Palabras

Alberti y Gaya Nuño

08.01.2017 | 04:00
Alberti y Gaya Nuño

Hablaba con Gabriel Batan del pintor exiliado en México, Rodríguez Luna, a quien ambos conocimos bien cuando le señalaba que en 1971 el poeta Juan Rejano, siguiendo un común parecer entre los exiliados, definía a Antonio Rodríguez Luna (1910-1985) como «el pintor de la diáspora española». Y tan es así que Miguel Cabañas, en un trabajo para el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, indica que el artista cordobés reflejó magistralmente en su obra la fisonomía y el dolor del exilio; aunque, en paralelo, su misma trayectoria vital y profesional se convierte en caso paradigmático del artista de esta emigración. No obstante, antes de llegar a México, donde esencialmente transcurrió su exilio, su recorrido artístico en España le condujo del singular surrealismo de anteguerra al implicado realismo social del período bélico. Cuando arribó al país azteca, pues, su bagaje era el de un 'surrealista social'. Luego, su trayectoria pasó, sin perder protagonismo, por las inquietudes de las dos grandes generaciones de este largo destierro. Su pintura se aúpa en este libro, pues, además de como reflejo del bagaje exportable de un brillante momento artístico español y sus problemas de confrontación y adaptación respecto a otro escenario artístico, como «auténtica y profunda captación de la esencia y vivencia de un duro y prolongado episodio de nuestra historia».

Es curioso que a pesar de los artistas que desembarcaron en México no haya ninguno que tenga una repercusión como la que se señala el enorme poeta Rejano. También se podría decir de Rafael Alberti que es el poeta de la diáspora española, representando en todo momento a una magnifica generación dolida por su exilio exterior, y esencia y vivencia, igualmente, de un duro episodio histórico de España. No llegaron de la misma manera, Gabriel y yo lo sabemos bien. Pues Alberti era mucho más conocido que Rodríguez Luna. Y así, cuando llega el poeta al aeropuerto madrileño casi sale a hombros como el mejor torero de la plaza de España. Allí estaba nuestro tío Pedro Ruiz –también cuando llego Luna- quien dijo a Gabriel que se llevara en su coche a María Teresa León, y así se hizo.

Habíamos hablado mucho con Juan Antonio Gaya Nuño, tanto en la cervecería de Correos como en el café Lyon, de una buena amistad del pintor con el crítico de arte, tal vez el más solvente de una España por entonces franquista (años sesenta y setenta) y, por tanto, sema analfabeta. Y lo supimos también por el lorquino y tío nuestro, Pedro Ruiz, que desde Argentina en su exilio hasta su llegada a España había conservado Rafael Alberti una amistad profunda con Gaya Nuño, como con otros pintores y escultores, sobre todo murcianos. Pero es hace unos días que se ha desvelado dicha amistad, y los documentos que la hacen verdadera a través de una obra importantísima desde una perspectiva literaria y pictórica que tiene la base el enorme libro de Rafael Alberti que deslumbro a Gaya Nuño, A la pintura. Se trata de la investigación del profesor Hilario Jiménez Gómez, Juan Antonio Gaya Nuño y Rafael Alberti, entre la firmeza y el vuelo.

He aquí dos exilios distintos que acaban de recogerse en letra impresa que, como señala bien Hilario Jiménez, el interior es de Gaya Nuño y el exterior de Alberti. Dos sufrimientos y dos voluntades firmes que el profesor extremeño Jiménez Gómez nos presenta y conduce a la documentación más que exacta para proporcionar tesis de esta amistad, tanto en el recorrido de sus vidas como de sus obras, Gabriel y yo sabíamos que mucho tenía que ver Pedro Ruiz, pues este era el que hacía de 'cartero' con libros y cartas algunos de los cuales aquí se conocen hoy gracias al legado fundacional protegido que se ocupa en Soria de Gaya Nuño. Porque, aunque no me lo haya dicho mi amigo Hilario, quien es autor de la publicación a la que me refiero, he de suponer que en las fundaciones Alberti, que dirigía tanto en Cádiz, primero, como en el Puerto de Santa María, después, María Asunción Mateo no tendría nada que enseñar, como con tantas cosas desde que el poeta falleció.

Sé también que lo que hoy digo aquí es tan solo una toma de contacto con la obra de Hilario Jiménez sobre el conocimiento de la amistad entre poeta y crítico de arte, pero prometo, para más adelante, volver al libro y a su contenido excepcional por su interés, que contiene una veintena de documentos, cartas, postales, notas y telegramas, que cruzaron los dos autores entre 1959 y 1973 resumiendo así 15 años de amistad que ha quedado investigada en una científica y finísima percepción entre lo que fue y ahora se recuerda.

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