Dulce jueves

Un día extraño

13.10.2016 | 04:00
Enrique Arroyas

El día amanecía ayer silencioso, con una capa de nubes grises sobre las calles vacías. Alineados en la acera, a lo largo de la verja cerrada del colegio, los árboles parecían resignados a llevar inútilmente su carga pesada. Un joven con pantalón de deporte caminaba detrás de su perrito, que correteaba con el cuello erguido mirando en todas direcciones como si no reconociera su territorio.

Cuando está la ciudad así, envuelta en el silencio, desprendiendo una luz gris que apenas roza nuestras ventanas, parece que transforma las cosas en algo irreal y nos coloca al margen de la vida cotidiana. Si nos recuperamos de esta primera sorpresa y aguardamos atentos a los cambios de la luz, un instante antes de que las calles despierten y los árboles se agiten, podremos ver cómo se abre de forma repentina la puerta de entrada a un lugar distinto. Es un momento de peligro en el que puedes sentirte muy solo y lamentarte de tu vida o recoger las redes del sueño y buscarte en el espacio encantado que te ofrece este día.

Decía Elizabeth Strout en una entrevista que escribe sus novelas para que el lector no se sienta solo y para que pueda ser otro durante un tiempo: «Es muy triste que solo podamos ser nosotros mismos». Y Vladimir Nabokov en una de sus cartas a Vera, su mujer: «Esta noche he soñado contigo. Te veía con una suerte de claridad alucinatoria y, a lo largo de toda la mañana, he flotado como en una especie de nube de ternura por ti. Siento tus manos, tus labios, tu pelo, todo: y si fuera capaz de tener estos sueños más a menudo, mi vida habría sido más fácil».
Ser nosotros mismos y a la vez ser otros.

Así es como podemos sentirnos en un día como el de ayer, cuando la ciudad resulta familiar y sin embargo parece encantada, como si fuera otra. Incluso la ausencia de alguien que la abandonó hace tiempo y con quien nos hemos sentado tantas veces en un mismo café, ahora es más que un hueco a nuestro lado, notamos su presencia, como si pudiéramos ver su silueta dibujada en la silla, tal y como se ponía cuando escuchaba con atención, e igual que la humedad de un día de lluvia nos cala los huesos también ahora la ciudad se empapa de voces como en un sueño.

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