desde que se legisló que no se podía expulsar a un alumno, fuera cual fuera la causa, para no atentar a su ´derecho a la educación´. Ni siquiera en el caso de que su ´derecho a la educación´ impidiera el derecho de los demás. No conozco los detalles de este caso, y no puedo juzgar, pues, las actuaciones concretas, si hubo dejación, imprevisión o negligencia.
Pero lo que sí he leído es que, una vez que a Lucía la persiguieron en su primer instituto, lo que se hizo no fue expulsar y cambiar de centro a los acosadores, sino que a la que se cambió fue a Lucía. A los ojos del mundo, y sobre todo de ella misma y del resto de alumnos, la castigada, la expulsada, era ella. Y esto es así en toda España, así se actúa desde la pedagogía dominante: la ejemplaridad consiste en echar a la víctima. En que las ratas consigan expulsar al objeto de su inquina. Admirable sistema al que llamamos educativo.
Mi más sentido pésame a los padres de Lucía, su única hija.

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