Café con Moka

Ser de pueblo

15.10.2016 | 04:00
Ser de pueblo

Yo soy de pueblo. Pero no crean que lo digo con cierta congoja, todo lo contrario. Ser de pueblo mola, y mucho. Lo lamento por los de ciudad. Aunque, pensándolo bien, imagino que ellos también tendrán sus excelencias, de las que, evidentemente, yo poco puedo contar porque como iba diciendo, soy de pueblo. Bien es verdad que desde que cumplí los diecisiete he ido vivido siempre en ciudad, por motivos académicos y laborales, y que disfruto mucho de lo que la city ofrece también.

A simple vista, en la mayoría de las ocasiones, es imposible determinar si uno es de pueblo o ciudad, pues la globalización ha alcanzado ya hasta los rincones más remotos; sin embargo hay comentarios, tendencias y situaciones que nos delatan. La pregunta: «Nena, ¿y tú de quién eres?» es un clásico en las relaciones sociales entre los de pueblo. Evidentemente, después vienen las pertinentes explicaciones:

„Soy hija de ´la Loli´ de la farmacia.
„¿La rubita?
„Sí.
„¡Claro! Si te pareces mucho. Yo la conozco, de ir a la farmacia de ´la Lydia´. ¡Qué mayor estás ya!
Y es que es propio de nuestra especie „de los de pueblo„ una marcada curiosidad por la antropología; vamos, por saber de dónde viene cada uno.

Otro rasgo característico es el de haber crecido en la calle, y no lo digo para parecer más dura. Desde que tuvimos edad de caminar, mi hermana y yo hemos vivido en la calle. Una vez que salíamos del colegio a las cinco de la tarde y volvíamos a casa a merendar un vaso de leche con galletas, nos echábamos a la carretera a compartir juegos y carreras en pleno arcén con coches, motos y furgonetas hasta la hora de dormir. Momento en el que mi madre asomada al balcón nos gritaba insistentemente hasta nos cansábamos de oírla y regresábamos a casa o ella se hartaba de gritar y bajaba a por nosotras, que eran las más de las veces. Nos ganamos a pulso el título de ´Pericos´ que nos puso. Por suerte, jamás tuvimos que lamentar ningún accidente grave, más allá de las rodillas magulladas y las decenas de pantalones con parches y rodilleras que odiábamos pero nos veíamos obligadas a llevar.

Un pueblo también te permite un contacto más directo y cercano con la naturaleza. En mi caso concreto, que soy de Caravaca, disfrutamos del bucólico paraje de las Fuentes del Marqués, para mí una de las siete maravillas del mundo, donde desconectar del bullicio y la actividad del centro de la localidad a tan sólo diez minutos andando del centro. Y para quien no la sepa, le dejo la rima:

En las cuevas del Marqués,
entran dos y salen tres

o eso cuentan las habladurías, algo, por cierto, también muy de pueblo.
Por supuesto, también desarrollamos un profundo sentimiento de pertenecer a una colectividad. Cuando dos de pueblo se cruzan en la gran ciudad tienden a empatizar. Recuerdo mis años en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense de Madrid, los que veníamos de pueblo terminamos por conectar y crear nuestra propia pandilla en la que nos sentíamos iguales. Quizás ahora esto se da menos, pero en mis años de Universidad era muy común.

Y aunque hay muchísimos más factores más de ser de pueblo que inciden en nuestra personalidad, acabaré con uno de los que me resultan más curiosos. En el pueblo podemos estar hartos de cruzarnos con unos y otros sin saludar, pero si nos encontramos fuera de nuestro hábitat natural nos abrazamos, nos besamos y nos hablamos como si nos fuera la vida en ello.
Ya saben, por nuestras obras nos conoceréis.

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